Framingham, Massachusetts, EE.UU.

Palabras de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini
Convento de las Hermanas de San José
Lunes, 26 de abril de 1993

Buenas tardes a todos.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El Ángelus.

Gloria.

El Señor y su Santísima Madre convivan con nosotros eternamente.

Hermanas, superiora, directora y todas las religiosas que aquí están consagradas a mi Señor y a su Santísima Madre para que el calor y la llama de esos Corazones benditos penetren en el vuestro, como también en el corazón de todos los hombres de la Tierra pudiendo salvar este siglo que agoniza, es por ello me siento conmovida aquí, muy dentro de mi corazón.

Me siento muy complacida de haber venido hasta aquí… una Betania hermosa, bella con tantas cosas y estoy segura de que ustedes podrán ayudarme con la carga con su oración, con su nobleza y generosidad de traerme aquí a convivir en estos momentos con vosotros.

Gracias a todos, gracias a la Madre Superiora, Madre, a la directora, a todas vosotras pequeñas doncellas de Jesús a la orden de sus hermanos en la oración y más que todo a una entrega total de renunciamiento al mundo y sus placeres para dedicarse al bien de vuestra comunidad y comunidades necesitadas de oración y de todos aquellos que desean converger en ideas de superación espiritual, todos ellos unidos a vuestros corazones y el Corazón de la Madre Santa, al Corazón de Jesús y también a este pobre corazón de madre, de madre que ama y los siente a todos vosotros en su corazón por María, Nuestra Madre Celestial, la dulce doncella que se ofreció para encarnar por obra y gracia del Espíritu Santo al Hijo de Dios, al esperado por todas las generaciones.

Gracias a todos, gracias Sister. Gracias a los que han acompañado a esta gran misión; digo que es una misión porque ha sido una misión que está comenzando a recibir los frutos del Corazón de Jesús, pero tenemos que trabajar mucho, hijos, y poder así contribuir al crecimiento de las almas, a llevar esa llamita que Jesús prende en los corazones por el amor a su Padre, el amor a María, al Espíritu Santo con nuestro Patriarca San José, protector de las familias, protector en la hora de la muerte y especialmente de todos los trabajadores del mundo, de todos los padres de familia porque es en la familia donde radica la educación del hombre, el crecimiento del hombre para que él también aprenda a caminar en los caminos del Señor unido a todos sus hermanos.

Gracias, bendito sean. Que el Señor les guarde y les bendiga para siempre. Amén.

Dios los bendiga.