Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la Iglesia San Juan Bautista. Jerusalén, Israel

Martes, 7 de noviembre de 1995

…todos unidos en un solo corazón a Jesús y María por el Padre y por el Espíritu Santo. Entonces, hermanos, gracias también a los Mariani y a los sacerdotes que le han acompañado en esta peregrinación a nuestra Tierra Santa de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén, qué hermosa eres, como das vida a tus hijos cristianos que vienen de rodillas a tus pies para hacerse sentir a todos sus hermanos, pudiendo así llevar en el corazón la esperanza prometida de que Jesús seguirá haciendo de todos sus hijos de la Tierra puntales de luz en el mundo, para iluminar la oscuridad que ensombrece la Tierra!

Son tantas cosas que se están sucediendo en estos últimos días: tristezas del alma, madres que pierden a sus hijos, juventud que se pierde, dolor del alma, un corazón triste y abatido. Es por ello, que María está presente entre nosotros, María Virgen y Madre de la Iglesia, Madre de Jesús y Madre de todos nosotros. Es ella quien nos viene a salvar. Ya la vemos allí… la Inmaculada Concepción. María Madre nuestra, acudimos a tus pies en esta hermosa capilla, en esta Iglesia tan bonita.

Qué fortaleza, qué plenitud del alma se siente aquí en contacto con Joaquín y Ana, los padres de María. Qué hermosura sin igual, padres tan buenos e hija tan santa, la Virgen María, la Madre de Dios y Madre del pueblo cristiano.

Sí, somos católicos, somos hijos de Dios y tenemos en Roma al Santo Padre el Papa Juan Pablo II, que de un lugar a otro ha ido llevando la Palabra del Señor para salvar a los pueblos, para reedificar los muros de nuestra Jerusalén triunfante, amando a todos los hombres de la Tierra para que haya paz, unión, solidaridad humana. Un hermano que le da la mano al otro hermano, no importa de donde venga ese hermano – de lejanas tierras – lo importante es tenderle la mano: “Hermano, entra aquí que te recibiremos con el corazón dispuesto a escuchar lo que llevas por dentro, lo que sientes, para ayudarte con nuestra oración, con todo aquello que tengamos para decirte: Tranquilízate, siéntate aquí.”

Hermanos, cuando digo esto quiero significarles que es la hora de meditar realmente qué se está viviendo, no solamente en Jerusalén, en el mundo entero. ¡Cómo se está estremeciendo este mundo!, las cosas que se están sucediendo. ¡El hombre soberbio que trata de opacar la verdad que tiene frente a él: la luz divina, la Palabra santa que Jesús nos trajo del amaos los unos a los otros como Él nos amara!

Es amarnos, es ayudarnos, es tratar de realizarnos realmente como cristianos, como católicos que somos. No podemos volver la espalda al dolor del hermano; tenemos que ayudarnos. Hablo sobre de esto, porque a veces veo la indiferencia del hombre, la resequedad en su corazón, una frialdad que opaca y entristece a los niños, a los jóvenes que van creciendo.

Tenemos que ayudar a nuestros jóvenes a crecer espiritualmente, a encontrarse a sí mismos para que así mediten, piensen y se den cuenta que ellos tienen que aportar lo mejor que llevan en sus corazones ¿Y qué otra cosa más hermosa podréis, vosotros jóvenes, hacer? Con esto no quiero decirles que se les obligue, no, pero hay que pensar en nuestros seminarios; necesitamos jóvenes fuertes, firmes, decididos a trabajar por esa Iglesia santa.

Sí, ya vemos estos santos sacerdotes cómo van de un lugar a otro con sus peregrinaciones a la casa del Señor, en busca de sus hermanos; y a donde llegan se les tiende la mano, abren las puertas de su Iglesia para saborear el amor de Jesús, el amor dulce de María y de un Patriarca San José. Sí, tres seres que vivieron en estas tierras benditas en la cual ellos cumplieron con sus deberes: San José el padre adoptivo de Jesús; María, Virgen y Madre; y Jesús, el Rey de reyes, el Salvador del mundo.

Necesitamos salvarnos, no hay otra cosa más oportuna que unirnos, unirnos con un corazón sencillo, modesto, humilde para que así vayan creciendo los niños y jóvenes para encontrarse con Jesús que nos viene a salvar. Vino y nos salvó en aquellos días y ahora se está perfilando Jesús a una nueva Resurrección de un pueblo que Él desea salvar en estos tiempos, porque tenemos que salvarnos. Pasan los días y es necesario ganar tiempo para recuperarnos de tantas tribulaciones que tenemos.

Sin embargo, yo creo que está llegando la liberación nuestra, liberarnos de las ataduras con el mundo del pecado porque hemos concientizado realmente que Jesús, que María, están con nosotros, nos están ayudando a vivir el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos, todos, para prepararnos por medio de nuestros pastores que nos ayudan a encontrar la verdad de esos mandamientos y de esa Iglesia piedra y fundamento, firme, indestructible. Son ellos quienes nos ayudan, nos educan, nos dan los consejos necesarios para afianzarnos en nuestra fe.

Yo deseo que en este atardecer, cuando nos hemos encontrado con Jerusalén, en esta Iglesia tan hermosa que me ha llegado al alma al ver a mi Madre allí como diciendo…: “Venid a mí, pequeños, los esperaba, los amo tanto, venid a mi Corazón, porque estoy dispuesta a daros el raudal de este Corazón materno que no desea otra cosa que afianzarlos en ésta, vuestra Madre la Iglesia, vida nueva para todos los que esperan de ella su nueva resurrección, como almas que han buscado al Señor, a mi Divino Hijo y lo han encontrado. Encontraos, daos las manos todos y vivid el Evangelio.”

Sí, hermanos, mi Madre lo que desea es que nos unamos, que nos amemos unos a otros. Las separaciones no pueden ser posibles, ya no, porque el tiempo pasa y los años van cayendo sobre de nuestras espaldas; necesitamos resurgir a una vida nueva, y esa vida nueva es encontrarnos a nosotros mismos como seres humanos dispuestos a vivir como Jesús nos enseñara, el amaos, el amaos entre hermanos, el amaos con nuestros enemigos, el amaos contra los que nos persiguen, el amaos en todo sentido; amarnos, reconciliarnos.

Debo decirles algo hermoso, quizás algunos no lo sepan: en Venezuela, en nuestra tierra bendita, digo bendita porque sí ha sido bendecida por el Señor, hace muchos años vino la Virgen bajo la advocación de Coromoto; a un indio se le apareció y hubo muchas conversiones, comenzando por ese indio que no creía en nada. Resurgió la fe y un gran movimiento espiritual, y así se salvaron muchas almas.

Pero en estos días, hace aproximadamente veinte años, se presentó de nuevo en una tierra bendita que se llama Betania, “Betania de las Aguas Santas”, donde mi Madre viniese un día, presentándosele a esta pobre mujer que ven aquí. Ella vino deslumbrante, llena de luz, con sus rayos luminosos que salían de sus manos en esta posición… Luego, después en el año 1984, ella me prometió que vendría para todos sus demás hijos, que la verían de todas partes del mundo, que vendrían de todos lados y ella se haría sentir con sus gracias para todos sus hijos, que sus aguas curarían, sanarían, aliviarían a los hijos suyos; y así ha sido.

Ella me pidió: “Hijita, tendrás que salir fuera; yo sé que tu corazón, tal vez, esté delicado pero te daré la fuerza suficiente. No importa, hijita, es necesario… sí, una cultura y una preparación, pero no, mi pequeña, yo era también una mujer que no era muy ilustrada, pero así como el Señor me escogió como la Madre del Redentor del mundo, entonces ¿por qué tú no puedes ir a llevar la palabra de esta Madre, un consuelo, una esperanza a los hijos míos?, porque es la hora de la predicación del movimiento familiar cristiano.”

La familia tiene que salvarse, tiene que reconstituirse, la familia es la célula viviente de la humanidad, la familia es la esperanza de los hombres del mañana, de esos niños que se convertirán en jóvenes y luego podrán ellos ejecutar obras de apostolado y vivir el Evangelio.

Agradezco mucho a todos los americanos, estoy tan agradecida de Estados Unidos, de Canadá, del Perú, de Ecuador…  Dios me llamó al mundo, quise esconderme… No es necesario, hermanos, grandes letrados para hablarle al pueblo, a un pueblo sano y justo, compresivo y humano, diciéndoles: Amad a vuestra Iglesia, a vuestro pontífice, a vuestros sacerdotes, a vuestras religiosas, a vuestras familias, vuestros hogares, vuestros amigos.

Es necesario amarnos, es en el amor que está Jesús, es en el amor que está María, todos unidos en un solo corazón con el nuestro. Entremos en ese Corazón Inmaculado de María, con el Corazón vivo de su Hijo Cristo; restemos allí en silencio mirando hacia el altar donde está Jesús Sacramentado, su Cuerpo Místico.

El Señor nos pide: meditación, oración, penitencia, Eucaristía… Eucaristía… Eucaristía. La Eucaristía es lo más hermoso y más grande que existe, es el alimento del hombre, es la vida que nos hace mayores, porque si lo recibimos a Él diariamente Él nos tendrá alimentados y nada nos faltará porque estaremos en sus brazos, estaremos allí viviendo con Él unidos para siempre. Es esto lo que les ofrezco, hijos, la Eucaristía, la Santa Misa, la confesión.

Es hora de que todos aquellos que hayan estado alejados del Señor vuelvan a la casa de Dios y se reconcilien para vivir vida Eucarística y vida nueva, vida llena de esperanzas y de ilusiones futuras de un encuentro con el Señor Jesús que está llegando; se está avecinando a pasos agigantados, porque nos viene a salvar de una guerra, nos viene a dar vida sobrenatural, vida nueva llena de luz, del conocimiento divino que debemos tener para poder así resistir a las tentaciones y a todas las emergencias que se puedan presentar en el mundo.

Salgamos de aquí recogidos, llenos del santo temor de Dios; no es el temor de que nos castigue, no, es el temor de no ofenderlo nunca, antes por el contrario, sí, llevando en el corazón a Jesús, allí, esa Hostia Consagrada, ese Cuerpo Místico en nuestro corazón.

Todos los que hemos sido alimentados esta mañana, pidamos al Señor que reste con nosotros muy dentro de nuestro corazón, para que así podamos rebosar de alegría y de contento como los niños inocentes. Así queremos vivir, así deseamos vivir, así tenemos que vivir, como niños que se dejan llevar de su Madre, de su Padre… no saben nada porque están pequeños, pero sus padres les transmiten lo que significa el amor y ese amor los salva, los ayuda a sobrevivir con una vida auténtica cristiana.

Gracias a todos los padres franciscanos, gracias. Amé tanto a San Francisco, mi Seráfico Padre; amé tanto a Padre Pío de Pietralcina y sigo amándolos a todos porque después de Cristo, en aquella época tan triste para el mundo, pasaron siglos y vino mi Seráfico Padre a salvarnos, Francisco de Asís, el gran místico, el gran hombre bueno, noble, generoso que los dio todo, dejó todo para seguir a Jesús y dar el ejemplo más grande que hombre alguno después de Cristo hiciese. Le han seguido muchos grandes santos, pero San Francisco de Asís, su humildad, su generosidad triunfaron, porque fue al cielo y fue reconocido como el gran santo de todas las épocas, de todos los siglos… Francisco de Asís.

Pidámosle a él con mucha humildad, y dejémonos conducir por él y que en el momento preciso que tengamos que dejarlo todo – nuestras casas, todo lo que tenemos – lo hagamos bien dispuestos para poder así realmente demostrar que somos hijos de Cristo, hermanos de nuestro Seráfico Padre San Francisco e hijos de María nuestra Madre Celestial.

Gracias a todos; gracias, padre; gracias, pueblo mío; y digo pueblo mío porque los amo. Somos Pueblo de Dios, es un pueblo que ama y siente a sus hermanos, es un pueblo que está pidiendo justicia, no una justicia de matarse unos a otros, sino una justicia digna, que nos lleve a Dios, que nos consolide en unión auténtica con nuestros hermanos. Gracias a todos, gracias.

Que Dios y los profetas los bendigan.