Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la Basílica de la Transfiguración. Monte Tabor, Israel

Domingo, 12 de noviembre de 1995 12:00 m.

…y estamos alimentados con su Cuerpo, con su Sangre maravillosa, sutil y la sentimos en nuestras venas. Es Sangre suya, es su Cuerpo, es su Vida, es su Mente, su Corazón, su Alma está con nosotros. ¡Oh Eucaristía maravillosa que nos dejasteis, Señor!, para alimentarnos, para purificarnos de todas nuestras debilidades.

Hoy hemos renacido a la vida de la gracia porque en este Monte Santo, Señor… ¡Qué hermosura en aquellos tiempos y en estos tiempos porque Tú estás aquí, Jesús! Tus pisadas han restado para siempre y aquí hemos venido a buscarte, a encontrarnos Contigo para liberarnos de nuestras debilidades y poder así seguir tus pisadas en esta Jerusalén triunfante donde naciste, te criaste y – cuando llegaste a hombre – te dedicaste a enseñar, a llevar la Palabra de vuestro Padre Eterno de los Cielos conquistando los corazones, curando a los enfermos, a los tristes, consolando y aliviando a todos.

Te diste, Señor, entregaste tu Cuerpo y tu Sangre expuesto allí en una Cruz para salvarnos a todos y nos sigues alimentando de aquellos tiempos a estos tiempos. Es tu Cuerpo que nos sostiene, es tu Sangre que nos vivifica y nos concede la vida sobrenatural, porque Tú nos das vida sobrenatural para sobrevivir a las tristezas que podamos sentir en nuestro corazón y aliviarnos con vuestro yugo amoroso.

Mi respetable sacerdocio, vosotros sois los dueños de mi Señor porque lo renunciaron todo por Él para seguir sus pisadas, como lo dije ayer, dejaron su familia, su casa, todo cuanto tenían para seguir en pos del Salvador del Mundo; y vosotros sois los que nos están preparando, preparando al Pueblo de Dios.

Somos Pueblo de Dios y el Señor nos ha concedido la gracia de alimentarnos con su Cuerpo, con su Sangre para renovarnos por medio de su sacerdocio.

Amemos a nuestros sacerdotes, sigamos sus pisadas, no los dejemos solos, tenemos que vivir en convivencia, unidos.

Ayer hablé de las comunidades, comunidades religiosas, comunidades sociales donde se practica la doctrina del Señor Jesús, donde se vive con el sacerdocio atendiendo y ayudando a los hermanos que vengan tocando a las puertas para abrirlas y que todos entren, porque todo el Pueblo de Dios tiene que alimentarse.

¡Oh Pueblo de Dios del mundo entero!, yo te pido humildemente dobla tu cabeza por tierra, besa las pisadas de Jesús y entrégate de lleno a vivir vida nueva, vida Eucarística, vida que nos alimenta en continuación. Esa es la vida que Jesús nos está ofreciendo y nos ha ofrecido hoy.

Todos hemos venido de todas partes: de Venezuela, de Estados Unidos y en fin de otras partes del mundo en busca del Señor Jesús, en busca de su Iglesia santa y apostólica, en busca de esa Iglesia maravillosa y sublime que nos ha dejado.

  • Señor, aquí estamos reunidos con tanto amor. Señor, danos la humildad, la paciencia y el santo temor de Dios para no ofenderlo nunca y ayúdanos a sobrevivir los días caldeados para que el hombre se salve, nos salvemos todos de las guerras, de las enfermedades incurables y de todo aquello que haga daño a la mente del hombre.

Necesitamos una mente abierta a la gracia del Espíritu Santo para que entre en nosotros y podamos vivir realmente el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos, es por ello que estos sacerdotes y tantos otros vienen en busca de Jerusalén, en busca de Jesús, de sus pisadas, su vida, esa vida que nos legara en la Cruz para salvarnos.

Es por ello que aquí estamos todos en este Monte Santo, ¡ay!, donde mi Señor se dio una vez más. ¡Oh Señor, qué grande fuiste y qué grande eres y qué grande serás para todas las generaciones venideras que te seguirán aclamando el Rey del Mundo, Salvador del Pueblo de Dios!

Aquí, Señor, gracias, gracias te doy porque has traído a esta pobre mujer con su familia con la invitación de estas almas santas, los Mariani, con los sacerdotes y todo este pueblo de Estados Unidos, todas estas almas tan buenas para acunarnos en sus corazones y todos unidos en un solo corazón latiendo al unísono con Jesús para darte gracias.

  • Bendito seas, Jesús. Quédate con nosotros, condúcenos, enséñanos, acrisola nuestros corazones; que podamos vivir realmente el Evangelio como lo predicaste, legándonos ese maravilloso y sublime mandamiento del: “Amaos los unos a los otros.”

Gracias, Señor, gracias a vosotros.

Bendita sea mi Madre, la dulce María que nos ha conducido hasta aquí. Gracias, Madre.

Benditos todos vosotros y que Dios me los cuide a todos.

(Aplausos.)