Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la capilla del Colegio San José de La Salle. Guayaquil, Ecuador

Sábado, 22 de julio de 1995 6:15 p.m.

ANFITRIÓN: …la recibimos con fe como una hermana en nuestra fe, la hermana predilecta del Padre y de la Madre, María Esperanza de Bianchini.

(Aplausos.)

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Oremos el Ángelus.

  • El Ángelus.

Respetado sacerdocio, aquí está mi Madre entre nosotros y les toma en su regazo materno con sus brazos de Madre para abrigarlos, confirmando una vez más que sois los hijos de su gran amor, el amor de un Cristo crucificado, el amor que por un Padre Celestial viniese ese Hijo a donarse para salvarnos, derramando su Sangre bendita en el madero de la Cruz y el hombre fuese creciendo espiritualmente con la condición humana de ser un instrumento en las manos del Señor para reafirmar la fe en sus hermanos. He aquí, el sacerdocio.

He aquí, la gran Iglesia, la Iglesia de Dios, nuestra Iglesia Madre. ¡Oh Madre de la Iglesia!, qué maravillosa eres, cómo nos confortas a todos porque está tu Hijo esperándonos para recibirlo y llenarnos de su amor, de ese Cuerpo místico sagrado que alimenta al hombre, que lo lleva por caminos de luz, de esperanzas para poder vivir así el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos de grandes calamidades para el hombre… evangelización. Evangelizarnos a como dé lugar aprendiendo realmente a vivir vida Eucarística, renovación total para nuestras almas, y para ello, no hay otra cosa que la: oración, meditación, penitencia, Eucaristía.

He aquí, la verdad de todos los tiempos, desde que vino mi Señor Jesús a la Tierra y se dio y se sigue dando; han pasado los siglos y Jesús se sigue entregando todos los días en todos los altares del mundo, cuando sus sacerdotes lo elevan al cielo dando vida a los hermanos que llegan humildemente buscando a su Señor. ¡Oh Jesús Sacramentado!, si el hombre supiese realmente lo que significas Tú para todos nosotros, todos se convertirían; aquéllos que no te conocen todavía y que te han oído nombrar serían capaces de entender la realidad de un Hombre, de un Hijo de Dios que lo dio todo por salvarnos.

¡Oh redención de Cristo! ¡Oh Jesús crucificado por mi amor en la Cruz! Te das y te sigues dando, nada detiene la marcha de esa Iglesia santa, apostólica, romana, universal. Somos católicos, llevamos en nuestras venas la Sangre de Jesucristo, Él nos ha inyectado esa Sangre, la ha derramado en la Cruz para que nos llenásemos de Él y viviésemos vida auténtica cristiana para poder realmente vivir el Evangelio, vivir todos unidos.

Ya no más guerras, no más disturbios, ya no más persecuciones entre hermanos. Todas las razas de todos los pueblos, todas las fe del mundo, todos debemos unirnos por la Sangre Preciosísima de Jesucristo, el Redentor del Mundo, el Salvador, el Bienhechor de nuestras almas.

¡Oh Jesús, cómo te siento aquí en mi corazón!, y cómo desearía, Señor, vivir allí, a tus pies en el sagrario, día y noche, sí, Jesús, porque hay tantos que no te conocen, hay tantos seres que si te conocen, todavía no han podido entender lo que has venido a hacer por todos nosotros.

Es ahora el momento crucial, el mundo está tramando, el hombre se está preparando para la guerra. ¡No más guerras! La autenticidad de Jesucristo nos va a salvar. El hombre tiene que pensar y darse cuenta que va más allá y no es posible llevar a sus pueblos a las guerras, derramando sangre inocente. La Sangre del Cordero sigue siendo derramada para purificarnos, bañarnos, limpiarnos, depurarnos con un corazón tierno y generoso como el de un niño inocente.

He aquí, el gran milagro: Jesús y su Madre en estos tiempos se presentan al hombre… de nuevo Jesús. Toda la vida ha vivido entre nosotros y todavía el hombre lo sigue desconociendo, pero ya, ya está llegando el gran momento, el momento en que el hombre se levantará y de rodillas caerá con su cabeza por tierra pidiendo perdón y misericordia porque ha llegado la justicia, sí, justicia, no de guerras; es de amor, de comprensión, de unidad, de benevolencia, de caridad.

Necesitamos tanta caridad; es caridad lo que estamos pidiendo, es una limosna de amor a todos los hombres de la Tierra, aquéllos que todavía no quieren entrar en orden de ideas, y mientras a Jesucristo no se le reconozca en el mundo entero estaremos viviendo guerras continuas.

Y es por ello, que en estos tiempos el hombre está pensando… Sí, hay quienes tienen la luz y no lo quieren, no lo quieren aceptar, pero ya llega ese momento de aceptarlo totalmente para que no tengamos más hambre, ni miseria, ni dolor. Ya basta.

Jesús como Cristo Rey Salvador del Mundo, como Pastor de Almas nos va a pastorear, nos va a levantar para que todos unidos, compactos compartamos el pan.

Viene el momento de vivir en grandes comunidades, ya lo dije ayer, son comunidades que están naciendo en todas partes… católicos verdaderos que sienten al Señor Jesús y a su Madre. Ya no más de vivir en grandes casas, y el otro en su casa, no. Unirse, cuidarse el uno al otro en comunidades llenas de amor, de benevolencia, de respeto, de cariño, de sinceridad, de unión. Tu pan es mi pan; mi pan es tuyo. ¿Quieres compartirlo? Aquí hay una habitación, está a la orden. ¿Necesitas que alguno de tus hijos estudie, aprenda? Vamos, busquemos un colegio, busquemos una universidad para ayudarlo a que él pueda realmente sentirse cómodo; y digo cómodo, porque cuando logramos las cosas que anhelamos, nos sentimos serenos para vivir en cónsona con nuestros hermanos mayores, profesores de la universidad, jóvenes que quieren aprender, que quieren llegar.

Hay que darles la mano, no pueden restar así, sin poder tener una mano que se levante y los ayude a caminar mejor por la vida.

Y especialmente, en este momento, necesitamos vocaciones sacerdotales, necesitamos santos sacerdotes que lo den todo por su pueblo, Pueblo de Dios. Los tenemos, pero muchas veces los pobres no pueden con tantos problemas que se les presentan a cada paso. Hay tantas cosas que hacer y realizar que a veces se sienten tristes porque deseando hacer las cosas, no pueden; pero es que siempre la misericordia del Señor llega para ayudarlos con la carga.

Es por ello, que yo les pido, muchachos, piensen muy bien lo que van a hacer en la vida. Es la hora del diálogo, del aprendizaje a una vida mejor, a una vida justa, digna, honesta donde todos nos conozcamos, nos demos las manos. Tú allá, yo aquí… no… todos unidos en un bloque consistente, en un solo corazón identificados por el amor, el amor de una Iglesia que tenemos, un Santo Padre el Papa de Roma, Juan Pablo II, que de un lugar a otro se ha dirigido para llamar a los hijos suyos a que todos, todos puedan realmente realizarse como entes de luz en el mundo: fuerza constructiva del amor, de la verdad, de la inocencia, y a aún más, de la caridad.

Es caridad virtud teologal hermosísima… caridad. Si tú eres mi hermano, yo tengo que ser caritativo contigo: un apretón de manos, una sonrisa, una palabra a tiempo. ¿Cuántas personas pueden salvarse con la palabra que se les diga de no cometer, pues, algo que no sea lo justo en su vida? A veces se cometen errores que pesan con lágrimas en el alma y tenemos que evitarlo a como dé lugar.

Es por ello, que mi Madre Santísima cuando se me presentara en Betania de las Aguas Santas el 25 de marzo de 1976 con sus manos extendidas, con sus rayos que salían de esas manos bellísimas, ese rostro perfecto, esos ojos tan hermosos, ese pelo que le caía sobre de los hombros; ella iba de una rama a otra, brincaba como una niña inocente; la vi como de catorce años, bella, radiante como un lucero de la mañana, y me dijo: “Hijita mía, hijitos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy, mi Corazón os seguiré dándoos por siempre.”

Una Madre que se da, se da a cada uno de nosotros en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros colegios, en nuestras universidades; una Madre que viene a buscarnos en estos tiempos de grandes calamidades para el hombre, multitud de problemas que azotan a nuestra juventud para salvar a nuestra juventud a como dé lugar, salvarla de enfermedades que contaminan al hombre y producen llanto, mucho llanto y dolor en las madres, en los padres de familia; evitar enfermedades; evitar caminos desordenados de pecado.

Es la hora, hijos míos, jóvenes, alegraos de que Jesús convive entre nosotros. Jesús está en todos los sagrarios del mundo esperándonos para que lo recibamos diariamente, si es posible, para alimentarnos y sentirnos por dentro felices y contentos, sanos, robustecidos por su amor, por esa llama y fuego de su Corazón que late para que lo sintamos allí, que está allí en nuestro pecho, que está allí, diciéndonos: “Levantaos, mis pequeños, es la hora de la Evangelización y el mundo debe conocer que Yo convivo entre vosotros. Convivo entre vosotros, mis pequeños, jóvenes; convivo entre vosotros, padres de familia; hermanos todos, convivo.” Dice mi Señor: “Convivo entre vosotros, no me veis, pero debéis sentirme porque Yo me doy a conocer para restableceros de los pecados del mundo y para que viváis vida auténtica cristiana, evangelizando a vuestros hermanos, a vuestros amigos, a vuestros enemigos, a los pecadores, a todos con la palabra del amaos los unos a los otros como Yo os he amado.”

Así nos dice el Señor. Nos viene de nuevo a recoger. Sí, Él vive en el sagrario esperando y sonriendo dulcemente, y cuando nos ve venir a recibirlo su Corazón salta de gozo porque es un hijo más que está ganando para esa Iglesia mística, perfecta. Es una Iglesia que vibra al contacto con sus hijos. ¿Y por qué vibra? Porque tiene sus sacerdotes que nos alimentan con el Pan de Cristo, con la Eucaristía. Ello es el valor de la Iglesia, ello es el valor del sacerdocio… dejaron sus padres – sus familias – se dedicaron a ir al seminario a instruirse, a aprender el valor de lo que significa la Iglesia de Pietro el Pescador que un día Jesús le entregara las llaves de su reino.

Es por ello, amemos a nuestros sacerdotes porque ellos son los encargados de ayudarnos, de ayudarnos para aquilatar nuestra fe y acondicionar nuestras almas con el sentido de la responsabilidad. Todos tenemos una gran responsabilidad con esa Iglesia y con esos sacerdotes. Hablo de los sacerdotes porque amo y siento a esa Iglesia, desde niña mi vida ha sido Iglesia, desde las mañanas a las 4:30, siendo una niña, me levantaba a hacer mi hora de adoración y después, a un cuarto para las 6:00, me iba a la Santa Misa. Era aquel banquete tan grande y tan hermoso que yo sentía que mi vida ya no era mi vida, yo pertenecía a Dios.

Y es por ello, que yo amo tanto la Eucaristía, amo al sacerdocio, amo a esa Iglesia, amo a mis hermanas religiosas – los amo a todos – y amo a ese Pueblo de Dios que está buscando su verdad.

El hombre está buscando su verdad. ¿Cuál es esa verdad? Si la tenéis aquí cerca: Cristo Rey, Cristo que se levanta en estos tiempos firme, fuerte para llamarnos a la reflexión: “Me di, me sigo dando y todavía vosotros, mis hermanos menores, no me comprendéis. Venid a Mí todos, venid, venid y recibidme que les tengo preparado el banquete mejor del mundo: mi Cuerpo, mi Vida, mi Sangre. Todo se los ofrecí, se los sigo ofreciendo para que todos lleguéis al convencimiento de que debéis vivir vida auténtica cristiana porque Yo soy el Redentor del Mundo, el Cristo Crucificado… Aunque hayan pasado los siglos, sigo conviviendo entre vosotros.”

Es por ello, hermanos, desearía realmente que vosotros me pudieseis entender porque dirán: “¿Esa mujer, por qué se mete a hablar así, por qué?” Porque mi Madre con su amor, con su dulzura, mi Madre María que me dio una santa madre, una madre que me llevó en su seno, esa madre me enseñó desde pequeña lo que significaba la Madre de Dios. La Virgen del Carmen que fue su gran devoción, y así, fue por el mundo en esos brazos de esa Madre del cielo ayudándome a caminar, poco a poco, a caminar serena y libre de ataduras, ataduras del pecado. No es que soy perfecta, de ninguna manera.

Mientras tengamos carne, sangre y sentidos, el alma no puede ser perfecta, nunca, pero sí respeto. Y cuando alguien me dice: “Sra. María Esperanza, yo la amo mucho, yo la quiero mucho.” No, no te pido amor, te pido respeto; porque las personas hay que respetarlas todas, por supuesto, el amor llena el corazón nuestro, pero hay personas que, quizás, no quieren entender lo que significa el amor, el amor sano, puro y casto de María para nosotros y cuando lo sentimos en nuestro pecho, ese amor suyo, nos volvemos como niños inocentes.

No sabemos nada en medio del mundo; somos pequeñas criaturas que nos dejamos llevar por nuestra fe vivida de cada día para lograr así, realmente, vivir en cónsona con todos aquéllos que tenemos cerca, sin que nadie se sienta obligado a creer, sino eso se deja de la elección del que Dios vaya tocando. Él va tocando las criaturas, Él va llamando.

Muchachos, amen a María, la Madre de Dios. Vosotros estáis llamados a una gran misión, a la misión de la reconciliación, de la evangelización a todos sus hermanos, de llevar el mensaje de una Madre que nos viene a recoger para que vivamos una vida auténtica cristiana.

Jóvenes, muchachas, las seguí en estos días con su humildad tan grande a mi alrededor. He sentido en mi corazón algo tan hermoso.

  • ¡Ay, Madre mía!, te entrego estas niñas, estas señoras jóvenes, ayúdalas, protégelas. Todo lo que hayan hecho por esta pobre mujer, a su lado, cuidando sus pasos, tú se lo devuelvas con creces de la abundancia de tu amor celestial… gracias para vuestros hogares, para vuestras familias, gracias para todos vosotros que desciendan del cielo porque este lugar de Guayaquil, esta ciudad es escogida por Dios.

Hay raíces fuertes del cristianismo que ama y siente a su hermano, y ello es una dote especial que tenéis… la dote de María, María entre vosotros, María viviendo en sus hogares con su Hijo Divino, María que en las pequeñas cosas de la casa está pendiente de lo que hacemos, cómo debemos comportarnos, qué es lo que deseamos; ella misma nos lo hace conocer.

He aquí, la gracia de esa Madre: fortalecer sus almas, aliviar sus quejas o lamentos que tengan. El mundo está sufriendo mucho: los hogares, las familias… muchas quebradas. ¡Que se unan las familias! ¡Que se recojan los hijos!

Tenemos una gran responsabilidad familiar y tenemos, a como dé lugar, que recoger nuestros muchachos, no dejarlos fuera. El padre y la madre son responsables de sus hijos. Es por ello, que la familia los sábados o domingos tienen que reunirse con un almuerzo familiar, que cada cual va hablando y diciendo lo que siente en su corazón, y el padre y la madre como buenos padres que saben escuchar a sus hijos, bueno, dan las pautas para que así cada cual diga lo que siente; porque muchas veces los hijos no dicen las cosas a los padres por temor; no, no, no. No hay que hacerlos sentir temerosos de que el padre los va a castigar, de que si la madre le va a decir… no, no.

Hay que ser conscientes, hay que tratar por todos los medios de que los hijos tengan una distracción en su casa. Un muchacho no debe estar nunca flojeando; tiene que tener siempre algo que hacer, pendiente de sus tareas, de sus estudios; uno pinte, otro haga otra cosa, pero que tenga siempre algo que hacer porque de otra manera, ¿cómo van a seguir los hogares andando todos dispersos?

Me excusan que hable de ello, pero tenía que decirlo porque yo sé que hay hogares que se bambolean, que están decayendo porque los hijos se están yendo y el hijo no lo podemos dejar ir.  Buscarlo, sacarlo de donde está con la responsabilidad del padre y la madre que aman aquel hijo. Aquella madre lo llevó en su seno materno y tiene derecho a llamarle la atención. Un niño se corrige de pequeño, después de grande, es muy difícil entrar que aquellos corrijan las cosas desagradables que han aprendido fuera.

Y les hablo así porque yo soy madre, madre de siete hijos con catorce nietos y amo a mi familia. Mi esposo siempre a mi lado dándome la fortaleza para seguir adelante. Yo le tenía miedo a todo… a la gente, siempre trataba de ocultarme. Yo quería ser religiosa y Dios me mandó al mundo: “Vivirás en el mundo combatiendo con el hombre, pero ese combate será de amor, de solidaridad humana.”

Es por ello, que aquí estoy. El Señor me ha enseñado que tenemos que ser valerosos, no podemos detenernos en medio del camino porque nos aflijan, nos digan que si aquello, que si esto; no, no, no. Cuando debemos realmente cumplir una misión o un cometido en la vida, debemos andar derechos y firmes a cumplir nuestro cometido, sin tratar de lamentarnos ni mucho menos pensar que no podemos hacerlo. Lo podemos hacer siempre y cuando estemos en las manos de María, ella corrigiendo nuestros errores, nuestras faltas, nuestras pequeñas cosas de la vida diaria y de Jesús, el Maestro de los maestros, enseñándonos como Pastor de Almas, pastoreándonos.

Somos su rebaño. Es un rebaño grande el que tiene el Señor en todo el mundo, en todos los continentes, en toda la Tierra; y, el hombre, todos los hombres de la Tierra se levantarán para servirlo. Quizás, yo no lo veré, pero muchos de vosotros, los jóvenes, los niños verán ese gran acontecimiento cuando el hombre se dé la mano con el hermano, cuando las naciones lleguen a un acuerdo de que hay que hacer algo para evitar guerras y tropiezos con sus hermanos, especialmente con sus vecinos.

Y es aquí, el punto importante de mi visita. Mi visita… fui invitada del Perú y también aquí; pude dejar mi palabra… la palabra de una madre que ama y siente a su Iglesia. Lo primero que dije: Perú y Ecuador, ámense, sopórtense, ayúdense, alivien sus cargas hermanados por el amor de Jesucristo y de su Madre. Os repito a vosotros: Ecuador, ama a Perú; ámense, sopórtense, quiéranse. Es su hermana amiga, su compañera, vecina. ¿Por qué no respetar, por qué no considerar su falta llenos de ternura y con el corazón abierto a la gracia para que entre Jesús con la llama de su amor y en su mente la gracia del Espíritu Santo, pudiendo entender realmente vuestra gran misión futura?

Pueblos unidos por la Sangre Preciosísima de Jesucristo, por esta Madre la Iglesia católica que nos está sosteniendo, que está viviendo todos los pormenores de los pueblos, pueblos vecinos, pueblos que desean realmente sobrevivir de tantas cosas por las que han tenido que sufrir en el pasado.

Ya no más sufrimiento, ya no más temor, ni angustia, ni quebrantos, ni diretes;  nada de ello. …Amor, solidaridad humana porque la Madre María nos viene a reconciliar, nos viene a unir porque sin reconciliación no puede haber paz. Tenemos que aceptar la reconciliación para obtener la paz, la paz de María, la paz de Medjugorje, como los niños que decían: “La paz del mundo, la paz de los pueblos, de las naciones, la paz de las familias, la paz de todos.”

Y ahora, hermanos, perdónenme, es que he hablado muy largo.

Gracias a vosotros de abrirme las puertas de esta Iglesia hermosa, y el Padre… qué gran Señor, qué grande Juan Bautista… amó, se dio y se sigue dando a sus hermanos y a los pequeños que crecen en las filas suyas para ayudarlos a que sean hombres con calidad humana, con el conocimiento de una Iglesia santa, con la verdad de una doctrina.

Qué hermoso es enseñar, qué hermoso es poder tener en sus aulas del maestro a un grupo de jóvenes con ansias de superación espiritual y deseos de ser útiles a sus hermanos… alguno que lo necesite.

Gracias a vosotros, gracias a todos aquéllos que han venido en este día. Sí, quizás, algún quehacer han dejado de hacer en la casa y vinieron al encuentro de mi Señor. Cuando los veía a todos recibiendo a Jesús, sentía que mi corazón saltaba de gozo y alegría porque lo estaban recibiendo a Él. ¡Qué hermosas Comuniones!, verdaderamente me sentí feliz; un pedacito de cielo en la Tierra que el Señor me brindaba con vosotros todos.

Madres, yo soy madre también, cuiden sus hijos, ayúdenlos a realizarse con un futuro promisor. No son las riquezas ni las grandezas, las hazañas, no, la vida es de pequeñas cosas, pinceladas útiles a la vida… es bella. El Señor no nos quiere con mucho ruido y a veces al ruido, como les dije en estos días, le tengo mucho miedo.

Y cuando he tenido que venir… hace ya dos años inicié por todos Estados Unidos y Canadá, fui a Francia, a mi Roma amada, y a Zurich, a Suiza… y realmente sentí el valor de esta Iglesia; dije: Agiganto mi corazón de saber que el Señor nos desea apóstoles de su Corazón… de los Corazones de Jesús y de María. Y digo siempre:

  • Corazones de Jesús y de María en un solo Corazón, tened compasión y misericordia de nosotros.

Es por ello, que los invito a la oración, a la meditación, a la penitencia, a la Eucaristía para que podáis también llevar el mensaje de una Madre que nos viene a recoger, a aliviarnos, a conducirnos, a enseñarnos a vivir el Evangelio.

Les vuelo a decir: Evangelización piden estos tiempos y no hay más nada que hacer. Todos de pie y firmes como los soldados a llevar el mensaje de esta Madre Santa que nos viene a salvar. ¿Qué no ven que ella está apareciendo en muchas partes? Y creo que aquí también en el Cuzco han hablado de la aparición de mi Madre a una muchacha joven, y después se casó.

Bueno, estas cosas… hay que esperar mucho, hay que sufrir; no es tan fácil y hay que ser humildes… humilde a la Iglesia, humilde al sacerdocio, humilde a nuestro director espiritual… humildad con la sencillez de la niña, una niña joven que acata las órdenes de su maestro, de su director espiritual. No importan los sufrimientos, lo que venga. Tantas cosas, quizás, yo he tenido que sufrir y que vosotros ni siquiera lo sabéis, cuántas cosas, pero yo le decía a mi Madre: Madre mía, dame humildad, la humildad que tú sientes, María. Humildad, humildad y siempre humildad, dámela, Señor. No es la humildad de vestirnos de harapos ni vestir como santos, no; Dios nos quiere tal como somos con todas nuestras debilidades, pero tratando nosotros siempre de mejorar nuestra vida interior… es lo importante.

Entonces, hijos, gracias; gracias a todos ustedes.

Bendito sea el Señor que me ha traído. Yo no soy nada, pero sí sé una cosa: amo mucho, amo a mi Iglesia, la amo y estoy dispuesta a todo por mi Madre, de llevar su mensaje. Solamente ella me ha dado esta fuerza de voluntad, aún enferma, mi corazón muchas veces débil porque ya tuve la prueba de un cateterismo. No es que mis años son muchos, pero de un momento a otro… y digo: Señor, ayúdame un poquito más para llevar el mensaje de mi Madre.

Ella me decía cuando joven: “Irás por el mundo llevando la palabra de esta Madre.” Y yo decía: ¡¿Ay Madre, pero para dónde voy a salir yo?! Yo quiero huir del mundo más bien, en un retiro allí. Qué belleza, Señor, las horas ante el Santísimo donándome y de manera enérgica mi Señor me trajo, así me llevó a Roma.

He aquí, que comenzó mi misión verdaderamente como esposa y luego madre. Me prometía que vendría y vino. Me parecía un sueño y luego, después las experiencias que tuve, hermosas, que no hay palabras, pero viví tantas cosas hermosas y bellas, pero también dolorosas porque así fui probada de todas las maneras, en todas formas. Monseñor, el primer Obispo, Monseñor Bernal, me conocía desde niña, fue benévolo conmigo y realmente se hicieron en Betania: Bautizos, Confirmaciones, Primeras Comuniones, Matrimonios. Fue algo ejemplar, maravilloso y bello, radiante, luminoso, diría yo. Luego él me miró y me dijo: “María Esperanza, vas a sufrir ahora, ahora viene Monseñor Pío Bello, es Jesuita y es fuerte. Tienes que acostumbrarte, hija, siempre humilde, no cambies, resiste porque la Madre yo sé que ha venido, María viene a reconciliarnos, pero yo me voy a morir, yo me voy. No, hija, sigue adelante.” Y así fue.

Vino Monseñor Pío Bello… fueron cuatro años en los cuales con mucha humildad – Dios me la dio – y mucha sencillez supe aceptarlo todo, hasta que realmente él vio, se dio cuenta que no era un espejismo de mi imaginación ni locuras y que las almas que también la vieron conmigo…

Porque debo decirles y aclarar este punto: Yo al principio, cuando vino la Santísima Virgen, le decía: Madre, a mí no me van a creer, van a decir que esta mujer se está inventando cosas y ¿cómo hago? Ella me dijo: “Tranquila, hijita, el 25 de marzo de 1984 me haré visible para todos.” Llegó ese día esperado y el 25 de marzo de 1984 todos los que estábamos allí, éramos como ciento cincuenta a doscientos personas; todos vimos a la Madre de Dios desde un cuarto para las 3:00 de la tarde hasta las 6:30, cada diez minutos venía. Ella venía bajo distintas advocaciones: Nuestra Señora de Lourdes, la Milagrosa, la Virgen del Carmen, la Inmaculada Concepción con sus ángeles y vimos la Dolorosa, la vimos con sus niños venerándole. ¡Dios mío!, ¿esto?, nos decíamos todos.

Había de todas las clases sociales: médicos, psiquiatras, generales, coroneles, muchachos, estudiantes, muchos jóvenes, muchas jóvenes, familias enteras. Fue algo bellísimo, ejemplar, único, yo digo en la historia del mundo… esta aparición, y aún así nos hizo un fuego en la que veíamos… aquel fuego, ¡Dios mío!, candela, candela. De momento aquella candela se fue apagando, no era candela, era como la llama de Cristo y allí se apareció mi Madre con su Hijo en los brazos ofreciéndonoslo, lo dejó: “Aquí lo tienen, aquí lo tenéis, hijos míos, crezcan con Él.” Fue bellísimo, fue inolvidable.

He aquí, pues, cuando ello sucedió, Monseñor llamó a todos estos seres, a estas personas, religiosas, sacerdotes – había dos sacerdotes –, había religiosas – dos también que fueron – y mucha gente; toda esta cantidad de personas y de seres, pues, que no eran unas personas que no sabían, sabían lo que estaban viendo y los fue examinando a cada uno. Pidió a cada cual sus escrituras; y allí se realizó el gran milagro, fue a Roma y todo, pues, se llevó el sí, el sí de una hermosa historia de una Madre para con sus hijos, una Madre que nos ha venido a recoger.

Y ahora, gracias a todos.

Que el Señor los bendiga y los guarde y que realmente sigan adelante enfervorizados en que la Madre de Dios nos viene a consolar, nos viene a buscar para enseñarnos a vivir realmente vida auténtica cristiana. Dios los guarde a todos.

Gracias, hermanos.

(Aplausos.)

Pidan todos por sus necesidades.

Alabado sea el Señor.

Gracias a todos.

“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos.

En el nombre de mi Madre, Yo les curo del cuerpo y del alma,

y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré, les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros, que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

  • Ave María Purísima.

(Aplausos.)

Gracias a todos.