Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el coliseo del Colegio Javier. Guayaquil, Ecuador

Viernes, 21 de julio de 1995 6:00 p.m.

Buenas noches a todos. Recemos el Ángelus.

  • El Ángelus.

Sacerdotes, religiosas, toda esta comunidad de amor, Pueblo de Dios, una gran comunidad que se reúne aquí en la mesa Eucarística para recibir al Señor y alimentarse de ese Cuerpo místico que enciende nuestros corazones con la llama de su amor, con el fuego maravilloso de Cristo. Cómo toca nuestros corazones para sentirnos llenos de ese calor y de esa misericordia suya, y de una Madre, María de Nazaret, la humilde mujer, la que llevó en su seno al Hijo de Dios.

¡Qué cosa grande! ¡Oh María, Madre mía! ¡Mi Madre sin igual del cielo!, sostienes a tus hijos… a enseñarles el santo rosario.

Qué hermoso es rezar el santo rosario en comunidad de amor con nuestras familias, con nuestros hermanos, con nuestros amigos. Sí, con ese rosario en mano, con esa oración ferviente que nace espontánea del corazón para aliviar nuestras cargas y aliviar las dolencias espirituales, corporales y así sentirnos renovados por dentro.

Qué hermosa es la oración en conjunto. Todas las familias sentadas en sus hogares compartiendo el pan.

¡Oh Pan maravilloso el de Cristo, qué alimento nos has dado en este día!

Estoy conmovida, mi Señor, es un pueblo vuestro que pide misericordia, paz, serenidad para sus familias, para sus hogares, especialmente con aquel vecino… nuestros pueblos, pueblos que se dan las manos, que se perdonan las faltas y errores, pueblos que se aman y que realmente viven el Evangelio.

Yo acabo de venir del Perú. ¡Oh sol del Perú, sol de mi amor! ¡Oh Ecuador, cómo te siento en mi alma por mi amado Señor Jesús y también por nuestro Libertador Simón Bolívar y también por Antonio José de Sucre! ¡Oh amor grande a Quito! ¡Oh belleza, Señor!, cómo tocas los corazones de todos tus hijos para que así se reúnan todos alrededor de tu mesa Eucarística para alimentarse y sentirse serenos, fieles a sus pueblos unidos todos en un solo corazón.

He aquí, pues, hermanos, aquí está esta pobre mujer, una mujer como cualquier otra, pero eso sí, esa mujer ama con un amor infinito. Es algo tan grande que yo hubiese dado mi vida a esa Iglesia como religiosa en su santuario escondida, sin contacto con el mundo, pero el Señor me mandó a la calle: “Sal, sal y vete a encontrar con el mundo.” Por supuesto, riesgos muy grandes para que puedan comprender al Señor… “Pero te daré el valor suficiente para que ayudes a tus hermanos.”

Sí, qué grande es poder servir pacientemente, serenamente pidiendo a cada instante voluntad, voluntad y siempre humildad, porque yo digo: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo y sin ella no podemos hacer nada, y yo le pido a Dios: Dame esa humildad, Señor, para poder así servirte, amarte y hacerte reconocer de todos tus hijos de la Tierra, no importa cómo lleguen, de dónde vengan, pero extenderles las manos y ayudarlos con su carga.

Qué hermoso es cargar con las penas, dolores y enfermedades de nuestros hermanos. Estamos cómodos al servicio del Señor; no nos incomodamos porque nos molestan, no. Nunca digan: No. Siempre: Sí. Cuando alguien te pida algo en la vida no digas: No. Al contrario, confórtalo, consuélalo, exprésale tus ideas con sencillez, ábrele tu corazón para que se sienta realmente feliz de que alguien lo comprende. Se necesita darse a los hermanos incondicionalmente bajo el estandarte de María.

¡Oh María, Madre mía!, Madre de Dios, lirio de la pradera, hermosa azucena blanca. ¡Oh Señor!, una rosa del amor, rosa con fuego, bendita entre las mujeres como la rosa blanca del amor. ¡Oh María!, yo quisiera cantarte y decir al mundo con alegría: Es estrella refulgente que nos ilumina en el camino para encontrarnos con Jesús, su Divino Hijo de Corazón. ¡Oh Jesús, mi amadísimo Salvador del Mundo, Corazón de Cristo Resucitado!, en esta noche queremos resucitar para entonar contigo: Resucitar, Señor, e ir por el mundo llevando tus consejos, tu palabra de amor y de fidelidad.

Sí, hijos; sí, hijos míos, fidelidad, fidelidad a nuestra Iglesia, nuestra Iglesia católica, apostólica, romana, universal; una Iglesia que canta, una Iglesia que nos enseña los Evangelios con tanto amor, un Santo Padre el Papa que sentado está en esa Cátedra de Pietro representándola con humildad, con serenidad, con candor del niño, con esa inocencia del pequeño querubín celestial y también como el rudo hombre pescador, pescador de almas como Pietro, Pietro el pescador. Jesús lo enseñó, Jesús le legó, puso en sus manos esa Iglesia. “A Pedro le correspondió mi Iglesia Santa.” Y su vida la dio por esa Iglesia, por ese Cristo Resucitado, por todos nosotros; y ahí hay quien la representa, un Papa, el Papa de estos tiempos que de un lugar a otros se exhibe para llevar la Palabra de Dios… la evangelización a los pueblos y naciones.

¿Sabéis cosa tan grande y maravillosa penetrar en los corazones con el conocimiento que Dios le dice que nada ni nadie podrá detener la marcha de esa imagen bendita suya? Nadie, porque Jesús está con él, convive con él; juntos permanecen asidos de la mano para compensar las horas de dolor de un pueblo que anhela justicia social, justicia.

Es un pueblo que ama a su Dios, que ama a su Cristo, que quiere realmente vivir, vivir allí de pie y firme sirviendo a sus hermanos. ¡Qué hermoso es servir a sus hermanos! ¡Qué hermoso es darnos las manos! ¡Qué hermoso es sentir la llama y el fuego de Jesús en nuestros corazones!, dárselo para incendiarlo de una labor que sólo con amor se puede cumplir, llevando el mensaje de una Madre, nuestra Madre María.

Quiero hablarles de ella y expresar aquí que mi Madre me venía diciendo que vendría esa tierra bendita, tierra de promisión donde muchos se refugiarían allí para sentirse renovados por dentro, aliviados con sus aguas benditas, con su verdor, con su caña de azúcar, siembras, purificándose allí al pie del manantial.

Ella me lo venía diciendo y yo busqué esa tierra, pero llegó cuando tenía que llegar, años atrás recorriendo con camioneta hasta que un día nos llamaron que había una tierra cerca de Cúa, que había una hacienda con caña de azúcar, con un trapiche viejo, con una casa anciana, con un río al frente de esa casa y una gruta de oración. Era una gruta que nadie conocía y allí mi Madre se me presentó un día 25 de marzo de 1976 a las 8:30 de la mañana.

¡Oh María, cómo me deslumbraste, Madre! ¡Qué belleza sin igual!, tu rostro, tus ojos pardos hermosísimos, tus labios que sonreían. Me miraste tiernamente, dulcemente y te miraba cuando te movías de un árbol a otro para acercarte a mí. Sí, Madre, yo quería volar… que me tuvieras en tus brazos y que me llevaras contigo y quedarme allí para siempre, pero no fue así, me dijiste: “Mi Corazón os di, mi Corazón os doy, mi Corazón os seguiré dándoos por siempre.”

Fue algo que me llegó al alma, los rayos de tus manos me deslumbraron, todo aquello se iluminó. El sol comenzó a dar vueltas, yo perdí el sentido, no sabía… pero todos los demás estaban viendo aquel sol iluminado. Fue hermosísimo, hermoso. Fue un día de luz para el mundo porque yo sé que ese día mi Madre penetró en las conciencias de todos los hombres de la Tierra, que despertasen, que ella, María, venía como embajadora.

Sí, el Padre la mandó en su Divino Hijo Cristo Jesús como María Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones. Una Madre que viene a buscar a sus pueblos, que viene a las naciones a tocar sus corazones fríos o tibios, como estén… es María la que nos viene a buscar.

Cuántos milagros se han obrado en Betania: cuántas almas han llegado que no han podido caminar en una silla de ruedas y mi Madre los ayuda a caminar, cuántos ciegos llegaron sin ver y esos ojos han visto la luz del sol: “¡Señor, veo, veo!”; cuántas personas con problemas graves de conciencia y ha comenzado a penetrar el temor de Dios. Es lo más grande, no el temor de que nos castigue, sino el temor de no ofenderlo nunca, y aquéllos no han vuelto a pecar, se convirtieron.

Entonces, hermanos, yo los invito a que algún día puedan ir a Betania. Betania es luz del mundo, Betania es verdad y conocimiento del hombre, Betania es reconciliación con los hermanos separados. Con todos tenemos que reconciliarnos, con todos; perdonar para ser perdonados, saciar esa sed, conquistar el amor a manos llenas. Es una esperanza a quien nos necesite, a todos: a los tristes, a los desamparados, a los que yacen en los hospitales muriendo de fiebre, sí, enfermedades incurables. Hay que visitar a los enfermos, hay que ir a los hospitales, hay que compartir el pan con todos nuestros hermanos; no podemos seguir así indiferentes a lo que pasa a nuestro alrededor. Seguimos con nuestra indiferencia y se acabó; no.

Tenemos que trabajar muchísimo, para eso tenemos nuestros sacerdotes que nos preparan, que nos ayudan, que nos alimentan con ese Cuerpo místico de Cristo en las mañanas al oír la Santa Misa. Qué hermoso y bello es poder levantarse por las mañanas… Toda mi vida en tu Iglesia la pasaba en medio de Ti, todas las mañanas, Señor, me alimentabas. O cuando llega la tarde… ¿dónde estás, mi Señor? ¡Ay, Señor!, qué hermosura, qué belleza al sentir que Tú me llamas: “Ven, hija, te esperaba.”

¡Ah, hermanos, yo quiero que todos vosotros sientan esto que yo siento! Es un calor limpio, hermoso con claridad que nos llenas de Ti, Señor; es el cielo de mi Dios, es la inmensidad, son las estrellas que en este momento comienzan a salir titilando para darnos una mirada de amor, para congraciarse con nosotros. ¡Qué bella es la naturaleza, Dios mío!

Digo: ¿Dios mío, cómo el hombre puede despreciar la fe? Porque la está despreciando… la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales que avivan al hombre, que lo llenan de amor porque son las hermanas que nos ayudan a caminar mejor en la vida. Sí, la fe, la fe vivida de cada día; la esperanza, la ilusión del hombre en todas sus cosas que tenga que hacer; y, la caridad, el amor a nuestros hermanos, un amor vivo, sano, un amor que conoce muy bien quitar todos los obstáculos del camino.

Porque es el Señor que está aquí, Él está aquí esperándonos, Él está aquí ayudándonos, Él está aquí enseñándonos y María, la bendita entre todas las mujeres suavemente, con ternura trata de sonreírnos, llamarnos, diciéndonos: “Venid, hijitos míos, venid a nuestro lado. No os detengáis y seguid caminando por el sendero dulcemente, serenamente con el corazón abierto a la gracia, una gracia que entra y al corazón lo renueva.”

Es amor, es vida, es salud, es confianza, es una mente abierta porque el Espíritu Santo obra en nosotros renovándonos, fortaleciéndonos con el don del buen consejo, aconsejándonos qué debemos hacer; y el don del entendimiento para entender realmente cómo debemos realizar y llevar a cabo las cosas; por supuesto, la sabiduría y la ciencia son tan hermosas; y el don del temor de Dios, el santo temor de Dios y cuando tenemos temor de Dios no somos capaces de hacerle daño a nadie, no nos atrevemos… No ofender al Señor; no es el temor de que va a castigarnos, sino es el temor de no ofenderlo a Él. Tengan esto presente, nunca cometan un acto que no sea un acto de amor… de ofender vidas humanas porque es pecado dañar al hermano. No; debemos rectificar.

Yo creo que esta noche es para rectificar nuestras ambivalencias, yo creo que es hora de limpieza, una purificación. El Señor quiere limpiar, entrar esta noche con su Madre, ella con sus rosas maravillosas de olores suaves que nos llenan con la ternura suya, y el Espíritu Santo soplando en nuestros hogares, en nuestras casas para que así podamos sentirnos en paz con el Señor, con la Madre María de Nazaret, la humilde violeta del camino santo de Nazaret.

¡Qué hermosa es María, el trabajo, su trabajo en la casa cada día! Nosotras las madres también trabajamos… muchas veces en la noche cuando sentimos que ya no podemos más, pero la esperanza de María nos alienta y nos da vida sobrenatural para seguir nuestra jornada larga de un día y otro día sin cansarnos; nos da vida sobrenatural.

¿Qué es lo que significa vida sobrenatural? Es poder atender a todas las cosas que el Señor nos pida con responsabilidad. Es una gran responsabilidad que tenemos ante el Señor, es por ello que tenemos que orar. Oración, oración, la oración es vida para el hombre, es vida, es fuerza, es coraje, es energía, es calor, es sentimiento. Se ama la oración, amen la oración; la meditación, hay que meditar en continuación; penitencia: miércoles y viernes… abstinencia… quien pueda, pero hay que hacerlo, hay que guardar miércoles y viernes. El miércoles cayó el Señor Jesús, el Nazareno; el viernes, sí, se entregó para derramar esa Sangre, bañarnos, limpiarnos, purificarnos con ella.

Tenemos que seguir realmente el Evangelio y te voy a acompañar con la oración, la meditación, la penitencia y la Eucaristía. Eucaristía… los jueves Eucarísticos son muy necesarios en la familia, en las Iglesias todos unidos, orando allí ante el Señor, pidiendo perdón y misericordia, y perdón de nuestras debilidades y flaquezas, pidiendo paz para el Pueblo de Dios.

¡Qué grande es el Pueblo de Dios! Nosotros somos Pueblo de Dios, somos Iglesia, parte de esa Iglesia; y en este momento los laicos, que son Pueblo de Dios, tenemos que someternos a la voz del Santo Padre el Papa, a la voz de sus ministros, obispos, sacerdotes para que así se complete la realización de un mundo nuevo, un hombre nuevo: una vida que está naciendo, que comienza a dar sus primeros pasos. ¿Por qué? Porque ha despertado, ha despertado con esa Iglesia, ha despertado con esos ministros que lo han dejado todo – han dejado sus casas, su hogar, dejaron sus comunidades – para ir a un seminario y poder así llegar al sacerdocio. ¿Cuántas noches de oración, cuántos días de fatiga estudiando, cuántas cosas?

Tenemos que pensar en ello; es por ello, que ellos son los únicos que tienen el derecho de la absolución de los pecados. ¿Por qué? Porque ellos lo renunciaron todo para asirse al Señor y vivir vida Eucarística, vida real, verdadera, única que realizan en la Tierra; ello siempre con sufrimientos, penas y quebrantos, dolores del alma, pero con mucha fe, con mucho amor.

Entonces, hermanos, no esperen de mí grandes discursos, son cosas sencillas de la vida diaria, el compartir con nuestros hermanos, con nuestros amigos.

No debemos ser egoístas, no. Jesús se dio, se sigue dando por nosotros y debemos seguir sus huellas y las huellas de María que nos está llamando para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás: niños que crecen, la juventud. Es ella, María, Jesús en su Madre: “Toma el cetro, Madre, tómala y ayúdame a conquistar los corazones de todos mis hijos; no quiero perder un alma, no puedo perderla, Madre.” Y María con la humildad, esa humildad tan hermosa suya, respondió a su Hijo: “Sí, lo acepto, es decir, porque Vos lo quieres así y el Padre mío. El Espíritu Santo se ha hecho sentir obrando en el mundo de manera particular y yo también voy a donar lo mejor de mí, de este Corazón materno para así ocuparme de mis hijos sacerdotes, de todos los padres de familia y de todas las madres de toda la humanidad.”

Eh aquí, hermanos, cuando debemos responderle nosotros también: Aceptamos todo lo que Dios quiera hacer de nosotros para ayudarnos a caminar mejor en la vida y vivir realmente el Evangelio. Evangelización…. Ella es la salvación de este mundo; las Escrituras, los Evangelios, la Sagrada Biblia en vuestro hogar como defensa y protección de la casa. Abrir la enseñanza, veamos los Salmos. ¿Qué nos dice el Buen Pastor, qué nos dice el Señor? Tantas cosas para caminar mejor en la vida y enseñarnos a vivir al servicio de los que nos necesiten… el Evangelio maravilloso de: Juan, Lucas, Marcos y Mateo.

Sí, hermanos, es la hora del despertar, es el despertar de conciencia, es un despertar con vida nueva, vida sobrenatural.

Ustedes, aquí, están recibiendo algo tan hermoso: la gracia de María. No sé nada, esta pobre mujer no vale nada y yo le digo: Madre mía, yo no sé nada, haz conmigo lo que tú quieras, yo daré lo que tú quieras, yo no soy nada, pero lo voy a ofrecer, Señor, mi Dios. Ella me dijo, ella respondió: “Yo soy la Madre Reconciliadora de los Pueblos que los vengo a reconciliar a todos, y esa es mi más cara ilusión: reconciliación entre todas las naciones y amor y unión entre hermanos, ello es mi más cara ilusión. Yo los vengo a buscar, los vengo a aconsejar y les dejo el amor; recíbanlo todos. De todas las especies, de todas las clases, a todos los vengo a reconciliar. Ya basta de peleas marcadas… sonreíos. Entonces, respétense todos, ámense y únanse. Es la hora del despertar de conciencias. Avivad vuestra fe con el calor y la llama de mi Divino Señor, es Él, es Jesús el Rey de reyes que conquistará un mundo nuevo para el hombre. Él se hace sentir; todos lo sentiréis en vuestros corazones como un solo corazón.”

  • Corazones de Jesús y de María en un solo Corazón, tened compasión y misericordia de nosotros.
  • Corazones de Jesús y de María en un solo Corazón, tened compasión y misericordia de nosotros.
  • Sagrados Corazones de Jesús y de María en un solo Corazón, tened compasión y misericordia de nosotros.

Entonces, hermanos, gracias a todos vosotros por este día, gracias a todos. Especialmente los enfermos, el Señor se hará sentir pleno; María Virgen y Madre de la Iglesia, ella María, la Madre buena y compasiva se hará sentir en los enfermos, especialmente los va a visitar esta noche, en estos tres días. Mi Madre se hará sentir de manera muy particular, nadie quedará triste, oprimido o lleno de dolor porque ella les va a dar el gozo espiritual de que sientan su mirada espiritual y tierna sobre de sus hogares, en sus trabajos. Aquéllos que no tienen trabajo encontrarán un trabajo o algo para sostener a sus familias; aquéllos que tengan una desilusión muy triste por la separación de un familiar… vuelve ese familiar, vuelven todos a reunirse como en otras ocasiones; aquéllos que hayan quedado solos y tristes porque un ser querido se les fue para siempre, ese ser esta noche estará visitándoles de una manera muy particular, acompañándoles porque el Señor lo permitirá para sentirse llenos de valor para seguir viviendo y dar nuestro contributo a esa Iglesia maravillosa, nuestra Iglesia católica para trabajar en las comunidades, en los centros marianos y así en donde se necesite.

Y ahora, hermanos, pidamos al Señor en este momento que nos ayude a discernir, en esta noche, este humilde mensaje de una Madre para que así las gracias del Espíritu Santo desciendan muy particularmente sobre de cada uno de vosotros.

Estas jóvenes, estas señoras, les agradezco infinitamente, jóvenes, muchachas, no las conocía… su bondad, su ternura, su servicio al Corazón Inmaculado de María; es María, es ella la que toca el corazón de este hijo para que estos hijos correspondan a la gracia y puedan cambiar sus vidas todos dispuestos a vencer… que se concreta en la Santa Misa sobre el altar con el Señor, recibiendo bendiciones infinitas del cielo.

Y ahora, debo de despedirme diciéndoles: Qué hermoso es sentir cuando nos encontramos con un ser… Todo es tierra de Dios, es la tierra de María con su Corazón materno atravesado por miles de balas terribles, pero indicándonos con infinita ternura y bondad para que nos amemos, para que nos ayudemos, para que nos soportemos.

Qué difícil es la soportación; tenemos que aprender a soportar y a resistir. Yo sé que están cansados, yo también lo estoy, y aquí estamos todos. Es mi Madre, es ella, María, que desea que vosotros sientan el calor de su Corazón materno, y el fuego y la llama de su Hijo Cristo Jesús.

Ésta es una prueba del amor de mi Jesús… una persona como usted con tanto trabajo. Tiene un gran corazón y es su humildad, la humildad que lleva dentro un sacerdote consagrado al Señor, un Jesuita, un hijo de San Ignacio de Loyola, es alguien grande para mí, y San Francisco Javier a quien amo tanto.

Siento en el corazón que mi Madre ha renovado las conciencias, los corazones, sus faltas, sus vidas para que así haya un movimiento hermosísimo que cristalice en unión con sus pueblos vecinos para que así haya la paz y la unión. No más guerras. Mi Madre les quiere ofrecer una vida nueva de reconciliación, de fidelidad al Señor, de amor y comprensión a su sacerdocio que ha estado orando por sus hermanos.

Dios los guarde.

Gracias a todos, gracias.

(Aplausos.)

“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos.

En el nombre de mi Madre, Yo les curo del cuerpo y del alma,

y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré, les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros, que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero, mis pequeños hijitos.

(Aplausos.)

Muchos enfermos serán curados y el que tenga una pena será sanado porque el Señor convive entre nosotros.

Gracias.

(Aplausos.)

Váyanse con sus familias en armonía, váyanse en paz con el convencimiento de que el Señor convive entre todos nosotros, y su Madre María nos da vida sobrenatural y que debemos proseguir adelante firmemente convencidos que Jesús convive entre nosotros.

(Aplausos.)

Aquilatad vuestra fe y más que todo un deseo de servicio a vuestros hermanos; es servir… no ser servidos. Ello es amor, poder servir al hermano que se siente mal, que tiene una pena, un quebranto dándole una palabra de consuelo, con pequeñas cosas de la vida diaria: un detalle, una sonrisa, una palabra a tiempo. Muchas almas pueden salvarse… algún muchacho que vaya por mal camino con un consejo se puede salvar, y espiritualmente nos llenamos con la luz del amor, un buen consejo.

Entonces, esta noche el Señor nos está renovando, fortaleciéndonos y dándonos la serenidad. Qué hermosa es la serenidad suya; pienso en la calidez de su amor, sí, y esa brisa suave del Espíritu Santo.