Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el Hotel Michelangelo. Roma, Italia

Jueves, 16 de noviembre de 1995 1:00 p.m.

Buenas tardes.

Alabado sea el Señor. Él nos ha unido en la mesa Eucarística pudiendo alimentarnos con su Cuerpo, con su Sangre, con su Vida que se está dando a todos para unirnos y reafirmar nuestros pasos hacia la luz de su nuevo amanecer.

Jesús convive entre nosotros, quizás, no lo podemos ver con los ojos temporales, pero sí con los ojos del alma, con nuestro corazón lo sentimos, nuestra mente abierta para escuchar sus consejos y poder aliviar nuestras cargas y vivir realmente el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos; todos tenemos que ser evangelizadores del Pueblo de Dios. El Pueblo de Dios requiere atención, ayuda, protección de la Palabra de Dios que es el alimento para constituirnos en uno solo con Él, con Cristo en la Eucaristía, con Cristo allí en el sagrario esperándonos a todos, con Cristo viviendo en nuestros hogares, con Jesús, Él, Jesús con María y el Patriarca San José protector de la familia… nuestra familia, alimentando nuestra familia con nuestra convicción de que si somos hijos de Dios tenemos que vivir cristianamente.

Es un gran legado que el Padre Eterno de los cielos nos entregara a su Hijo Divino Jesús. Él fue a la Cruz con amor, con humildad dándose, entregando su vida por todos nosotros. He aquí, que todavía el hombre no comprende realmente este gran sentido del amor de Jesús hacia nosotros… entregar su vida para salvarnos, para santificarnos y ayudarnos en todo momento de nuestra vida.

¡Qué hermoso es sentir a Jesús! ¡Qué dulce es sentir a María!, nuestra Madre buena, humilde. La vemos en Nazaret acunando a su Hijo en los brazos, la vemos con los ángeles celestes, con el ángel San Gabriel que anunciara a Jesús. ¡Qué hermosura sin igual la de María! Concibió a su Hijo, dio a luz, lo tiene en sus brazos pequeñín, una criatura dulce y suave; tierno con unos ojos hermosos como el cielo que miramos todos los días nosotros.

¡Oh Jesús, cuánto te amo, mi Señor!, quiero entregarte una vez más mi vida por esos hijos de María. Somos hijos de María como Tú lo fuiste, Salvador del Mundo, y tenemos que salvarnos todos a como dé lugar con nuestras oraciones, con la meditación, con la penitencia, con la Eucaristía, con los valores morales del hombre de hoy que deben ser verdaderamente conscientes, equilibrados, con valor, con entereza y una gran voluntad.

Voluntad necesitamos para aceptar la condición humana de un Hijo de Dios, porque ese Hijo se dio y no nos resta a nosotros otra cosa que entregarnos definitivamente, sin preámbulos, siempre pisando en firme, cumpliendo con los deberes de Nuestra Santa Madre la Iglesia, confiando en el Santo Padre, el Papa, nuestro Vicario representante de Cristo en la Tierra, los sacerdotes que son nuestros pastores, que nos enseñan, que nos cobijan, que nos dan ánimo cuando estamos tristes.

¿Cuando tenemos una pena, a dónde dirigirse? Al sacerdote para así nosotros desahogar nuestro corazón que está triste y salir de allí aliviados, serenos, tranquilos con el corazón lleno de ternura, de amor de una Madre de Dios con su Hijo Divino.

Entonces, hermanos, es la Iglesia que hay que defender, esa Iglesia de Cristo, defender nuestros derechos y ayudar a nuestros sacerdotes con la carga tan fuerte que el mundo no se lo puede imaginar.

Es por ello, que aquí me ven ustedes, quizás, mi salud no es una salud resplandeciente, quizás, no me quedan muchos años, pero sí estoy dispuesta hasta el último momento y le pido al Señor: Morir de pie como los soldados al servicio de mis hermanos… una palabra a tiempo, una mirada, un apretón de manos, un abrazo; es cariño que necesitamos, amor, fidelidad a las enseñanzas de Jesús.

Me siento feliz realmente por la labor de la Sister Margaret, Madre, Sister Margaret. Ella es una madre para todos vosotros que se ha movido de un lugar a otro, que hace sacrificios, que los está ayudando con su ejemplo, con su valor, con su entereza, con su voluntad.

Ello es lo que quiere Cristo; quiere personas firmes en su sentir, el Señor no nos quiere débiles, no; nos quiere fuertes y firmes en nuestras convicciones, con sus enseñanzas que nos legara para salvarnos y afianzarnos cada día en nuestro peregrinar por la Tierra.

Quizás, me notan un poco emocionada, pero es que Roma para mí significa tanto. Aquí viví muchos años, aquí empezaron a crecer mis hijos, aquí, pues, hice mi vida. El Señor me dio un esposo bueno, aquí lo conocí, aquí me casé, aquí bauticé parte de mis hijos, todos mis hijos en San Pietro. Ha sido una vida así, tan grande, que cuando yo partí es como que el Señor me dice: “Hija, has llegado a la base, la base de Pietro, un hombre humilde y sencillo que se dio siguiendo los pasos de Jesús, mi Divino Hijo. Hay que ser firmes, no te detengas. No importan, hija, sacrificios, no importa que si no tienes salud, no importa que el hombre te crea o no, no; sigue adelante.”

Es por ello, hermanos, he querido compartir este momento con mucha humildad, créanlo, como una niña. Yo soy como una niña, yo me dejo llevar de mi Madre, yo no soy nada, soy como cualquier otro ser humano con debilidades, pero ello sí con una condición de que todo lo hago por el amor de Jesús, porque el Padre lo quiere así y el Espíritu Santo sopla, sopla para todos nosotros. Recibamos sus gracias.

Hemos tenido un gran sacerdote, es un hombre joven todavía, pero hay serenidad, hay ternura al mismo tiempo, aplomo y deseos de seguir sirviendo. Yo cuando veo las almas que aman al Señor y que son franciscanos – porque yo también pertenezco a la tercera orden desde muy jovencita – me emociono muchísimo.

Amo a mi Seráfico Padre San Francisco y amo mucho al Padre Pío de Pietralcina.

Ahora, perdóneme que he querido hablar de mí, yo nunca hablo de mí, hablo de tantos temas que son necesarios en nuestra Madre la Iglesia hablar de ellos, pero quería que sepan ustedes que yo comprendo a cada uno de vosotros. Yo entiendo sus problemas aunque no lo crean, vivo a cada uno de ustedes en sus sufrimientos, en sus hogares, en sus casas, en sus hijos, en los que no tienen hijos también. A veces yo digo: Señor, multiplícame, Señor, que yo pueda visitarlos a todos; y el Señor me ha concedido con tanta generosidad poder ir a visitarlos a algunos de vosotros. Que lo digan ellos.

Entonces, yo deseaba, pues, que este día quedara sellado para siempre con este grupo maravilloso que Nuestra Madre Celestial ha deseado un encuentro, un encuentro con el corazón rebosante de amor, de esperanzas, de alegría y con estas dos hijas que las amo mucho porque han sido tan generosas; porque aunque Sister Margaret no esté aquí, es como si estuviera Sister Margaret. Ella se hace sentir en sus decisiones, firme, la Madre Dolores también con mucho cariño y consideración. Que Dios la ilumine en todo momento; y que entre ambos, entre todos los grupos haya un gran respeto, una gran fidelidad y un gran deseo de vivir todos unidos el Evangelio.

Evangelización… y yo digo sobre la evangelización porque es el motivo de estos tiempos, está reclamando el hombre, por Jesús, el Evangelio. Hay que evangelizar a los que no saben, hay que buscar a los que no tienen una idea de lo que significa nuestra Madre la Iglesia. Nuestra Madre la Iglesia está abriendo a todas las corrientes la luz para que entren a convivir con todos los católicos del mundo, todos en un solo corazón protegidos por el Santo Padre; su fortaleza, su inteligencia es una sabiduría maravillosa para enseñar al que no sabe, su sencillez, su ternura en sus ojos, la calma que tiene. Que Dios no los conserve, me le dé vida sobrenatural para seguir alentando a todo el pueblo cristiano, católico y a los demás también.

Nosotros no podemos tener separatismos; debemos ser sencillos y tratar de captar a los demás de otras fe del mundo y aceptarlos, no importa cómo lleguen ni de donde vengan; lo importante es trabajar para que ellos reciban la gracia del Espíritu Santo y se conviertan, se conviertan en seguidores de nuestra Madre la Iglesia, católica, apostólica, romana, universal.

Todos nos vamos a unir, quizás, yo no lo vea, muchos no lo veamos, pero nuestros hijos, nuestros jóvenes, nuestros niños sí sabrán, porque habrá una gran armonía en el mundo, una unidad, la unidad del género humano.

Felicitaciones para todos vosotros.

Salgan de aquí renovados, el Señor los va a renovar… su vida, su sangre, sus huesos, su mente abierta, sus ojos, todos ustedes van a renovarse, a sentirse felices, alegres, contentos de haber pisado a Roma y de haber sentido la efusión del Espíritu Santo por todo su cuerpo, sus almas, su espíritu, sus mentes, sus corazones y poder decir:

  • Gracias, Señor mío y Dios mío; gracias, Padre de las Misericordias; gracias, Dios mío Cristo Jesús; y vos, María mi Madre, ven a mi corazón, Madre, reposa aquí, quiero reposar contigo para siempre.

Dios los guarde a todos.

(Aplausos.)

“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos.

En el nombre de mi Madre, Yo les curo del cuerpo y del alma,

y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré, les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.” Amén.

Que Dios los guarde.

Gracias; que la salud, la armonía y la paz queden con todos ustedes.

Gracias, hermanos; gracias, Sister.

(Aplausos.)