Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia de San Pedro. Yafo,Tel Aviv, Israel

Lunes, 13 de noviembre de 1995 6:00 p.m.

  • El Ángelus.

Respetados pastores, nuestros sacerdotes que nos guían, nos enseñan y nos dan, sí, la mano para guiarnos, para ayudarnos a mejorar nuestra vida interior por medio de la confesión.

En la confesión está el gran secreto de nuestra mejoría espiritual, para ello están encargados nuestros sacerdotes, nuestros pastores para enseñarnos la espiritualidad de vida en cuanto a nuestra vida interior. He aquí, un punto sumamente importante en nuestra vida: la confesión… luego de estar preparados en condiciones de recibir al Señor debemos de ponernos de rodillas ante el altar sagrado, por manos de ellos, recibir la sagrada forma Eucarística, el Cuerpo de Cristo, el alimento que nos llena de alegría como el niño inocente en los brazos de su padre.

¡Qué hermosura sin igual! Hablé ayer sobre de la Eucaristía y hoy vengo de nuevo a hablar sobre de la confesión, para la preparación adecuada para recibir al Señor, la Comunión, porque es la hora que todo el Pueblo de Dios tiene que prepararse y reafirmar sus pisadas en el camino que conduce a Sión.

Sí, hermanos míos, mis respetados sacerdotes, yo soy una enamorada de la Eucaristía, una gran enamorada desde niña, que a veces siento en mi corazón un gran dolor cuando alguien no la puede recibir. Yo quisiera que todos los hombres del mundo: hombres, mujeres y niños, si es posible, cada día recibir la sagrada forma de mi Señor Jesucristo para sentirse serenos, cómodos, conscientes de lo que están haciendo y de lo que han de hacer en el futuro para enseñar al que no sabe.

Necesitamos, por ello, la evangelización para que así todos podamos ejercitarnos de acuerdo a las normas de nuestra Madre la Iglesia católica, apostólica, romana, universal, las luces de la fe de un conocimiento hermoso y claro de lo que significa la Sagrada Comunión, la Eucaristía.

Sí, hermanos, estoy muy agradecida de nuestros sacerdotes y representantes de mi Señor en la Tierra que han venido de Estados Unidos para encontrarnos aquí; como también doy gracias a vosotros: Drew, su papá, su mamá, su familia por esta invitación en la cual me han dado una gran alegría, una gran esperanza, una emoción de poder compartir con vosotros.

Hemos compartido como hijos de Dios en unión íntima del alma con el corazón abierto, tocando Jesús con su llama y fuego llenándonos de amor infinito, tierno y dulce como la dulce María de Nazaret, la Madre del Salvador, nuestra Madre María, la Reina, la más pura de todas las mujeres, la más inocente, la niña bendita que con su sonrisa, con su gracia, esplendor y pureza conquistó el corazón de toda la humanidad y especialmente nosotros los cristianos, los católicos que amamos y sentimos a Jesús, su Divino Hijo que llevó en su vientre como esperanza de un futuro promisor.

He aquí, pues, gracias, Jesús, allí estás encerrado en el sagrario llamando a todos tus hijos.

Ésta es una Iglesia hermosa, San Pedro, dedicada a él. ¡Oh San Pedro, cómo hubiese querido vivir en esa época para seguirte en Roma! Roma ha sido para mí la ilusión de mi vida. ¡Me has dado tanto, Señor Jesús, y es tanto tu amor!

Sigamos al gran pescador en su barca navegando con Jesús y los apóstoles que le siguieron, todos los apóstoles embarquemos de una vez y para siempre. No restemos en la orilla esperando, sigamos al Señor Jesús con sus apóstoles para que esa predicación suya llegue a nuestras conciencias y podamos despertar a la realidad que vive el mundo, un mundo desorientado en estos momentos: guerras, soberbia, injuria, desastres, grandes acontecimientos en la humanidad.

Tenemos que rectificar, tenemos que abordar esa nave para que allí encontremos las luces de la fe y del conocimiento divino y especialmente la voluntad, una voluntad recia, firme, decidida, consciente, equilibrada con mucha humildad para poder así compartir con nuestros hermanos, vivir suavemente, dulcemente con María en su regazo maternal.

María toca los corazones, María tiene una suavidad tan grande que llega al alma y nos da especialmente la luz del amor de su Divino Hijo; y digo luz, porque aprendemos a amar, a amar por medio de ella a nuestros hermanos, a perdonar y a sentir a cada hermano como si pudiesen tener en su sangre la misma sangre nuestra y es la sangre de Cristo Jesús que paciente se entregó en la Cruz y bañó la tierra con su Sangre; su Sangre fue derramada y esa sangre nos viene a curar, a lavar, a purificar y hacernos dignos de recibirlo cada día, si es posible, su Cuerpo Místico.

Gracias, padre; gracias a todos ustedes.

Que Dios lo guarde, lo bendiga y lo lleve con felicidad en su viaje. Esta noche les deseo un viaje feliz a vosotros. Voy a orar, voy a dedicar la noche para ustedes – porque yo también salgo en la mañana – voy a orar mucho para que todas las cosas que tengan pendientes, tantas cosas cuando uno sale de la casa, tienen que llegar ordenadas todas, que vean ustedes que el Señor lo ha resuelto, ha hecho todo Él con María, ella atendiendo la casa y Jesús velando en el portal, esperándoles, diciéndoles: “Pasad, hijos míos, todo está en orden, tened fe y confianza en mi Corazón y en el Corazón de mi Madre.”

Así les tendré en esta noche para que mañana al abrazar a los suyos sientan: “Ay, Señor, gracias te damos por todos los beneficios a nuestras almas.” Así será; y vosotros, padres, arrastrando almas para Cristo ayudándoles a caminar mejor, a enternecer esos corazones fríos, a embriagarlos del amor de la Sangre de Cristo Jesús y de las rosas de María, las rosas de amor de ella tan suave y tan bella.

¡Oh, María!, que tu rosal maravilloso llegue a las casas de todas estas familias aquí, embriagando sus casas con la suavidad de tus rosas de amor que nos envías desde el cielo.

Gracias, Madre mía, por estos días de felicidad aquí y que hayamos podido disfrutar de todo, de este encuentro que hemos tenido por la voluntad del Padre en su Divino Hijo y el Espíritu Santo consolador, purificador, renovador.

Gracias, Señor, bendito mío; gracias, Señor.

¡Oh ángel bendito, que anunciasteis a la Madre de Dios, el Hijo esperado por todas las generaciones, gracias te doy!

Gracias a todos.

Dios los bendiga.

Buenas noches… felicidad, mucha felicidad.