Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia María Reina. Lima, Perú

Lunes, 17 de julio de 1995

Buenas noches a todos. Oremos: el Ángelus.

  • El Ángelus.

Respetado Monseñor, sacerdotes que han presidido en esta noche la Santa Misa. Qué hermosa Misa, qué ejemplo nos dan a nosotros, Pueblo de Dios, fieles al servicio de nuestra Iglesia santa, apostólica, romana, católica, universal.

Estoy conmovida, siento en mi corazón que se hace realidad; es así como repiquetean todas las campanitas de cristal que efusivamente desean hacerse sentir en el corazón de todos vosotros para decirles: “¡Aleluya, aleluya, aleluya! ¡Gloria a Dios!”

Qué hermosa es María, es ella la Madre Santa, la mujer del Calvario, la humilde María de Nazaret, la hermosa azucena blanca, un lirio perfecto con un Hijo en los brazos, obra del Espíritu Santo que se encarnó en su vientre purísimo para que viniese a esta tierra, la tierra creada por un Padre maravilloso. Él mandó a su Divino Hijo Jesús. ¡Oh Jesús, mi Amadísimo Salvador del Mundo! ¡Corazón de Jesús! Qué Corazón inmenso el vuestro, el darnos esa Madre Bendita para ayudarnos a caminar mejor y a conocer cuan grande es la evangelización, sí, Jesús.

María viene como evangelizadora a tocar los corazones de los hombres, de mujeres, de niños inocentes, de jóvenes, juventud jubilosa que desea saber, conocer qué es el catolicismo, qué es el cristianismo verdadero, quién es el Santo Padre el Papa de Roma. La respuesta es: El Santo Padre, nuestro representante de esa Iglesia, es el hombre quien preside esa Cátedra para enseñarnos a reconocer cuan grande es el amor de Jesús a todos sus siervos, a todos sus hijos; es él quien nos enseña, después vienen sus cardenales, obispos, digamos más bien, sacerdocio, todos unidos a ese Santo Padre, a esa Iglesia la Madre.

He allí, que tienen que estar todos de pie y firmes como los soldados, ayudándoles en las grandes asambleas donde todos, al llegar unidos, nos ofrecen la Eucaristía, el Pan Divino, el Pan de amor, el Pan que nos sostiene y da vida. ¡Oh Pan Bendito el tuyo, Jesús! ¡Oh Cuerpo Místico! Cómo nos abrazas, cómo nos convences de que el hombre se levanta firme, decidido a trabajar por su Iglesia, nuestra Iglesia.

Somos Iglesia de Dios, esa Iglesia hay que respetarla, amarla, servirla y servirle en su sacerdocio. Sí, ellos también necesitan de nuestro apoyo, de nuestra espiritualidad, de nuestro amor. Son ellos quienes nos dirigen, los que nos educan a caminar, a levantarnos firmes y decididos para defender los derechos de justicia, de verdad, de amor, de conocimiento; son ellos los que nos enseñan, nos conducen, nos absuelven de nuestros pecados, de las ataduras con el mal; son ellos los únicos que tienen el derecho a levantar al Señor.

¿Por qué? Porque han pasado por un seminario – años de sacrificio – han dejados sus padres, sus familias, sus seres queridos para enfrentarse con un mundo diferente al suyo, pero un mundo donde ellos han conocido a Jesús, allí con Él: horas de adoración, horas de estudios, horas de sacrificios, horas de entrega total. Qué hermoso es el sacerdocio, qué hermosa es esa Iglesia, hermanos míos. ¿Cómo no amarla? Y nos está dando a Jesús en continuación.

Son ellos los portadores de esa gran verdad de que Cristo convive entre nosotros. Se dio y se sigue dando en todos los altares del mundo esperando a sus pequeños por las mañanas. Cuando el sacerdote va a oficiar, allí está Jesús humilde, generoso, compasivo, sereno para entregarse a nosotros para que lo recibamos y sintamos el calor y el fuego de su amor, esa llama maravillosa que nos enciende y que nos da calor y vida sobrenatural, vida sobrenatural porque la vida sobrenatural es la única que nos ayuda a caminar serenamente, con paz y con la alegría del niño inocente, con la fe vivida de cada día.

Hermanos, mi Madre Santísima nos ama tanto, es por ello que ella se está presentando en casi todas partes del mundo, sí, para enseñarnos que la devoción es la base primordial de un cristiano, de un católico que ama y siente a su Iglesia.

Es por ello que ya lo ven, en Betania ella nos ha visitado tantas veces como la humilde sierva del Amor de los amores, la mujer que se dio y se sigue dando en todas partes del mundo. Ya lo vemos en Fátima, los tres pastorcitos, qué hermosura sin igual Fátima; Lourdes, Bernardita. ¡Qué belleza, qué inocencia tenía, qué pureza! Y así sucesivamente, en muchas partes del mundo, María se ha dejado sentir. Ya lo vemos en México: Nuestra Señora de Guadalupe. Ya lo vemos en todas partes, María resurge, sí, para darnos a entender que ella esta guardando nuestros pasos y que tenemos que pedir su auxilio divino, María Auxilio de los Cristianos, Don Bosco:

  • Santo que en el cielo reináis, a Jesús y a María, por nosotros rogad.

Ya lo veis, María Auxiliadora en Torino. ¿Cuántas veces la vio Don Bosco en silencio?

Así, María ha estado de pie y firme en todas las partes del mundo para asirnos a su Corazón para detenernos allí y darnos el calor amoroso de una Madre Bendita y Santa que nos viene a consolar, que nos viene a animar, que nos viene a salvar en estos momentos cuando se presenta en Betania, el 25 de marzo de 1976, toda refulgente de luz, con sus manos como para recogernos a todos, hermosas y maravillosas… con una sonrisa en sus labios, con su pelito castaño claro, con sus ojos hermosos, una hermosura sin igual la de María. Madre mía, cuando te recuerdo, cuando te miro, siento… No sé cómo estoy viviendo porque era para morir de emoción.

He aquí, la humildad de María: “Hijita, mía, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre a todos mis hijos.” A todos vosotros, María os está siguiendo, y después: “Vengo con mis rayos de luz para iluminar al hombre, vengo a buscarlos porque sin reconciliación no puede haber la paz. Reconcíliense, ámense, únanse, sopórtense porque vendrá el día en que tendrán que vivir muy unidos, sí, hijos míos; muy grandes los acontecimientos que se sucederán, que tendrán que asociarse como hermanos verdaderos, viviendo en grandes comunidades.”

No solamente las comunidades religiosas, las comunidades de nosotros los laicos. Aprender a vivir en conjunto, al lado, soportándose, ayudándose, darnos las manos, en fin… con el corazón rebosante de alegría, de bondad, de ternura. Hay que dar, dar y dar, y no cansarnos de que nos molesten, nunca digan: No; jamás. Digan: Sí… una sonrisa al que se encuentra triste, cuando no tiene a nadie, cuando se sienten que ya no pueden más. Hay que pensar en ello, hay tanto dolor en el mundo.

Es por ello que aquí estoy en el Perú porque sé que este pueblo bendito ha sufrido mucho, pero pueden estar seguros que mi Madre Bendita, la Madre de Dios, María bajo todas las advocaciones del mundo, porque así se presenta ella, muchas advocaciones, esta misma Madre, María la Reconciliadora de los Pueblos, de Fátima, de Lourdes, en fin, del Rosario; es la Madre de Dios, es para consolarnos a todos.

Entonces, yo les ruego, pueblo mío, generoso, compasivo, un pueblo que ama y siente a su Madre, un pueblo que anhela una mano generosa que lo ayude en tantas necesidades, son tantas, sí, pero ¿quién más que María puede ayudarlos? Es ella, la Madre Bendita, la Madre buena y generosa, la Madre sencilla, humilde que se entrega, que se da. Para ella todos sus hijos son iguales, son sus pequeños, los pequeños niños suyos. “Como pequeños, háganse como ellos, niños, conviértanse en niños para que la gracia del Espíritu Santo obre en vosotros la renovación total y se sientan acunados en mis brazos.” Nos lo pide María, ello es lo que desea María.

María viene a reconciliarnos, viene a ayudarnos, viene a enseñarnos a vivir en mejores condiciones. ¿Y por qué en mejores condiciones? Porque tenemos que aprender. ¿Y cuál es ese aprendizaje? Vivir el Evangelio, evangelización piden los tiempos. Todos tenemos que convertirnos en evangelizadores de este mundo moderno y quizás apático, hasta cierto punto. Tenemos todos que desplegar nuestras alas como la mariposa azul de mi Madre en Betania, una mariposa que vuela y va de un lugar a otro, al lado de su hermano a decirle: Ven, vamos a orar el santo rosario, vamos a reunirnos todos, vamos el Jueves Eucarístico a reunirnos ante Jesús Sacramentado. El Cuerpo Místico de Cristo nos está pidiendo oración por el mundo que se pierde, oración por la juventud, por los jóvenes para que ellos realmente logren conservarse sanos de mente y de cuerpo y sirvan a la Iglesia, sirvan a esa Iglesia Santa.

Necesitamos santos sacerdotes, necesitamos vocaciones sacerdotales, muchas vocaciones, tantas, tantas vocaciones para que así se llenen nuestros seminarios y esos jóvenes aprendan y lleguen a ser sacerdotes impartiendo la bendición, diciendo la Santa Misa, hablando al Pueblo de Dios… Nos hablan, nos dicen, es por ello nuestra fe, nuestra confianza. Ellos son los personeros, los representantes de esa Iglesia de Cristo; hay un representante especial, el Papa de Roma, pero ellos son los servidores que de un lugar a otro, donde los manden, ellos van humildemente convencidos de que hay que salvar al pueblo, ayudar a ese pueblo con su palabra, con el Evangelio, con el amor, dándole la paz, la serenidad al que viene a confesarse.

¡Qué hermosa es la confesión! Tenemos que confesarnos, no perdamos la confesión, nos dan la absolución de nuestros pecados. No dejen de recibir a Jesús, es Jesús nuestro alimento diario. No dejemos el santo rosario, es la oración lo que más ama María, María se siente tan feliz cuando nos ponemos en nuestros hogares, todos juntos, rosario en mano. Y si no, vamos a la Iglesia, un grupo, ¡vamos a visitar al Señor, expuesto allí!, y recemos en conjunto todos para que el Señor nos abra su Corazón y podamos entrar de lleno a vivir con Él.

Hermanos, la fe vivida de cada día nos da un convencimiento de que el Señor realmente está aquí. No tenemos que buscarlo muy lejos, está en cada Iglesia donde vamos, allí esperándonos y está también en nuestros hogares, no lo vemos, pero Él está allí cuidando nuestros niños pequeños, nuestro hogar, nuestros nietos, nuestra familia. Es Jesús, es María la Madre que está pendiente de cada uno de nosotros, de las abuelas, de las madres, de los padres, de nosotros los ancianos, digamos así.

Qué dulce es María, qué hermoso es Jesús y qué humilde San José, el Patriarca San José, Patrón de la Familia. Pidámosle a él la paz para nuestros hogares, la bendición, los medios para la manutención de la familia.

Yo sé que hay muchas personas que están sufriendo, no pierdan la esperanza, no la pierdan; piensen que el Señor convive entre nosotros y si el Señor convive entre nosotros Él se hará sentir pleno y misericordioso de bondad, de generosidad, compasivo con estos sus pequeños, somos sus pequeños, hijos del amor, del amor suyo a toda la humanidad, del amor de María abriéndonos sus brazos para cobijarnos, y del amor, especialmente a su clero, sacerdocio.

Repito, sacerdocio porque tenemos que concientizar. No debemos ver pequeñas diferencias, no. Tenemos que ver la parte buena de todo ser humano, no lo negativo sino lo positivo, lo real, lo verdadero. Cada ser humano es una cajita de sorpresas. Muchas veces tú vas por la calle y tú no sabes a quién tienes a tu lado y es una persona buena, honesta, digna, generosa, es un alma de Dios que está cumpliendo con sus deberes en su casa, en su hogar, con su Iglesia. Fíjense ustedes en las cosas.

Entonces, no vamos a decir: Este no me cae, o aquél no me gusta o éste. No, no, nunca, nunca lo hagan; es una gran equivocación. Tenemos que aceptarlos a todos como son, con sus cualidades y defectos. No somos perfectos, la perfección no existe en ningún ser viviente del planeta Tierra; el perfecto es Dios, el Padre en su Divino Hijo, en su Espíritu Santo, gloria de la Santísima Trinidad. Allí está la perfección… un Creador del universo, un Padre Celestial, un Hijo Divino Redentor del Mundo. Redención, Cristo Redentor.  ¡Qué belleza!, más bien, perdona los pecados y ¿de quién se vale? De sus sacerdotes.

Entonces, aceptemos tal cual las cosas con mucha humildad, con mucho amor, con mucha paciencia, con mucho temor de Dios. No el temor de que nos castigue; el temor de no ofenderlo en pensar mal de los seres humanos, de las personas, de nadie.

Es algo así como si fuera una mamá, como si le hablara a mis hijos porque yo sé que muchas veces lo necesitamos todos, yo misma, quizás lo necesite también. A veces creemos o deseamos hacer que las cosas vayan así, correctas, derechas. Es tan difícil poder hacerlo.

Bueno, hermanos, mi dulce Madre María, María Virgen y Madre Reconciliadora de los Pueblos, Madre de la Iglesia, ¡ah, qué Madre de la Iglesia tan grande es María!, es la Madre, la única Madre, grandiosa, hermosa, bella, radiante, luminosa como un sol resplandeciente, como una estrella, Stella Maris, la Virgen del Carmen.

Ya lo ven ayer, que día hermosísimo fue ayer para mí con las personas, con quienes se reunieron por ese acontecimiento doloroso de hace tres años. Dolor, llanto, como también la alegría de pensar que María nos estaba acompañando, Nuestra Señora del Carmen, de Monte Carmelo, nuestra Madre María, Stella Maris, ya la vemos allá en Haifa, en Monte Carmelo donde están allí los Carmelitas Descalzos, donde Elías la viera a ella novecientos años atrás, antes de venir Jesús, antes de llegar María. La vio Elías en una barquita, en una nube, entre el mar y el cielo, allí él vio a María. Qué hermosura para Elías. ¡Oh profeta sin igual!, diría yo, al poder anunciar que venía la Madre de Dios, María Virgen y Madre de la Iglesia.

Yo hice mi Primera Comunión el día de la Virgen del Carmen y fue algo maravilloso, fue un día feliz en mi vida. Mi vida comienza a concientizar a los siete años lo que significa, lo que significaba esa Madre Santa, y esa Iglesia, la Madre de la Iglesia. Allí nació mi amor, un amor infinito. A las 4:30 de la mañana ya yo estaba de pie haciendo mi hora de adoración en un altarcito y a las 5:45 me iba a la Iglesia a rezar mis oraciones.

Toda mi vida, toda mi juventud, yo no perdí ni un día; enferma, como estuviera. Y así desearía yo que mis nietos lo hicieran, así cuando crecieran. Mis hijos han tratado de hacerlo conmigo, pero muchas veces… el hogar, la familia, los colegios, las universidades, tantas cosas, pero de todas maneras en la tarde van, están yendo en este momento porque uno sale de la Misa feliz, contento.

Yo deseo para Lima lo mejor y yo sé que Lima va a desplegar sus alas, como ya lo dije antes. Cuántas personas vendrán de otras tierras, Señor. ¡Oh encuentro solidario, con planes muy buenos para todos vosotros! Recordadlo bien, muchas proposiciones; a este pueblo no le faltará nada, el Señor los va a ayudar, los va a proteger.

La justicia está llegando en el mundo y todos aquéllos que han sufrido, volverán los ojos a Dios dándole gracias por tal motivo… de ver que su misericordia se hace presente para todos los olvidados, los tristes, los enfermos, los sin techo, todos, como también para los soberbios, los egoístas, los orgullosos, para aquéllos que matan y roban por un puñado de oro… Justicia.

Es por ello, el santo temor de Dios, tenemos que tenerlo muy presente, es un gran don porque cuando tienes temor de Dios no eres capaz de hacer daño a nadie. El temor de Dios es no ofenderlo de ninguna manera, lo vuelo a repetir para que tengan esto muy presente. No ofendan al Señor, no ofendan a Nuestro Padre Celestial, a su Divino Hijo Cristo.

Es la hora de rectificar, es la hora del encuentro, es la hora en que el hombre tiene que dar de sí su contributo en bien de las comunidades, comunidades sociales, comunidades religiosas, comunidades entre todos los hermanos, y también perdonar a los hermanos separados, amarlos, tenderles una mano.  No digan nunca: No, ese es un pecador, no; con mucho amor, con mucha caridad, con deseo de servicio continuamente, de estar siempre de pie como soldados. ¿Por qué? Porque en este momento en el mundo se requiere condición humana, humanitaria para que así todos reciban la gracia del Espíritu Santo y se enrolen todos en las filas del amaos… Amaos los unos a los otros como Jesús nos amara, tal cual.

En fin, hermanos, cuántas cosas quisiera decirles, pero lo más hermoso es que las puertas de Betania están abiertas para los que acudan allí con un corazón bendito, humilde, generoso, compasivo de María… María Virgen y Madre de la Iglesia, María Virgen y Madre Reconciliadora de los Pueblos, María Madre Reina de la Paz del Mundo, María Madre, María del Carmelo, María la pureza sin igual, la gran mujer de todos los tiempos, la única dueña del mundo y del corazón de los hombres.

Entonces, busquemos ese Corazón en esta noche y realicémonos realmente como hijos de la luz. El Señor quiere que irradiemos luz, conocimiento, verdad, amor, clemencia a todos. Mi Madre nos dice: “En la pequeñez estoy, hijos, allí yo estoy… las cosas pequeñas, no las cosas grandiosas, sí, hijos míos, pequeños detalles. Un corazón que se abre a la gracia de Dios en el que yo, como María, puedo entrar y puedo valerme de cada uno de vosotros para que así reine el amor y la unión familiar: sus familias, nuestras familias unidas, unidos en un solo corazón.”

Bueno, hermanos; bueno, mis sacerdotes amadísimos, servidores de Jesús… un servicio continuo de amor que nos brindan a nosotros Pueblo de Dios. Gracias a todos vosotros tenemos una Iglesia, una Iglesia hermosa, bella, una Iglesia donde depositamos y dejamos allí nuestras penas, quebrantos, nuestros pecados cuando vamos a la confesión, dejamos todo para ahí comenzar una vida nueva. Qué hermoso es todo ello.

Vamos a unirnos y vamos a pedir a María que nos ilumine, que nos dé la paz de nuestras familias, de nuestros hogares, la santificación de la familia, el amor de esa familia, familias unidas en un solo corazón, lo repito porque es la unión familiar lo que nos pide María: “Únanse, ámense, sopórtense, ayúdense, tenéis un corazón para amar y para servir a mi Divino Hijo. Los espero a todos en el tabernáculo para recibirlo.”

No recibirlo los domingos, o viernes, los primeros viernes; si es posible cada día, urge ello para que haya la paz en el mundo; no nos venga una guerra. Los pueblos en estos momentos están viviendo horas de desasosiego espiritual… muchas naciones, y hay que detener ese flagelo horroroso que se avecina y solamente de un salto mortal pueden salvarse con nuestra meditación, penitencia, Eucaristía diaria. Eucaristía, hermanos, alimento que vivifica el corazón nuestro, que da un entendimiento abierto a la gracia del Espíritu Santo y paz, mucha paz.

Es la paz que desea el Señor aquí en Perú, también en Ecuador. Dos hermanos que se dan las manos, dos hermanos que se aman, dos hermanos que se soportan, dos hermanos que olvidan las guerrillas, las pequeñas diferencias. Amarse, someterse al Señor Jesús Eucarístico, Jesús Alimento, Jesús Vida Nueva, vida nueva entre todos los hermanos. Ámense, sopórtense, ayúdense con un corazón abierto fieles al Señor, fieles a esa Iglesia hermosa, a quien preside esa cátedra de Pietro, nuestro Santo Padre el Papa, Juan Pablo II.

Amen a su Papa, nuestro Papa en Roma, nuestro servidor. Qué servicio grande el suyo al mundo entero yendo de un lugar a otro enfermo, triste, como sea se levanta firmemente convencido que va a salvar a su pueblo, a sus hijos.

Y ahora, pidamos al Señor una bendición muy especial para nuestro Cardenal del Perú y para todos los obispos, todo su sacerdocio, todos sus pastores, religiosas también y todo el pueblo entero. Vamos a orar.

(Se reza el Padrenuestro con el público.)

Y ahora, gracias a todos; gracias Padre, gracias a Monseñor.

Bendito sea mi Dios que me ha traído aquí, y bendita mi Madre que me lleva de la mano; aunque siendo madre, una Virgen se ha compadecido de mí. Yo hubiera querido ser religiosa, fue mi más cara ilusión, pero me dejó en el mundo y me dijo mi Señor: “Vivirás en el mundo combatiendo, hija, pero combate con el amor, con amor, con amor, da mucho amor. Es amor lo que necesitan… todo mi pueblo, el pueblo mío por mi Padre, por Él ve y abre tu corazón para que así la llama y el fuego de mi amor los guarde.”

Gracias a todos, hermanos. Dios los guarde.

“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma.

Les guardaré en mi Corazón, les guardaré, les guardaré, les guardaré,

aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Muchas almitas serán curadas espiritualmente y corporalmente.

Gracias, hermanos; gracias, Padre, gracias.

Que Dios los bendiga.

(Aplausos.)