Palabras de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el barco sobre el Lago de Tiberiades. Galilea, Israel

Sábado, 11 de noviembre de 1995 10:00 a.m.

Buenos días. Realmente, hermanos, me conmueve profundamente este lugar, estas tierras benditas del Señor, este lago tan hermoso y, más que todo, la alegría de vuestros corazones porque yo sé que, en el fondo, todos estamos felices, todos estamos sonriendo por dentro y pensando: ¿Cuándo volveré de nuevo otra vez?, ¿cuándo volveré por estos lugares? Lo estamos pensando, ¿cuándo vamos a volver de nuevo?, porque ésta es la tierra bendita que vio nacer al Salvador del Mundo, a Jesús de todos los tiempos, de todas las edades, porque es el Hijo de Dios para nosotros los católicos que sentimos a nuestra Iglesia.

Yo amo a todas las Iglesias del mundo, a todas las amo, Señor, porque todos somos tus hijos, hijos de un mismo Padre y de una tierra madre que nos vio nacer. ¡Felices los que nacieron aquí, pero también felices aquéllos que nacimos en nuestras naciones, en nuestros pueblos, en nuestras aldeas porque es un mismo pueblo, el Pueblo de Dios!

En el Pueblo de Dios no hay, digamos, separatismos; sí, cada uno en lo suyo, en su fe en su religión que sus padres le enseñaron; yo aprecio mucho ello, saber que nuestros padres nos enseñaron su religión; hay que respetarse.

El respeto es la forma maravillosa para vivir realmente una vida en comunidad. Comunidades… yo siempre he hablado de comunidades y todo lo que ella estaba diciendo en estos momentos, eso lo he pensado yo para Betania: trabajar todos unidos; no es que lo tuyo es tuyo y lo mío es mío, no, no me lo toques, no, con respeto eso sí, ¿puedo hacer esto?, ¿tú me das permiso? O sea, con caridad, con amor y con la fidelidad a las enseñanzas recibidas.

¡Tiberiades, qué bello eres!, he venido alguna otra vez de nuevo a verte con tus pequeñas olas, limpio y claro.

Jesús precursor de aquellos tiempos que se vuelven un solo tiempo, una sola edad, un solo movimiento, un solo corazón. Ello es lo que pide el Señor: Unidad del género humano, conversión del pecador y una gran armonía interior en cada corazón, armonizados por el amor, por el motivo que se vive y aún más – cuando realmente llegamos a estas tierras – con la fidelidad al Hijo de Dios.

Somos fieles a ese Hijo de Dios porque todo lo que vemos es obra de la mano de Dios en el hombre, el hombre es el instrumento para trabajar y para llevar a sus pueblos a la salvación; es salvarnos, es trabajar esa tierra, es vivir ese Evangelio que Jesús nos enseñara y como también los otros profetas han enseñado a los suyos. Cuando nosotros aprendamos a respetar a cada persona en su fe, no habrá guerras, no habrá rebeldes, no habrá nada de aquello que traiga opresión a los corazones; habrá paz y habrá armonía, habrá unión, habrá alegría; donde yo vaya, éste es mi hermano; donde yo pise: Ven, hijo, ¿qué necesitas?, ¿qué quieres tú?, habla, di, piensa, ¿qué quieres?, aquí está, ésta es tu casa también. ¡Qué bello sería eso!

No podemos pensar en nosotros mismos solos: Yo quiero, yo esto. Sí, nos gustan las cosas buenas, es verdad, no lo vamos a negar, todo nos gusta, cada uno en su esfera social en donde esté, en donde Dios lo haya situado, donde esté viviendo; tenemos también nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras esperanzas, nuestras ilusiones, porque la vida es una ilusión, una ilusión continua de las cosas bellas que vemos y miramos y contemplamos.

Yo estoy contemplando a cada uno de vosotros, yo sé que cada uno de ustedes tiene un anhelo, tiene un deseo, tiene un programa de llevarlo a cabo, de realizarlo en su forma cada uno en los suyo, en lo que pueda, pero yo les pido que en este día reflexionemos en este lago: “¿Qué deseo?” Cada uno piense: “¿Qué deseo yo de la vida?, ¿qué me depara esta vida?, ¿qué quiere Dios que yo haga?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué me han constituido con una vida, una vida milagrosa?”

Porque todos estamos de milagro aquí, quizás, muchos no podían venir y de momento todo se resolvió, sea por sus problemas familiares, sea por sus problemas de trabajo… ¿Cómo voy?, ¿qué hago? En otras oportunidades hemos ido a otras misiones y vamos todos, hemos podido ir todos pero esta vez no, porque tienen que trabajar, o sea, unos van otros vienen, pero realmente yo me siento feliz porque vinieron todos ustedes.

Ustedes vinieron de Puerto Rico, del Perú, son cosas… y relativamente no tenemos mucho tiempo de amistad, pero ha habido comprensión, ha habido fidelidad a la amistad por Kathy, porque Kathy fue quien me las trajo, son cosas tan grandes. Yo no puedo olvidar a Kathy porque Kathy está aquí entre nosotros, porque ella me ha servido cuando yo he ido a Estados Unidos a las conferencias, ella me ha servido de instrumento como me está sirviendo Piri también. Son cosas tan bellas pensar en las almas que uno ama y que yo quiero, que queremos.

Entonces, yo lo que deseo decirles especialmente a esta niña, Noel: Noel, gracias, hija, con tu servicio espontáneo, natural, por supuesto las cosas no pueden ser tan perfectas, que a veces uno esté de acuerdo, unos y otros no, no, no en todas estas cosas, estas pequeñas cositas, que si fulanito, que si… pero eso es natural, no lo veamos como algo… ¡ay!, que fulanito dijo… no, no, es natural, es corriente pero ha habido un acercamiento y te he admirado porque tienes voluntad.

Yo admiro a la gente que tiene voluntad, sin voluntad no se puede hacer nada en el mundo, con voluntad tú lo realizas todo, porque tienes el espíritu que combate, un espíritu combativo contra todas las cosas que no sean lógicas; lo lógico entra en nosotros y lo ilógico no puede entrar.

Entonces, realmente te felicito, que sigas disfrutando de esta tierra bendita que viera nacer a Nuestro Salvador Jesús y viera también nacer a tus antepasados. Yo los admiro, yo a Israel lo quiero mucho, yo lo siento en mi corazón de una manera muy grande y tengo muchos seres de ellos que me han correspondido en su amor.

Son cosas muy grandes y digo cosas porque hay cosas que lo unen a uno y es difícil uno olvidarse, eso se lleva adentro en el corazón prendido y esa llama es el amor, el amor para todos nuestros hermanos, la fidelidad a nuestro Dios de todos los dioses, un solo Dios, una sola mente, una mente que dirige a su pueblo, que lo va llevando, lo va enseñando y le da la estabilidad necesaria.

Bueno, hermanos, ¿qué más decirles?, que seamos comprensivos y humanos, sencillos y humildes como la florecita de Nazaret, María, la humilde mujer del Calvario, la sencilla flor que se dio y que se sigue dando a todos nosotros en Betania y en todas sus apariciones en el mundo; y que debemos seguir adelante firmemente convencidos que nada detendrá nuestra marcha hacia los ideales de un mundo mejor, de una vida en cónsona como la realizaron aquellos profetas del pasado, luchando y venciendo al enemigo para poder realmente realizarse como entes de luz en el mundo para vivir vida honesta, vida digna, vida de amor, de fidelidad con el conocimiento que solamente Dios lo da, el don del entendimiento para entender qué quiere Dios de cada uno de nosotros.

Eso es importantísimo, la gente no se detiene en eso… entendimiento. Yo admiro, amo el don del entendimiento porque cuando tú tienes el don del entendimiento tú logras captar qué es lo que te rodea, qué es lo que tienes al lado, entonces es como una luz que se apaga, que se prende hasta que llega un reflejo, una luz inmensa que te baña como ese sol que tenemos aquí en este momento; y, entonces todos los canales, todos los puertos se abren, toda la gracia nos llega y nos sentimos serenos por dentro, fieles a nuestros sentimientos de nuestra fe, de nuestra religión, de lo que nos han enseñado nuestros padres y somos felices como son todos los demás también.

Esto lo quiero decir porque no podemos decir: Tú no te vas a salvar. Todos nos tenemos que salvar, si hay un Dios de misericordia nos vamos a salvar todos… un Dios perfecto.

La perfección de Dios es única, no existe en el hombre, solamente Dios y nos da sus dones, sus siete dones para que esos dones nos ayuden en la vida acrecentando nuestra fe y pudiendo convivir con todos los hermanos de la Tierra. Somos hermanos, somos hermanos, somos hermanos en la fe, en la esperanza y la caridad que son las tres virtudes teologales y realmente la caridad, por supuesto, donde se refleja el amor.

En este día tomemos el amor que es la caridad, llevémoslo dentro de nuestro corazón allí interno y digámosle: Señor, yo deseo servirte con la caridad de un hijo de Dios. Somos hijos de Dios.

Dios nos guarde a todos. Para todos los que van llevando a esta barca mi gratitud, a ellos con sus manos que la van dirigiendo debemos orar porque son instrumentos de Dios para que nosotros nos distraigamos y veamos estas aguas maravillosas que nos deslumbran, dándonos esa paz interior. Casi no se mueve, es algo así… tan suave, es algo tan cándido y sereno que me hace mirar a los ojos a María y como que me dice: “Hijita, adelante, mi Corazón os di, mi Corazón os doy, mi Corazón os seguiré dando por siempre. Sois mis hijos, los hijos del Corazón de esta Madre. Os guardo en mi Corazón. Dios los bendiga a todos.”

TODOS: Amén. 

(Aplausos.)