Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en Garden State Park Pavilion. Cherry Hill, Nueva Jersey, EE.UU

Sábado, 30 de noviembre de 1996

  • En el Nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén.
  • Avemaría.
  • Gloria.
  • Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.
  • Sagrado Corazón de María, ruega por nosotros.

Buenas noches a todos, hermanos míos, hermanos de mi corazón, hermanos del alma porque todos somos hermanos en el Corazón de Jesús que es Jesucristo y en el Corazón de María.

Esta pobre mujer, su servidora, con el corazón da gracias a todos ustedes de vuestra presencia y de vuestra buena voluntad al venir, asistiendo a la Santa Misa que es la fuerza constructiva del hombre para ayudarnos a asemejarnos a los apóstoles que siguieron a Jesús; es la Santa Misa el servicio de un Dios en perfección, de un Hijo Jesucristo que nos está sirviendo de ejemplo con su Cuerpo, con su Sangre tendido en la Cruz para alimentarnos a todos.

Qué hermoso es, nos llena de valor, de alegría, de esperanzas, de ilusiones, es el Cuerpo de Jesús. Es Él quien se nos ofrece y nosotros que lo recibimos para alimentarnos eternamente, porque eterno es el reino de los cielos que nos lo ofrece, nos lo ha ofrecido esta noche, nos lo está ofreciendo para poder encontrarnos con ellos: Jesús, María.

¡María, que buena eres! Jesús con su voz recia y fuerte: “Hijos míos, os di mi Corazón, os lo di y os lo seguiré dando con el de mi Madre; sed justos y buenos como los niños inocentes.”

Hermanos, gracias Ron, gracias a Angelina, gracias a todos los que han contribuido para que viniésemos a ofrecerles los cantos de la Coral y la palabra de esta pobre mujer, porque digo: ¿Quién soy yo, Señor, para yo besar tus plantas y caer de rodillas para que me unjas con el óleo santo para bendecirnos, protegernos y guardarnos en tu Corazón?

Entonces, Señor, aquí estoy con tus hijos, con tus religiosos, con tus sacerdotes, con esas almas que han venido a buscarte, Señor, es a Ti; Tú, Señor, que todo lo puedes para aliviar sus males, curar sus cuerpos, darles valor para enfrentar la vida, sus deberes diarios. Tú estás aquí vivo y palpitante en cada corazón y palpitas estrepitosamente, sí, Jesús, Tú palpitas en cada corazón; sí, Jesús, para darnos aliento y vida sobrenatural para levantarnos, asirnos unos a los otros para llevar tu Palabra y el fuego de tu amor a todas las mentes de los hombres para que despierten; es un despertar, es un día más con un amanecer radiante, vivificante que nos llena de alegría, juventud, en especial a aquéllos que estamos ya hacia la edad de que todo se puede siempre y cuando podamos vivir al pie del Salvador Jesús.

Entonces, hermanos, pensad un poquito, esta noche es una noche de esperanza, noche de ilusiones, una noche de fervor, de oración, de salud; y digo salud, porque mi Señor en la Santa Misa se hizo sentir en nuestros corazones, pero ahora Él se va a servir de acompañarnos a nuestros hogares, a nuestras casas llevando amor a todos nuestros familiares, a nuestros hermanos, a nuestros niños inocentes que están durmiendo y se levantarán en la mañana diciendo: Jesús, Jesús está en mi casa.

¡Qué hermoso es todo ello! Pensad todo ello, hermanos, qué bella es la inocencia del niño que no sabe nada y que lo único que sabe es decir:

  • Jesucristo, Señor mío y Dios mío, te amo en todas las criaturas de la Tierra, te amo en todas las partes del mundo donde Tú estás, te amo en la Cátedra de Pietro en quien te representa Juan Pablo II, te amo en los más pobres, en los que yacen en los hospitales moribundos, en los que piden piedad y misericordia por un pedazo de pan; te amo, Señor, en donde la pobreza es grande. Yo quisiera en estos momentos surtir a todos del pan que da la vida, eres Tú, Señor, en los más humildes, en los necesitados, en las madres ansiosas por sus hijos que se pierden, en los padres que trabajan por el pan diario para alimentar a sus familias; estar en todas partes, sí, Señor, para abrazarlos a todos y decirles: El Señor convive entre vosotros, es el amor de un Hijo de Dios que lo dio todo y lo sigue dando en estos tiempos, llamándonos:

“Levantaos, hijos míos, es hora del despertar de conciencias, es hora de la gran verdad que tenéis frente a vosotros: un mundo descarriado de la soberbia, de las ambiciones sociales, de las ambiciones de dinero que corrompe, y que está muriendo de frío.

”Calor verdadero, calor de una Madre, amor, mucho amor os traigo para salvarlos, para ayudarlos a unirse. Es en la unión que está la fuerza, el poder del Padre, el poder de Éste, su Hijo Divino y el poder del Espíritu Santo que está soplando en todas las naciones, en el mundo entero y en este lugar escogido esta noche para poder realizar la gran esperanza de la resurrección a una vida nueva dándoos vosotros.”

Hermanos, sacerdotes, hombres y mujeres, padres de familias, los hijos de esos padres, sus hogares, los llamo a todos para decirles algo muy especial: Jesús convive entre nosotros, no lo vemos pero Él palpita en nuestros corazones, Él se hace sentir y tenemos que levantarnos, asirnos todos de las manos y proclamar: Jesús Salvador del Mundo, nos viene a salvar de nuevo para evitar catástrofes, quitar todo aquello que pueda dañar nuestras familias, nuestros hogares.

Vamos a unirnos, a aunar fuerzas para que así podamos vencer al enemigo y liberarnos de las ataduras pudiendo vivir el Evangelio, porque os digo, hermanos, la evangelización es la dote más grande que Dios nos ha dado, es una dote, es un regalo, es algo tan hermoso y tan grande que si nosotros nos ponemos a pensar realmente, podríamos sentirnos los seres más felices de la Tierra. Día a día vamos a llamarnos a la reflexión, a unirnos, a restablecer nuestros hogares, nuestras familias, nuestros hijos, nuestros pequeños que crecen, los nietos, la gran familia de Dios que se restablece porque Jesús nos ha traído la luz de su nuevo amanecer, del despertar de conciencias como un sol radiante que lo ilumina todo.

Sí, hermanos, vamos a caminar juntos desde esta noche y vamos a darnos las manos para que así la bendición del Señor nos una para siempre y podamos sentirnos felices y alegres como los jóvenes deseosos de aprender, de soñar, que sueñan ser alguien en la vida, o sea, terminar sus estudios, graduarse y poder presentar su diploma a sus padres: “Padre, te ofrezco mi diploma como emblema de mi amor. Aquí estoy, papá; aquí estoy, mamá, lleno de entusiasmo para vivir vida auténtica cristiana y deseo realmente vivir el Evangelio, aprender, leer las Escrituras para empaparme de todo aquello que Cristo hizo en la Tierra, su amor por la humanidad.”

Bueno, hermanos, vamos en esta noche a restablecer las columnas de nuestra fe en nuestras familias, en nuestras casas, en nuestros hogares que tenemos, que hemos fundado, pobres o ricos, en la forma que sea; es la familia de Dios porque nos amamos, porque hemos concientizado que la familia unida aquí en la Tierra, permanece unida en el cielo.

  • ¡Oh Señor, bendícenos y guarda nuestras almas! Ven, Señor Jesús; ven, Señor Jesús; ven y hazte sentir, Señor, quizás no lo merecemos pero Tú eres tan bueno que estás dispuesto a salvarnos para que así brille la luz de oriente y todos los hombres se compenetren que Tú vienes a salvarnos a todos. Ven, Señor, ven, te amamos tanto, Señor, te amamos tanto; cuánto te amamos, Señor. Serán muy pocos los que no te sienten; es por ello, ese poco de frío que hay, pero todos se van a calentar, todos van a sentir tu aliento divino y vamos a vivir la vida santa, pura y limpia, Eucarística, porque es vida Eucarística la que nos vienes a dar una vida llena de amor, simple y pura, de suavidad, de ternura.

Sí, hijos; sí, Señor Jesús.

Gracias, gracias, gracias a todos vosotros los que hayan venido. Quizás esperaban que yo hiciera… estoy haciendo lo poco que puedo, lo que Dios quiere que yo haga. Amo a la familia y yo tengo una gran familia que amo tanto. Siempre permaneceréis unidos y eso lo deseo para todos vosotros.

Y ahora, hermanos, yo les pido que se pongan de pie.

“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos.

En el nombre de mi Madre, Yo les curo del cuerpo y del alma,

y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré, les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con todos vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Gracias.

(Aplausos.)

Llévense a Jesús, llévense a Jesús a sus hogares, llámenlo, búsquenlo, vayan a la Santa Misa si es posible todos los días, reciban su Cuerpo místico; la Eucaristía es el alimento, es una fuerza constante que nos hace felices, que nos llena el alma, el corazón. Eso es lo que yo les ofrezco: La Eucaristía. Busquen los sacerdotes, confiésense, es necesario confesarse, es necesario arrepentirse de nuestras debilidades, de los pecados.

Es una gran hora para el mundo, pidan por nuestro Santo Padre, el Papa, el gran Papa de estos tiempos que nos viene a salvar, es el gran hombre gigante de estos días que nos trae un gran mensaje de unidad fraternal; es él, el Santo Padre. Ámenlo y pídanle al Señor por su salud.

Ahora, gracias, hermanos.

Que la gracia del Señor permanezca con ustedes.

Gracias.

(Aplausos.)