Palabras de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en Culture Hall. Nueva Jersey, EE.UU.

Jueves, 28 de noviembre de 1996 10:40 p.m.

  • Oración de la mañana.
  • Avemaría.

Gracias, Señor, por todos los beneficios a nuestra alma en este día con esta gran familia, la familia de Dios, Tú familia, Señor, una familia que se hace sentir en nuestros corazones.

Realmente me siento muy conmovida, especialmente en estos momentos cuando ellos tocaban lloraba mi alma, mi corazón de una manera muy especial, fue así como que realmente estaban ellos ejecutando una gran obra para el Señor, para la Iglesia, para las almas que necesitan vivir vida auténtica cristiana; ha sido como una evangelización porque fue tocado con el alma, con una autoridad espiritual muy grande.

De tal manera que me siento muy feliz, Angelina, de tener tu familia, este muchacho que toca tan bello y estos otros dos. Agradezco esta invitación a ustedes, a todos vosotros, realmente a ti, hijo, y a ella, ¿dónde está? Les agradezco esta invitación y me ha llegado al corazón plenamente con estos sacerdotes, a Ron y a tu esposa, a toda esta familia, a ti, todos los presentes y especialmente a los que me están representando a mi Señor, a Jesús, a mi Cristo, a mi Rey, a mi Salvador.

Ellos son los campeones de este siglo y de todos los siglos venideros, pero en este momento lo más importante es el sacerdocio, son los llamados realmente a reeducarnos a nosotros para que así el pueblo se sienta realmente apoyado, el Pueblo de Dios necesita guía, formación, espiritualidad, fidelidad a nuestras creencias que es la evangelización, el cristianismo verdadero que brota espontáneo del corazón porque Jesús nos ha tocado en lo más profundo para que nosotros realmente cumplamos con nuestros deberes y podamos salir a predicar el Evangelio, tal como los sacerdotes lo hacen.

Estamos llamados, el Pueblo de Dios, a ser unos seguidores de nuestros sacerdotes fieles a un servicio en el cual todos nos levantemos para proclamar: ¡Jesús, el Rey de reyes, convive entre nosotros, nos viene a salvar de nuevo, nos viene a tocar en tal forma que todas las almas, todos los hombres del mundo nos levantaremos fieles a un servicio de unidad fraternal, amigo, realmente con la humildad de los justos! Porque es humildad lo que necesitamos todos para vivir unidos con Cristo Jesús, con el Patriarca San José y con María de Nazaret; la Sagrada Familia.

Que el Señor se digne en esta noche bendecirnos con la bendición de sus sacerdotes, a todos aquí, y que podamos salir felices, contentos, regocijados de que el Señor se ha manifestado en la música en una forma realmente hermosa, florida que ha tocado nuestros corazones.

Los felicito a todos.

Betania de las Aguas Santas ha sido la inspiración de esta noche para tocarnos a todos, dándonos un gran mensaje de unidad fraternal; y repito unidad, porque ha llegado la hora del despertar de conciencias; y al decirles despertar de conciencias, quiero significarles que es la hora en que el Señor nos llama a que todos, todos de nuevo, nos unamos como aquellos días cuando Él pasó por el mundo, predicando y llevando la Palabra del Padre Celestial; Él, Jesús en su Padre, su Padre en ese Hijo para que así se repartieran los panes.

Bueno, buenas noches a todos.

Gracias, padre; muchísimas gracias a todos, gracias de esta cena espléndida, gracias de sus vinos, de todo cuanto sirvieron.

Realmente me he sentido muy feliz. Yo me voy llena de un contento infinito, tierno, delicado, suave que me llega de ustedes, el rocío de la mañanita clara para decir:

  • Dios mío y Señor mío, cúmplase en nosotros tu santa voluntad y que tus sacerdotes sean puntales de luz en el mundo para tocar todos los corazones de los hombres y que toda esta juventud brille en el horizonte con sus cantos, con su música y con todo aquello que brota espontáneamente del corazón.

Gracias a todos.

Bendito sea mi Señor.

(Aplausos.)

(Un sacerdote da la bendición en latín.)

(Aplausos.)

(Varios sacerdotes hacen unas plegarias.)

(Aplausos.)

Vamos llenos de un contento en el corazón que le transmitiremos a los demás. Los enfermos, los que se han sentido mal, o nos hemos sentido mal, nos renovaremos totalmente con un gran corazón para decir:

  • Padre mío, Padre que estás en los cielos, gracias te damos por los beneficios a nuestras almas. Gracias, Señor Dios mío, Padre de las Misericordias. María, Madre Dulce, Madre Celestial, acompáñanos, guíanos, fortalécenos y enciende nuestro corazón de amor como aquel fuego que abrazara a Jesús y que transmitiera a sus apóstoles. ¡Oh Fuego Bendito, toma nuestros corazones! Amén, Jesús.

(Aplausos.)