Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia del Santo Rosario. Reading, Pennsylvania, EE.UU.

Viernes, 23 de abril de 1999

  • El Ángelus.

Buenas noches a todos, buenas noches Monseñor. Con el permiso de él me encuentro aquí entre vosotros por medio de mi Madre Santísima, ella María, la Madre de Dios, el refugio de los pecadores, la consoladora de los afligidos, la esperanza de una humanidad que está esperando en ella la fe, la esperanza y la caridad; tres virtudes teologales que consolidan y llevan al hombre a la luz de la verdad y al conocimiento divino.

Hermanos, es la hora del despertar de conciencias, es el momento en el cual todos los católicos del mundo tendremos que cambiar, que mejorar nuestra vida interior con un corazón abierto a la gracia, con una mente puesta en el Señor para que las gracias del Espíritu Santo nos bañen, nos limpien, nos purifiquen y podamos vivir el Evangelio.

Evangelización necesitamos en estos tiempos, una evangelización profunda que toque todas las razas, todos los pueblos, todas las naciones para avivar esa fe, esa confianza en su Señor, el Señor de los señores, nuestro Padre Celestial, nuestro Jesús Divino, el Hijo de Dios, ese Hijo Bendito que derramó su Sangre por nosotros para lavarnos, purificarnos, para que fuésemos, en realidad, cristianos; y digo cristianos, porque es la verdad de un pueblo que siempre ha anhelado justicia social.

Justicia social, hermanos, para que el pueblo se renueve y encuentre manos que se entreguen al trabajo diario, a las fuentes de la verdad de Jesús: el Evangelio; esa es la fuente del Señor, una fuente inagotable de bondad, de ternura, de confianza, de fe renovada, de paciencia, de humildad, de esperanza y del santo temor de Dios; y digo el temor de Dios, porque tenemos que analizar cómo estamos. ¿Cómo estamos nosotros aquí en esta noche? Buscando nuestra verdad. Tenemos una verdad, que Cristo vive entre nosotros, convive entre nosotros; no lo vemos, pero sí sentimos sus inspiraciones, las inspiraciones de la gracia, del amor, de la verdad, de la justicia.

Sí, hermanos, tenemos que ser muy justos en nuestras apreciaciones, no podemos lanzarnos a decir cosas que no son justas. Debemos pensar que el amor es la base primordial del cristiano, de un católico. Ya vemos a nuestro Santo Padre, el Papa, Juan Pablo II, en la Cátedra de San Pietro bendiciendo a multitudes, dando de sí su contributo espiritual a todos los cristianos, a los católicos y a toda la humanidad que se acerca en busca de la fuente del amor de Jesús, una fuente inagotable que nos da vida sobrenatural, vida auténtica cristiana, vida de los hijos de Dios para ayudarnos a vivir el Evangelio.

Repito, evangelización necesitamos todos; nunca terminaremos de aprender, cada día aprendemos un poquito más, pequeñas cosas, quizás no sean cosas muy grandes, pero sí, preciosas para lo que tenemos que aprender, porque tenemos que aprender a vivir entre hermanos en la condición del humilde labrador que cada día se levanta de la cama, se viste y sale al campo a trabajar la tierra para que esa tierra produzca frutos sazonados de abundancia para todos los que tenemos necesidad de vivir con nuestras familias.

Sí, hermanos, tenemos que cambiar, mejorar nuestra vida interior; es lo primero que tenemos que hacer porque el Señor nos manda a vivir vida auténtica cristiana – lo repito de nuevo – y al decir vida auténtica cristiana es porque es una vida en cónsona con esa madre la Iglesia. Nuestra madre la Iglesia es lo más grande que tenemos los católicos, una Madre que nos acompaña, que nos ayuda, que nos protege, que nos favorece, que nos alienta, que nos da vida sobrenatural por el amor de Jesús, por el amor de ese Hijo Bendito porque sólo Jesús nos concede la gracia de la vida sobrenatural.

Ustedes me preguntarán: ¿Cómo es la vida sobrenatural? Yo les responderé: Una vida sencilla, una vida feliz, feliz porque cuando hay sencillez hay humildad, hay verdad y conocimiento de las cosas de la vida y podemos decir que sí estamos en el camino del conocimiento y de la luz, la luz de un Dios en perfección porque el Espíritu Santo sopla para todos.

El Espíritu Santo va a soplar esta noche aquí para los enfermos; para los que tengan dudas; para los que aman a sus familiares para que sean correspondidos en ese amor; para que los matrimonios especialmente vivan vida muy unida, muy unidos con sus hijos, con sus familias, con sus seres queridos… tu familia, mi familia, nuestras familias. ¿Saben lo que significa una familia, una familia verdaderamente cristiana, católica? A la voz del padre, a la voz del superior de la casa, se escucha su palabra, se siguen sus consejos; y la madre, buena y sencilla, trata de ponerse de acuerdo con él para que esos hijos atiendan, porque nosotras las madres estamos en la obligación de aconsejarlos, de hacerle ver las cosas a los niños, a los jóvenes.

Ya es hora de que el Pueblo de Dios sea un pueblo bendito y santo que da de sí su contributo a esa sociedad humana que somos todos nosotros, una sociedad humana vibrante, espontánea y natural que vive y que siente al Maestro de los maestros, el hombre más grande que ha venido al plano Tierra, Jesús de Nazaret, Jesús, el Cristo crucificado por mi amor en la cruz, Jesús vivo y palpitante que nos llega al corazón.

Entonces, hermanos, no esperen de mí grandes discursos preparados, no; es todo aquello que brota de mi corazón como una madre que ama y siente a sus hermanos de camino, que siente a su familia, que siente a sus hijos, que siente a esa Iglesia, a la madre la Iglesia, a esos sacerdotes, a esas religiosas que lo dieron todo, dejaron sus familias, sus hogares para ir en pos de Cristo para darse, para entregarse, para ser misioneros del amor en busca de los hijos de Dios, de todo el pueblo de ese Dios para que se aferrasen a esa Iglesia, a esa madre la Iglesia y se hospedaran allí como hijos pequeños que quieren, en realidad, vivir el Evangelio.

Evangelización, vuelvo a repetir evangelización, porque todos estamos en el deber de evangelizar, cada uno en su medio, en medio de la sociedad humana, cada cual a lo suyo, espontáneos y naturales, frescas sus mentes con el único deseo de servir a Dios, servicio a las almas, a las criaturas.

Es por ello, que os digo: Vivid el Evangelio, lo repito, porque tenemos que vivirlo concientizando que Jesucristo está cerca. Me preguntarán: ¿Cómo es eso? Jesús convive entre nosotros; por supuesto, no lo vemos, pero llegará un momento en que el mundo será sacudido hasta la raíz del alma de cada uno de nosotros porque Jesús se hará sentir en cada uno para que nos movilicemos y salgamos a la calle, a la sociedad, llamando a los hermanos para que lo busquen, para que lo sientan en sus corazones tal como lo estamos sintiendo nosotros y Él se hará sentir y todos vibraremos de amor, de docilidad humana, de sencillez; nuestro corazón palpitará como nunca lo ha hecho porque será Jesús quien está entre nosotros.

Sí, hermanos, se está avecinando algo muy hermoso. Sí, habrá pequeñas guerras o quizás una gran guerra, no quiero apresurar los acontecimientos, pero en medio de todo esto Jesús nos acompañará porque Él está presente en todos los altares de la Tierra y desde allí Él nos guía, nos consuela, nos llena de paz, de armonía, de alegría, de espiritualidad y de humildad.

¡Qué hermosa es la humildad! Es un sentimiento profundo que llega al alma; la humildad es la amiga buena que nos lleva de la mano por la vida para aconsejarnos a que vivamos vida natural y sencilla como aquellos apóstoles que siguieron a Jesús.

Sigamos a Jesús desde esta noche, que toda esta ciudad, este pueblo, sienta en la raíz de su alma el amor de Jesús en sus corazones vibrando, sintiendo que está en sus casas, en sus hogares, entre su familia visitándoles para darles a conocer que está llegando el momento más hermoso para nosotros: Su presencia en nuestros hogares, en nuestras familias, sintiendo sus pasos, sus suspiros, sus palabras en nuestras mentes; es un sentimiento, es un sentir, es algo que se palpa y que se siente.

Sí, hermanos, estoy aquí porque el Señor me ha traído por la gracia del Espíritu Santo porque ha tocado a estos sacerdotes, a este párroco… una hermosa y gran persona, un alma muy especial que ama y siente a su Cristo, que ama y siente a sus hermanos, que ama y siente a este pueblo, Pueblo de Dios.

Somos Pueblo de Dios, somos fuente viva del Espíritu Santo, somos fuentecitas pequeñas, apenas comienza a salir el agua de la piedra. Piensen ustedes ver una fuentecita en una piedra que brota espontánea y natural. ¡Qué hermoso es sentirla, verla, experimentarla y beber de esa agua!

Yo quisiera que muchos de los que están aquí, verdaderamente reciban la gracia del amor de mi Madre, del amor de Jesús y de la gracia del Espíritu Santo para ser iluminados concientizando que estamos en un momento decisivo para la humanidad, pero no por la guerra, no. No vamos a pensar en las guerras, no. La guerra nos está azotando, por todas partes nos está saliendo una guerra en un pueblo, en una nación… no… la gracia de poder resucitar con Jesús, así cuando tomamos la Sagrada Comunión, ese alimento tan grande que nos vivifica, que nos enternece, que nos suaviza el alma, así el Señor está viviendo en sus sacerdotes.

Él vive en ellos, ellos viven en Cristo; son los únicos que tienen el derecho de la absolución de los pecados, de tomarlo entre sus manos y de alzarlo en medio del Pueblo de Dios.

Entonces, yo diría, vamos a acompañar a esos sacerdotes, vamos a ser siervos suyos con mucha humildad, con mucha humildad. La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, la humildad es la belleza de la flor, de la rosa, de la violeta silvestre. Veamos esas florecitas tan bellas del camino de Nazaret; y volvamos nuestros ojos, veamos el cielo, veamos las estrellas, veamos la luna y el sol, veamos el despertar de la mañanita clara y encontraremos allí una gran verdad, que Jesús está vivo y palpitante en cada ser humano, en cada uno de nosotros y que tenemos que avivar esa fe, esa confianza y entregarnos de lleno para poder experimentar la serenidad de los justos y la alegría del niño inocente.

Y ahora, hermanos, yo deseo humildemente que me comprendan porque soy madre y una madre en público hablándole a la gente… es fuerte porque ya uno tiene su edad, no es lo mismo que un joven, pero es el amor, el amor que hay dentro de esa madre. Yo quisiera que todas las razas del mundo, todos los pueblos y naciones se detuvieran a pensar en el amor que Dios nos da y que nos sigue dando cada día que nos llama a la mesa eucarística, al Santísimo Sacramento, para que le abramos el corazón, con nuestras lágrimas bañemos nuestros pecados y podamos sentirnos renovados por dentro.

Y ahora, Padre, Monseñor, gracias por invitarnos, gracias por su atención, por su humildad, por su generosidad, por su corazón abierto a la gracia, por ese amor grande que usted ha dado a su parroquia, a los suyos, a su gente ayudándoles, protegiéndolos porque en realidad el sacerdote en su parroquia es un protector, es un padre que se ocupa de sus hijos. Vosotros sois hijos de ese párroco, hijos que deben convivir con él de la manera más natural y corriente atendiendo a su llamado y oyendo sus consejos, sus experiencias, su vida real que con tanto empeño la ha llevado honestamente y su entrega total a su diócesis.

Veo estas hermanas… ¡Qué hermoso es ser una monja al servicio de Dios, es servicio a esa madre la Iglesia! Eso me llega al corazón porque yo quise ser monja también, pero Dios no me quiso… Me fui a vivir con las monjas a Roma, al Instituto Ravasco y yo creí que podía con un amor infinito, con un amor muy grande, pero el Señor quiso que fuese esposa y madre. Tuve que renunciar a mis pretensiones, eran tan hermosas y grandes: Poder entregarme al Señor, pero Él quería que yo batallara con la vida, con el mundo, enfrentármelo con los problemas que viniesen – sí y así ha sido – pero ha sido una batalla de amor, una batalla con deseos infinitos de poder vivir el Evangelio. Evangelización es lo más grande; todos lo podemos hacer, especialmente las religiosas, los sacerdotes, todas aquellas almas que aman y sienten a su Señor.

Yo los llamo porque es la hora del despertar de conciencias, es un momento decisivo en la vida de los católicos, nuestro Santo Padre está delicado de salud, se nos puede ir de un momento a otro. Pensemos en ello. ¿Qué sería, él que ha dado tanto? Su fe ha sido gloriosa, única y es necesario que lo tengamos por más tiempo… no lo sabemos. Pensemos esta noche cuando comulguen… encomiéndenlo porque está muy delicado. Él es recio y fuerte con mucha voluntad, pero la salud se le ha resentido, de verdad, por todo lo que ha sufrido y ha pasado y él tiene que vivir un poco más. Que Dios nos lo conserve, que le dé la vida, que lo proteja, que lo salve, que le dé valor. Él ha tenido valor, pero ahorita lo necesita como nunca porque es un momento muy difícil por las guerras que se están presentando, por los momentos que vive el mundo: Naciones contra naciones.

Ya vemos lo de Kosovo, qué sufrimiento más grande, tantas almas han tenido que salir corriendo de un lugar a otro. Pensemos en ello un poquito, reflexionemos acerca de la verdad de todo esto. El hombre quiere guerra, matanzas; no lo dejemos, tenemos que detenerla a cómo dé lugar para que haya paz y armonía, solidaridad humana y mucha verdad, la verdad de unos Evangelios que tenemos que vivir, que seguir para que tengamos paz y armonía con nuestros seres queridos.

Ahora, hermanos, es la hora de que todos vivamos en comunidades, – va a venir – en comunidades. Sí, vivimos en comunidad con nuestra familia, pero llegará un momento en que tendremos que vivir en grandes comunidades religiosas porque los tiempos apremian. Estamos en un momento muy difícil y si no nos unimos con una unión verdadera, espontánea, natural, sencilla, con mucha sencillez, con mucho decoro y con una conciencia muy honesta, si nos descuidamos, nosotros podemos sufrir un colapso. Ya los egoísmos no caben ya, ya tienen que terminar los egoísmos. Tu pan es mi pan, entonces tenemos que compartirlo; porque hay mucha desnudez espiritual, las conciencias no están en acorde con la conciencia de los justos… la mayoría de la gente.

Yo no quiero hablar mal de nadie ni de nada. Quiero hablar muy bien porque todos tenemos sentimientos y sensibilidad humana, pero hay algunos que no tienen fe, que no tienen confianza ni amor a Dios y están tratando de oponerse a las reglas que tenemos que seguir. No sé si me pueden interpretar. Pero es la hora del despertamiento de conciencias, es la hora de reflexionar a tiempo y de sacudir nuestros pies y de seguir nuestro camino hacia la madre la Iglesia y allí, todos unidos en un solo corazón, con un sentimiento puro que les llegue al alma de sus hermanos. Así podremos dar un salto mortal y encender los corazones con la viva luz del Santísimo Sacramento, porque el Santísimo Sacramento en la Hora de Adoración, en esa hora que hacemos, que dedicamos, está los logros de toda criatura humana, al menos de los católicos. Tengamos confianza en ello porque Jesús Sacramentado escucha, da valor, fortaleza, enmienda nuestras debilidades y nos ayuda a recogernos, realmente en el ala de su Costado derecho bendiciéndonos y arrancando de nuestras almas toda cosa que pueda turbarnos o hacernos sufrir.

Jesús no quiere que suframos, Él quiere que vivamos alegres y contentos como los niños inocentes, como las criaturas que sus madres tienen en sus brazos, que los llevan. Así nos viene a recoger Jesús en esta noche, así Jesús nos viene a buscar para que conservemos la armonía; y digo la armonía, porque es tan bella… la serenidad, la paz, el sentimiento humano, ese sentimiento que nace espontáneo y natural para amar y abrazarse a nuestros hermanos tal como lo hizo Jesús.

Vamos a imitarlo, tenemos una Iglesia, un Papa de Roma, tenemos todos los prelados de esa Iglesia para que ellos nos aconsejen y nos ayuden a revivir aquellos días felices cuando Jesús andaba por el mundo con sus apóstoles. Convirtámonos esta noche en apóstoles, nos falta mucho, pero hagámoslo, pensémoslo; que vamos siguiendo a Jesús con todas nuestras parroquias, todas las parroquias del mundo, todas unidas, todos los sacerdotes dándose un abrazo fuerte de hermanos para poder así levantar los ojos al cielo y mirar a un Dios en perfección, pudiendo recibir su bendición.

Y ahora, voy a terminar diciéndoles mi Madre Santísima quien se me presentara, María Reconciliadora de los Pueblos y Naciones los invita a reconciliarse todos. Esta noche no tengan más rencores para nadie. Ella ha venido a visitarlos y va a quedar aquí su imagen con nuestro Monseñor que ha sido tan humilde y tan generoso para conmigo al invitarme, y espero que todos vosotros le pidan a la Virgen. Ella les va a conceder gracias especiales, muy especiales a los enfermos, a los niños, a las madres, a las viudas, a todas las familias; va a visitarlos esta noche, mañana, pasado mañana, tres días… la visita de nuestra Madre a sus casas. No les puedo decir qué les va a pasar, yo no lo sé, pero sí sé decirles, no lo sé… por el amor que le tengo que les serán concedidas sus gracias. Pídanle lo que quieran que ella se los va a conceder.

Háganse de cuenta que van a ir a Betania muy pronto, piénsenlo y medítenlo y van a sentir la paz, la serenidad, la alegría, la esperanza y la ilusión de días mejores.

Que Dios los ayude y los proteja.

Ahora, me despido y con el permiso de Monseñor les voy a dar una bendición, después él nos la dará de nuevo, pero es una bendición que el Señor me ha inspirado para los enfermos, para las necesidades del hogar, por las intenciones de las vocaciones sacerdotales y religiosas, y así, por todo el Pueblo de Dios. Olvídense de mí, yo soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes; piensen que hay un Señor de los señores que no nos abandona nunca, que está presente en todas partes y que nos quiere salvar. Por los enfermos, por las familias, especialmente, por el sacerdocio, por las vocaciones sacerdotales y por toda la humanidad.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí en mi Corazón desde hoy, les guardaré

les guardaré, les guardaré aquí en mi corazón desde hoy y para siempre.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

  • Ave María Purísima.

Gracias a todos. Que Dios los guarde y que el Señor les asista en todas sus intenciones y necesidades. Que esta parroquia siga creciendo armonizando con todos sus fieles y todos en un solo corazón podrán realizar muchas obras en bien de la comunidad. Que Dios los guarde.

Gracias a todos; gracias, Monseñor.

(Aplausos.)