Discurso de la sierva de dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia San Pedro. Merchantville, Nueva Jersey, EE.UU.

Martes, 20 de abril de 1999

Buenas noches a todos.

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • El Ángelus.
  • Gloria.

Buenas noches a todos.

  • Alabado sea el Señor, alabada sea mi Madre Santísima Virgen y Madre de la Iglesia, salvación del mundo entero. Gracias, Padre, por todos los beneficios a nuestras almas. Bendita seas, María; gracias, Madre, gracias.

Hermanos, realmente me siento conmovida con esta Santa Misa tan hermosa, tan bien dicha y con un calor humano verdadero que me llegó al alma y me sentí como una niña cuando va a hacer su Primera Comunión.

Gracias a estos sacerdotes santos por el favor de recibir a esta mujer, una mujer madre, madre de siete hijos y abuela de diecinueve nietos que ama y siente a todas las familias del mundo, en todos los hogares siento que los voy a visitar.

Yo soy nada, soy una mujer como cualquiera de ustedes, pero sí tiene un corazón sensible que ama y siente el dolor de cada cual, y quien desea realmente que nuestra Madre Santísima y Jesús Sacramentado convivan con vosotros en sus hogares. Qué hermoso es sentir a Jesús, qué dulce es sentir a María cuando silenciosamente se avecinan a nuestro corazón para darnos su consuelo y aliviarnos en nuestras grandes necesidades.

Hablo con los sacerdotes: Qué hermoso es el sacerdocio, es la misión más hermosa… la absolución de los pecados. Ellos son los únicos que tienen esa gracia. Qué hermoso es absolvernos los pecados… y sentir que revivimos, que volvemos a vivir vida auténtica cristiana. Es por esto que yo os llamo a todos vosotros, hijos, confesaos. La confesión es necesaria, semanalmente, no perder tiempo, el que tenga la posibilidad de ir. Tenemos que abrigarnos el alma, el corazón con la Santa Misa, la confesión, la Comunión; Comunión diaria si es posible.

¡La madre la Iglesia nos ha abierto sus puertas! ¡Qué grande es la madre la Iglesia, qué fuerza, qué amor transmite, no hay otra cosa más grande en el mundo que nuestra madre la Iglesia, nuestro Pontífice… en estos días Juan Pablo II! Él nos está transmitiendo vida sobrenatural, vida toda divina porque él se está dando y se sigue dando a todos con humildad, con paciencia, con mucho amor, con la seguridad de transformar nuestros corazones y aliviarnos con nuestras cargas y satisfacer nuestras necesidades con su entrega total al Señor.

Qué hermoso es sentir a nuestro Santo Padre el Papa, acercarnos a él y pedirle la bendición. Qué humildad la suya tan grande en tomarnos las manos y darnos su santa bendición. Yo les ruego a cada uno de ustedes: Oren por él, oren mucho porque es un santo varón en la Tierra, es un alma especial que Dios nos ha dado para guiar al mundo, al hombre, en su actuación de una vida nueva y mejor para que ese hombre cambie y reverdezcan las plantas y las flores de todas las comunidades religiosas, y en fin, de todos aquéllos que se acerquen a la madre la Iglesia… sentirán resurgir una vida nueva.

Recuerden ustedes: No hay otra cosa más grande… la Santísima Virgen María, la Madre de Jesús, María Virgen y Madre de la Iglesia nos trajo a Jesús, nos los dio, nos lo entregó para que Él pudiese hacer de nosotros minaretes de su amor y salvación del mundo, porque todos nos tenemos que salvar, todos tenemos que recurrir a la Iglesia, a esa madre la Iglesia; y digo madre la Iglesia, porque yo creo que es lo más grande que tenemos, fue creada para dar vida al hombre; confianza a las familias; unión total con nuestros hijos, con nuestros hermanos, con nuestros padres, nuestros familiares, nuestros amigos para que estemos unidos todos en un solo corazón. Busquemos a la Virgen Madre de la Iglesia.

Yo les ruego: No dejen la Santa Misa, no dejen la confesión, no dejen la Comunión si es posible cada día, quizás muchos no puedan por su trabajo, les cuesta, pero si fuese posible esto el mundo cambiaría, mejoraría totalmente; el hombre se sentiría fuerte, robustecido por el amor de Dios ¿Y cuántas cosas se lograrían en el mundo? Evitar las guerras, evitar las rencillas entre hermanos y encauzar la vida del hombre que está buscando su verdad, del hombre que pide justicia, de los hombres aquéllos que se entregan a Dios.

Vamos a entregarnos todos a Dios en esta noche, noche de esperanza, noche de ilusión. Ya la Santa Comunión nos ha alimentado; en esta noche hemos recibido a Jesús en nuestro corazón y Él está allí en ese corazón, pídanle a Él, díganle:

  • Jesús, estás en mi pecho, hazme mejor, cambia mi vida, ilumina mi mente, fortalece mi corazón, enciéndelo de amor por todos mis hermanos de la Tierra y ayúdame a que yo pueda convivir con todos.

No importa cómo lleguen ni de dónde vengan; lo importante es abrir nuestro corazón a los que nos necesiten y que vienen buscando apoyo moral para su mal espiritual.

Los enfermos, los tristes… Qué cosa grande es un enfermo nuestro, de nuestra familia, pero qué dulce es poder servirle con amor y sinceridad. Es por ello, amemos a los enfermos, demos de nosotros mismos nuestra buena voluntad, nuestros buenos deseos para que ellos crezcan en la fe, en la confianza de su curación. Vamos a creer en ello porque Dios es grande, generoso, compasivo con los humildes, con los sencillos, con los que reflexionan y piensan que su enfermo se va a curar.

Veo a ese ángel de luz, una criatura inocente. Qué amor grande el de la madre, cómo se aman los hijos, cómo crece el calor de la madre con la esperanza cada día de poder recuperar a su hijo. Sí, Señor.

  • ¡Oh Jesús y Señor mío, Dios mío!, que esto sirva para convertir a muchas almas, a muchos pecadores; que cada enfermo que veamos se refleje en el alma de las personas para que cambien y mejoren su vida espiritual, su vida renovándola en una vida nueva.

Los enfermos transmiten piedad y misericordia de Dios.

Ese niño inocente… yo bendigo a sus padres y a su familia porque realmente es hermoso poder asistir a un ser querido, dar de nosotros todo el amor posible por ayudarlo a vivir. No nos cansamos porque realmente es un consuelo saber que Dios está presente en ese ser, allí llamándonos al botón, como quien dice: “Lo tienes aquí, estoy Yo aquí con él.”

Que Dios te bendiga, hijito, Dios te guarde y te dé la salud y si no, sigue allí en tu silla para salvar a muchas almas que se avecinen a ti.

Y a usted, hija, que Dios la bendiga, le dé la fortaleza, la paz, la serenidad, la alegría del vivir diario, esa alegría es sentir al Señor en el corazón, es sentirlo que nos habla, es sentirlo que nos dice: “No te preocupes, Yo estoy aquí junto a ti, tienes el cielo ganado, tienes la esperanza de un día mejor, de un mañana mejor, de días floridos que fortalecerán en tu alma, que rejuvenecerán tu corazón, no se envejecerá ese corazón estará siempre fresco como la de un niño.”

Ello es lo hermoso de poder creer y que creemos en realidad. Y debemos creer que Dios convive entre nosotros de la manera más natural, no lo vemos pero sí está presente en todas nuestras acciones, en nuestros deberes con nuestros seres queridos que amamos, Él se refleja en cada ser humano en su mirada, en su actuación, en su vivir diario. Somos parte de Jesucristo, somos parte de Él profundamente, por ello que no podemos desanimarnos; tenemos que orar, orar continuamente.

La oración es la fuerza constructiva del hombre para reafirmar sus pisadas en la vida, pudiendo llenar todos los caminos para seguir adelante cumpliendo con el Evangelio.

Evangelización necesitan estos días, estos tiempos. Todos tenemos derecho a ello. Ya ustedes ven estos sacerdotes, nuestras religiosas cómo trabajan, cómo se dan: si hay que confesar a un enfermo, si hay que visitar a una persona… están pendientes y ellos cumplen con sus deberes. La vida del sacerdote es la vida con Cristo, Cristo en ellos y ellos en Cristo, por eso tenemos que respetarlos y apreciar su bondad, su generosidad para poder sentir que estamos cumpliendo con nuestros deberes de cristianos, orando por ellos y ayudándolos con la carga, con la carga de un pueblo que pide justicia social, que pide trabajo, fuentes de trabajo, que pide amor, mucho amor, mucha dedicación a sus hijos, a su familia.

Vamos a pedir esta noche por aquellos que no tengan un trabajo, por aquellas personas que han venido, quizás que están mortificadas porque no tienen los medios para sustentar a su familia debidamente. Que Dios los ayude.

El hombre debe entregarse al Señor con la humildad del niño inocente, porque cuando uno se hace un niño inocente son perdonados los pecados que tenemos, por supuesto esto con la absolución del sacerdote. Por ello, les digo que el sacerdocio es lo más grande que existe en el mundo; no hay otra cosa más grande ni los grandes doctos, nada de ello. Sí, hay doctores maravillosos, pero el sacerdote es algo único porque es el único que tiene el derecho de la absolución de los pecados.

Confesémonos, pues, recibamos al Señor, alimentémonos; no esta tarde que lo hemos recibido, sino mañana y pasado mañana y la semana próxima, todos los días, todos los meses, todos los años, indefinidamente con la profundidad del amor que María Virgen y Madre de la Iglesia nos lo da. Es ella, María, que le pide a su Hijo: “Salva a este hermano mío, salva a este hijo mío, salva a esta criatura; no lo dejes perecer, no lo dejes a la intemperie. Señor, ven, Jesús Hijo mío, sálvalo.” Así viven las madres: “Salva a tus hijos, Señor; sálvalos, María; sálvanos, Señor.”

Y ahora en esta iglesia tan hermosa, tan bella iluminada por sus lámparas tan bonitas y todas estas almas reunidas con humildad y paciencia, con serenidad, con calor humano… son los reflejos del cielo por la mañana cuando se levanta el sol, el sol de la verdad; es mi verdad, es tu verdad, es la corriente divina que toca, que llega, que alimenta, que se palpa, que se siente, el amor de Dios.

Esto es lo que tenemos nosotros que entregarle: renovar nuestras conciencias, limpiarnos, tratar de depurar nuestro espíritu para que seamos mejores en la vida, honestos – la honestidad es lo más bello que existe – honestos, limpios, puros; pero para ello se necesita sacrificio, hay que ofrecer a Dios nuestras debilidades.

  • Señor, arranca nuestras debilidades, sácalas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos, ayúdanos a corregir nuestras faltas y nuestras debilidades, socórrenos, Señor. Es la hora, Señor, de que el hombre encuentre en Ti su refugio total con tu Madre Santísima.

Es hora de que el hombre en el mundo de todas las clases, de las ideologías, de las razas, de los pueblos, de las naciones… todos sean tocados con la gracia del Espíritu Santo para iluminar sus almas, para que sus convicciones sean las convicciones de una persona honesta y digna ante los ojos del Señor.

Pidamos, hermanos, para que nos salvemos todos y recibamos a todos, no despreciemos a ninguna persona. Si tú no estás en condiciones de ayudarlo o de sacarlo de una necesidad suya, sonríele, dale un apretón de manos, dale una esperanza, dale una ilusión; no lo dejes con las manos vacías, con el corazón triste.

El Señor nos está llamando a gritos, Él desea que nos amemos, que nos soportemos, que nos ayudemos, que nos socorramos. Es mi lucha, esa es mi esperanza, Señor, de que todos formemos una gran familia, la familia de Dios en el mundo entero; que nuestra madre la Iglesia católica, nuestra Iglesia madre, la madre la Iglesia, la Madre de Dios, la Madre nuestra… esa Iglesia, toda, toda esa Iglesia pueda tocar los corazones del mundo entero y sus sacerdotes de un lugar a otro se muevan para llevar la Palabra de Dios. Yo lo sé que lo hacen, pero necesitamos muchas vocaciones sacerdotales y religiosas; vocaciones religiosas, vocaciones sacerdotales. Esto hay que pedirlo para que el mundo se salve, para que el hombre crezca y se agiganten sus enseñanzas a ese mundo nuevo que vendrá, un mundo nuevo de esperanzas, de ilusiones, de alegrías, de condiciones espirituales.

Necesitamos, hijos, mucha humildad, mucha paciencia, mucho temor de Dios y al mismo tiempo una gran ilusión de hacer las cosas bien hechas. Cuando hagamos algo, hagámoslo con buena voluntad, con cariño, con espontaneidad, con naturalidad. Él nos quiere naturales; Él no nos quiere con cosas raras; nos quiere tal como somos, con nuestras debilidades y flaquezas, pero tratando de mejorar nuestra vida interior.

Y hablo con esta congregación: Es hermoso, de verdad, lo que tienen ustedes, la verdad de un gran hombre, esa verdad está palpable… el Padre Neumann.

  • Gracias, Señor, por todos los beneficios a nuestras almas. Qué crezcan las vocaciones sacerdotales y se agigante el corazón de todos los hombres, para hacer de todos con ese corazón que se tiene y se entrega puntales de luz. Es una misión de apóstol, de apoyo a todos. Gracias, Señor, por beneficio tan grande, es un santo más para la Iglesia.

Ustedes van a ser visitados en sus hogares, en sus casas, en sus familias por el Señor. Ustedes me dirán: “¿Cómo va a ser eso, señora; es posible?” Tenemos una conciencia exacta de nuestros deberes, tenemos una mente abierta a la gracia del Espíritu Santo, tenemos un corazón que late y crece, se agiganta muchas veces y también tenemos, justamente esa receptividad que tenemos… es para aunar fuerzas y mejorar nuestra calidad humana pudiendo destacar de que el Señor sí puede entrar en nuestros hogares, en nuestras casas y santificarlas. ¿Me han entendido ustedes? Parece una locura, pero el Señor está conviviendo entre nosotros de la manera más natural… increíble por el hombre.

Ustedes… muchas de las personas que están aquí, que vienen a la Santa Misa cada día, es porque el Señor las está llamando para que se organicen todas en un bloque consistente, en un solo corazón para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás, a los que crecen. Es por ello que el Señor se hace sentir de la manera más natural en hechos de la vida diaria de cada día de nosotros. No les voy a decir que lo van a ver, ¡no! Pero sí sentir, sentir algo que hay, que es, que te hace temblar de emoción, de ternura, de amor, de fidelidad a ese Señor.

Y Él viene, Él viene. No sé cuántos estaremos o no estaremos, yo quizás con los años quizás no esté, pero esa juventud que se levanta, que crece, esos niños inocentes sí lo podrán ver también.

Porque en realidad yo he visto muchas cosas y me han comprobado muchas cosas, Señor, que a veces me digo: ¿Señor, seré capaz de entender todavía y de recibir todo esto; podré yo hacerlo, Señor? Soy tan débil, tan frágil, mi salud delicada. Y esa voz interior me dice: “Hija mía, confía en mi Corazón y entrégate.” Y así es como a mí me pasa eso.

He tenido la gracia de encontrarme con personas, quizás mejores que yo, mucho mejores, santas personas, religiosas, buenas, tanto hombres como mujeres, ellos también están esperando para revelar al mundo, para salvar almas, convertir pecadores y animarse, aunar fuerzas todos unidos para poder desarrollar una labor en la cual todos, no solamente los sacerdotes, el Pueblo de Dios está en el deber de hacerlo porque es el pueblo suyo que necesita el apoyo de esos sacerdotes, de esa Iglesia… de ese apoyo.

¿Cuando tú estás triste con un enfermo, qué te toca hacer? Llamar al sacerdote para que te lo confiese, para prepararlo porque no sabemos si va a morir. Son detalles pequeños pero grandes al mismo tiempo.

Debemos vivir el Evangelio, debemos vivir honestamente, especialmente los jóvenes, los que crecen. Necesitamos vocaciones sacerdotales, necesitamos vocaciones religiosas, mucha juventud, una juventud fresca y lozana que puede hacer tanto bien, llevando la evangelización a los pueblos y naciones.

Yo creo que con los días toda nuestra Iglesia se levantará para ir de un pueblo a otro – yo sé que lo están haciendo, pero todavía falta un poco más – para iluminar al mundo, pudiendo así desarrollar una labor hermosa, florida, maravillosa, pudiendo ver el sol de la verdad, de la justicia y de la integridad en todas las familias del mundo entero.

Y ahora, debo finalizar porque me parece ya mucho lo que he hablado en esta iglesia. Voy a darles especialmente las gracias a todos vosotros. Realmente la humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, sin humildad no hay nada que hacer en la vida… es la humildad. Vuestra humildad me ha conmovido profundamente, la humildad de tener confianza en el Señor y que realmente estoy para algo en la vida y ese algo no es mío, ese algo es de Dios.

Estoy dispuesta a dar mi vida si es posible por la Iglesia, por la madre la Iglesia. Esa es la madre que yo amo desde que yo tenía cinco años – sin darme cuenta – y quise ser religiosa, pero el Señor me dejó en el mundo. Yo he sido tan débil en la salud mía, tan delicada. ¿Quién podría creer que yo me podía casar y tener siete hijos? Nadie, o sea, que no soy religiosa ni monja, pero de corazón lo soy. Dios me quiso en el mundo batallando, batallar en continuación, sin descanso, para aliviar a tanta gente: de noche los enfermos, los tristes en los hospitales, en todas partes; silenciosamente hasta ahora, ahora es que estoy hablando de eso, no sé porqué.

Pero sí creo que está llegando la hora y el momento de que el Pueblo de Dios se renueve por la fe de las almas que aman y sienten a su Señor.

Yo sé que aquí hay almas buenas, almas con carismas espirituales, con dones especiales, yo sé que los hay comenzando por ellos, porque ustedes son una motivación para el mundo entero. Entonces, estamos todos para servirnos, amarnos y unirnos como se unen las olas del mar cuando llegan a la orilla de la playa.

Ahora, yo les voy a pedir que si se pueden levantar un poquito. Pidan por sus intenciones, por su familia, por sus hogares, por sus fuentes de trabajo; pidan por todas sus intenciones para que el Señor las escuche; Jesús, Salvador del Mundo; Jesús, Maestro y Profeta que iba de un lugar a otro, por Jerusalén llevando consuelo a los hombres, a las viudas, a los hermanos todos; pónganle en sus manos todas sus intenciones.

  • Señor, Jesús.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí en mi Corazón desde hoy, les guardaré,

les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo sea para siempre. Amén. Que el Espíritu Santo ilumine sus almas.

Los que estén enfermos serán mejorados si esa es su santa voluntad; los que tengan en su trabajo algún inconveniente, alguna cosa, también serán renovados, fortalecidos para saber confiar y esperar; los que tengan alguna necesidad grande, por la salud especialmente, también esperen y confíen; los que tengan que hacer algún trabajo que han tenido inconvenientes o alguna cosa también…; los enfermos, alguien que necesite una curación, que tengan una enfermedad incurable le dará la paciencia, la obediencia y la humildad para soportarlo todo porque no es el milagro que nos hagan el milagro inmediatamente, sino el milagro es que nosotros… nuestro cambio de aceptar las cosas con valor, con entereza, con voluntad, con cariño, con amor, eso es el milagro de poder nosotros verdaderamente confiar en el Señor y sentir que el Señor convive entre nosotros, que está cerca, convive, está, no está en la mente… así como un loquito, no, de ninguna manera, está presente allí y nos está indicando qué tenemos que hacer y cómo debemos movilizarnos.

Entonces, hermanos, muchas gracias; Padre, yo les agradezco este momento.

En estos días me he sentido muy mal, mi salud se ha debilitado, estaba triste porque no sabía si podría venir, pero gracias al cielo, gracias a Dios… El Señor me dijo: “Ve, hija mía.” Y aquí estoy.

  • Gracias te doy, Señor, por todos los beneficios a mi alma. Bendícenos a todos, protégenos, guárdanos, Señor, bendícenos.

Que la paz del Señor sea con todos nosotros.

Pongan todas sus intenciones ante el altar, todas sus intenciones déjenlas aquí… todas sus intenciones.

Gracias, Señor; gracias a todos y que Dios los bendiga, los fortalezca y los llene de mucho amor, de mucho sentimiento humano con la fidelidad de un santo sacerdote, porque el Señor nos quiere santos, quiere santos sacerdotes y van a llegar, llegarán muchos muchachos jóvenes en busca del Señor para ofrecer sus vidas al sacerdocio. Gracias, Señor; habrá vocaciones, muchas vocaciones van a tener; bendito sea el Señor. Dios los bendiga a todos. Bendícenos, gracias te doy, Señor.

(Aplausos.)