Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia La Visitación, Bricktown, Nueva Jersey, EE.UU.

Lunes 18 de octubre de 1999

Buenas noches a todos.

  • El Ángelus.
  • Alabado sea el Señor, alabado sea su Santo Nombre, alabada sea la Virgen María Madre de Dios y Madre nuestra.
  • Sagrado Corazón de Jesús.

Hermanos en Cristo Jesús Nuestro Señor, nuestro Libertador, nuestro Maestro, nuestro Padre aquí estamos para venerar a Jesús Sacramentado, al Cuerpo Místico de Jesucristo. Es lo más grande que existe en la Iglesia, el Santísimo Sacramento del altar donde Jesús está allí, en el Sagrario, esperándonos a todos con una mirada, con una dulce esperanza, con una caricia, con una verdad simple y pura que lo amamos, que lo deseamos recibir en nuestro pecho, en nuestro corazón, que deseamos darle de nosotros lo mejor que podamos, especialmente el amor y la caridad a nuestros hermanos… caridad.

Es la caridad la que nos lanza al mundo de ir en busca de ese mundo encontrándonos con nuestros hermanos en busca de la paz, de la orientación debida para tantos seres que viven tan solos y tristes en el mundo. Cuánto dolor, cuánta pena y quebranto en los que sufren, en los niños inocentes que no tienen padre, que no tienen madre, que viven solos a la merced de quien los recoja. En ello es que tenemos que pensar, en la niñez desvalida, en los jóvenes que bambolean por las calles sin saber a dónde ir, jóvenes que no tienen a nadie en el mundo.

Yo hablo de los jóvenes, porque la juventud necesita vigilancia, necesitan seguirlos, necesitan cariño, necesitan consideración, el afecto de sus padres – el que los tenga – porque son nuestros hijos y debemos amarlos y seguirlos convencidos de que ellos darán la luz en esas mentes para llamar a sus hermanos de camino para que con ellos juntos, todos alaben al Señor, al Señor Jesús en todos los sagrarios allí entregado en espera de todos nosotros para asirnos a su Corazón, para enseñarnos, para aliviar nuestras cargas, para suavizar nuestro sufrimiento dándonos un corazón generoso, un corazón misericordioso para con nuestros hermanos.

Es por ello, hermanos, amemos a Jesús Sacramentado, a Jesús Hostia Consagrada en el altar para que avive nuestra fe, nuestro conocimiento, nuestros deberes y así poder cumplir nuestras obligaciones. Todos tenemos obligaciones, obligaciones que cumplir diariamente: la familia, el hogar, el trabajo… tenemos tantas cosas que hacer, tantas cosas, hermanos, y todo ello se logra – saben – por medio de la oración… hacer las cosas bien hechas… la oración, la penitencia, la meditación, la Eucaristía son los dones más grandes que puede tener un ser humano y todo ello por la voluntad recia, la voluntad fuerte, firme y decisiva en todos nuestros hechos de la vida, porque tenemos que pensar: “Tenemos una vida… ¿A quién ofrecer esa vida, sino a Dios y a nuestros hermanos y a tantos que nos necesitan?”

Hay tantos que sufren en el mundo: hogares que se pierden, que se separan los esposos, que los hijos sufren la separación de la madre, del padre. ¡Qué dolor tan grande, vergüenza y quebranto para esas familias! Es por ello, llamo a reflexión a los padres de familia: Cuando tenemos hijos tenemos que pensar en ellos, tenemos que meditar y saber que no los podemos dejar a la merced del viento, del mundo de pecado. Hay que seguirlos, para ello se necesita una recia voluntad de que el padre y la madre se soporten, se comprendan, se acompañen, se unan; que no haya las separaciones, los divorcios todos los días, las familias que se están acabando, los niños que corren en pos de todas las cosas que no son necesarias en sus vidas, o sea, del pecado.

El pecado está cerca, debemos abolirlo completamente, porque el pecado nos lleva a cometer faltas y errores que después pesan con lágrimas en el alma.

Entonces, yo diría, estamos aquí para reflexionar, para pensar en nuestras familias, en nuestros hijos, en nuestros nietos, nuestros familiares; tenemos que pensar que nuestro hogar debe mantenerse incólume de pequeñas trazas del pecado, porque el pecado viene por la soberbia, – la mayoría por la soberbia – no se quieren perdonar los esposos muchas veces, no quieren perdonar a sus hijos, los dejan a la merced del viento, de la calle, de los amigos.

A un hijo hay que recogerlo así sea como sea aquel, un hijo hay que ayudarlo a caminar mejor, hay que ayudarlo a que se preocupe por sus estudios, de sus trabajos, de sus fuentes de trabajo que tengan; no hay que dejarlos a la merced del viento huracanado de los pesares.

Tenemos que pensar que Dios nos está llamando a gritos a que la familia se reponga, que cesen los divorcios, que cesen las separaciones. Ya basta, no podemos más. ¿Cuántos hogares se están perdiendo, separándose… la niña que salió de su casa casada y el hombre la aborrece, ya no la quiere más; o la muchacha se cansa del hombre, ya no lo quiere tampoco?

Entonces, diría yo, tenemos que pensar y reponernos espiritualmente entregándonos más a la Eucaristía, a la Santa Misa diaria si es posible, a la Comunión diaria si es posible, hermanos, hacer un sacrificio no solamente los sábados y domingos, todos los días con fervor, con la esperanza de sentirnos mejores, livianos, llenos de esperanzas, de ilusiones de ver a nuestros nietos, de ver a nuestros niños correr, brincar, saltar, gritar.

Todo es tan bello en la familia. ¿Por qué no amamos a nuestra familia como es debido? Debemos amarnos todos, soportarnos, ayudarnos mutuamente, crecer espiritualmente cada día pensando que el Señor Jesús convive entre nosotros de la manera más natural y está en nuestros hogares, está en nuestras casas, está en nuestras familias; no solamente en el sagrario. Él está allí en el sagrario, pero también está en nuestros hogares velando, velando de día y de noche de nuestras familias, de nuestros niños, de nuestros trabajos, de nuestras necesidades.

Es por ello, que los invito a meditar sobre de la familia, sobre del hogar, sobre de la fuente de un trabajo; y digo de la fuente de un trabajo, porque el trabajo aquilata la fe del hombre, lo llena de vigor, de energía, de paz y de serenidad porque tiene con qué contar para llevar a su familia.

Pidamos por los desempleados; pidamos por los que no tienen un trabajo, una labor en la vida, que no encuentran dónde ir, a dónde tocar las puertas porque se les cierran las puertas. Pensemos en todo ello. Esto se los digo yo porque estoy viviendo, verdaderamente cosas muy grandes… las cartas que me llegan, las telefonadas de la gente sin trabajo, las familias desatadas, tristes, desoladas que no saben qué hacer. Es doloroso ver cómo se pierde la familia, que uno se va para una parte, el otro… se separa la familia.

Entonces, unámonos las familias, aquéllas que tenemos un poco de paz y de serenidad en nuestra familia para pedir por aquéllos que están viviendo una vida de inquietud, de fatiga, de dolor, de llanto, de un sufrimiento constante que abruma a sus almas, sus corazones.

Es por ello, meditemos esta noche sobre de la familia cristiana, sobre las familias que aman a sus familias. Felicito a todos aquéllos que se aman, felicito a todos aquéllos que están aquí en este momento.

Yo no soy nada, soy un pobre instrumento del Señor, soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes que tiene un corazón abierto para que entren todos.            Pidan todo lo que quieran esta noche que ustedes verán la misericordia de Dios, verán la luz del Espíritu Santo iluminar sus almas, rociar sus corazones con el agua bendita de todos los altares del mundo y aún más, la luz votiva del Espíritu Santo, de Jesús sacramentado allí vivo y palpitante; porque Él está allí vivo y palpitante; nos está escuchando, nos está mirando, nos está siguiendo: qué estamos pensando, qué deseamos hacer, cómo deseamos vivir, cómo cambiar nuestra vida, cómo serenarla.

Es por ello, hermanos, amémonos los unos a los otros, pidamos por todos nuestros hermanos de camino, pidamos por las intenciones de cada cual, de cada uno de ustedes. Cada uno que pida por las necesidades de su hermano para que se compensen sus almas en un alivio total de una esperanza, de una ilusión, de una buena voluntad para hacer bien todas las cosas.         Cuando hagamos algo hagámoslo bonito, hagamos bien hecho; no lo hagamos a medias, hagámoslo bien con caridad, con amor, con humildad, con sencillez para que así crezca en nuestros corazones el aliento divino de Jesús.

¿Saben lo que significa el aliento divino de Jesús? Significa la vida nuestra, significa el calor humano, significa el amor sublime de una Madre, María que lo trajo al mundo, que lo concibió por obra y gracia del Espíritu Santo para iluminar a ese mundo, para iluminar al hombre, a las criaturas para que creciesen y fundasen un mundo nuevo de esperanzas, de ilusiones, de condiciones para todos vivir; y digo de condiciones para todos vivir: fuentes de trabajo.

Necesitamos fuentes de trabajo, es por ello que tenemos que agradecer que nos dé un trabajo, un empleo y saber construir por sí solos su camino, un camino largo, pero un camino bien acompañados por el Señor porque es Jesús que nos va llevando, Jesús que comienza a asirnos de sus brazos, a llamarnos para que comprendamos una vez más que Él convive entre nosotros; no lo vemos, pero Jesús está presente, Jesús vive en todos los altares del mundo, en la Eucaristía allí encerrado en el sagrario y a veces sale afuera para que lo veamos.

¡Cuánto amor está noche he sentido en mi corazón cuando lo he recibido! ¡Es el maná sagrado! ¡Es el alimento que lo llena todo, que los suaviza todo, que lo ilumina todo, que nos hace sentir en uno con Él aunque seamos pecadores! Digo en uno con Él, porque es lo más grande que podemos sentir nosotros, que Él viene a convivir con nosotros, que viene a alimentarnos, que viene a llamarnos, a buscarnos, a encender esos corazones fríos, tristes, opacados por las angustias de la vida.

Es por ello, hermanos, los llamo, los llamo otra vez para decirles: Estoy realmente conmovida al verlos aquí en esta noche, estoy convencida de que todavía existen buenos católicos, que hay fe, que hay armonía, que hay luz, que hay conocimiento, que hay verdad, que hay esperanza; y mientras haya esperanza podemos decir: Dios convive entre nosotros de la manera más natural, quizás no lo vemos sino con los ojos del alma, pero Él está conviviendo entre nosotros de la manera más natural con la esperanza de vivir el Evangelio, un Evangelio sencillo, puro que nos enseña las escrituras de una verdad tangible y pura que nos da la capacidad para acertar en lo que tenemos que hacer.

Pidámosle a Jesús en el sagrario esta noche que todos recibirán gracias en sus hogares, que todos recibirán benditas gracias del cielo eternal de mi Padre Celestial, de ese Divino Hijo, del Espíritu Santo consolador, renovador que lo renueva todo, que lo cura todo; el Espíritu Santo que con sus rayos ilumine nuestras mentes, nos dé la fortaleza, la paz y la serenidad.

Pensemos en nuestros niños, en nuestros hijos, comencemos a enseñarles buenas costumbres aunque estén chiquitos, pero yo creo que tenemos que darles mucho amor y al mismo tiempo mostrarles carácter para que aquel niño respete, aprenda a vivir desde pequeño lo que significa el Evangelio. Desde niños hay que enseñarlos, desde niños hay que recogerlos; no los dejen en las manos de nadie, no se confíen, no los dejen en las manos de ninguna persona. Cuídenlos, llévenlos de la mano aunque tengan gente que se los cuiden, de todas maneras ustedes tienen que estar pendientes de ellos, porque los niños son inocentes y los niños son tremendos también, pero no tienen la capacidad de una persona grande de pensar si esto es malo o no es malo.

Les digo esto porque es la hora del despertar de conciencias, el Señor nos está llamando a un despertar de conciencias, la conciencia exacta de nuestros deberes, la conciencia de que tenemos un hogar y que ese hogar hay que cuidarlo a como dé lugar, que nadie venga a entorpecer tu vida con tus hijos, con tu familia; – recuerden – ¿a quién meten en sus casas, en sus hogares? Esto es importantísimo porque los casos que me han llegado a mí son muy duros, muy tristes y muy dolorosos.

Entonces, yo les diría: Madres, necesitamos un servicio, es verdad, sí, pero gente sana, gente buena, gente con contextura espiritual y realmente bondadosas, que haya carismas del Espíritu Santo en esas almas para que nos cuiden a nuestros hijos. Les digo esto porque estoy preocupada últimamente por los casos que me han llegado de las familias. Cuiden a sus hijos, no se los dejen a nadie – lo repito – porque es urgente, urgente de que se recojan a los hijos en las faldas de su madre.

Y ahora, les diré otra cosa: La pureza de corazón es lo más hermoso que puede tener un alma, pero para conservarla es necesario: oración, meditación, penitencia, Eucaristía… Eucaristía, Comunión diaria si es posible, Santa Misa cada día no solamente los sábados y domingos.

Los tiempos apremian, hijos, el tiempo está pasando rápidamente. Unos nos estamos envejeciendo más que otros porque estamos mayores y pasa el tiempo, pero los que restan necesitan el apoyo de sus padres ancianos y es por ello que la familia no debe separarse nunca, nunca; deben estar unidos, amándose, soportándose pudiendo así elaborar un trabajo en donde toda la familia se reúna todos los días si es posible para ayudarse mutuamente, soportarse y aunar fuerzas positivas de una fuente de trabajo que los ayude a todos sin mirar a quién le tocó poco o a quién le tocó mucho. No deben haber cuentas en las familias; debe haber unidad, amor, mucho amor, solidaridad humana para que así crezcan los valores que Dios nos ha dado a todos por igual pudiendo así reafirmar nuestras pisadas hacia el Monte Sión; y digo Monte Sión, porque el Señor está preparando su venida.

Ustedes me dirán: “¿Cómo se atreve usted a decir eso, señora?” Yo les diré: Estamos viviendo el tiempo de los tiempos, ha llegado el tiempo de los tiempos y tenemos, por eso, que conocernos a nosotros mismos con nuestras cualidades y nuestras pequeñas cositas que no van muy bien; tenemos que llamarnos al botón y armarnos de coraje, de energía, de fuerza suficiente para poder enfrentarnos a esta era que estamos viviendo, porque de todo hay en el mundo; el hombre tiene que alimentarse en las buenas obras espirituales que Dios Nuestro Señor nos ha hecho encontrar en su mesa, la mesa de cada día donde nos sentamos a comer y recibir los alimentos de la familia, de todos en general.

Es por ello, que les invito a ustedes que busquen en el fondo de su corazón la llamita viva que Jesús ha prendido en esta noche para ustedes… vendrán ideas hermosas, tendrán un renovamiento total en vuestro espíritu, en vuestras almas, en vuestros corazones, en vuestras mentes; se sentirán aliviados de las cargas diarias.

Entonces, yo diría: Vamos a encontrarnos, a aferrarnos a las motivaciones de que hay un Dios perfecto que nos creara a imagen y semejanza suya, que nos quiere orientar y revelarnos que Él convive entre nosotros de la manera más natural, espontánea y natural, sólo que a veces nos distraemos con el mundo, con los problemas por las angustias de la vida diaria, del trabajo, del correr de un lugar a otro y nos sentimos a veces tan afectados que no tenemos tiempo de pensar, de meditar, de mirarnos muy dentro.

Pensemos que cada uno de nosotros tiene una capacidad, una capacidad espiritual, intelectual, mental y que tenemos que obrar de la manera más natural haciendo muy bien y ordenando nuestras cosas, pudiendo dar la talla espiritual que Dios nos está pidiendo.

Entonces, yo diría, que en esta noche yo quiero dejarles un regalo, un pequeño regalito espiritual que es el regalo más bello y hermoso: La luz del nuevo amanecer de Jesús para que Él amanezca en cada uno vosotros aquí, en sus hogares, en sus casas, en sus familias y que podamos sentir, todos, una luz dentro en nuestro corazón, en nuestra mente, en todo nuestro ser. Esa luz está fluyendo para asirnos a Jesús más y más, porque Él es el Hijo de Dios que nos viene a salvar de nuevo en estos días para aliviar nuestras cargas y alimentarnos con su Cuerpo Místico que es la luz del mundo, la luz del mundo para todos los hombres. Jesús vive allí en el sagrario en continuación, pero Jesús se hará sentir en el mundo estrepitosamente y se conmoverá el mundo. Lo veremos antes de que nosotros mismos nos imaginemos.

Es por ello, tenemos que prepararnos y asirnos a nuestra fe, a nuestra madre la Iglesia, a nuestros seres queridos… pedir mucho por el Santo Padre, por Juan Pablo II que ha sido una luz radiante en el mundo, para toda la humanidad, con sus enseñanzas, con su humildad, con su paciencia y con esa sabiduría tan grande que tiene; oremos por él, pidamos por nuestra madre la Iglesia, por nuestros sacerdotes que son la esperanza nuestra que cuando estamos en pecado recurrimos a ellos arrepentidos de nuestras debilidades.

Entonces, yo les pido a todos ustedes, hermanos: Hagan una buena confesión en esta semana si es posible y reconcíliense de una vez y para siempre con Jesús. Lo digo porque a veces nos confesamos y después volvemos a lo mismo, las mismas debilidades las cometemos de nuevo y no podemos seguir así porque Jesús está presente en todos los altares del mundo y presente en nuestras familias, en nuestros hogares, en los detalles de la vida diaria. Él está entre nosotros de la manera más natural; no lo vemos, pero sí percibimos su presencia y debemos saber que cuando Él se mueve viniendo a nosotros directamente es porque nosotros necesitamos de su aliento divino, de su amor para enfervorizarnos y llenarnos del amor de los justos.

Ahora, – les vuelvo a repetir – madres de familia, padres de familia: Cuiden de sus hijos, velen de sus hijos, responsabilícense de sus hijos. Es la hora del despertar de conciencias y es necesario cumplir con el gran deber de padres que han contraído, una responsabilidad con su familia, con sus hijos. Los hijos son lo más grande que tenemos, son nuestra esperanza, son nuestra ilusión, nuestra alegría. Entonces, hijos, ocúpense de sus hijos. Yo sé que nos ocupamos todos los padres, pero algunos se descuidan y los llevan donde no deben ir; no se puede estar sacando a los hijos de un lado para el otro donde no hay moral ni hay respeto porque a veces se cometen esos errores de dejarlos a la merced de los demás y vienen los dolores grandes del alma.

Y ahora, debo decirles: Hay algo muy grande en medio de nosotros y que conviven con nosotros: nuestros sacerdotes. El sacerdote es un padre, un padre que cuida de sus ovejas, un padre que ama a sus ovejas, un padre que enseña a sus ovejas a caminar mejor, a andar mejor, quizás todos no sean perfectos porque la perfección no existe en este mundo – es muy difícil – pero la mayoría, yo creo, son buenos de verdad y perfectamente cumplen con sus deberes. Con esos que cumplen sus deberes, que son fieles, que son parcos en su hablar y bien ordenados con sus mentes, con sus corazones correctos tengan confianza, confiésense, háblenles, déjense guiar para que así puedan ayudarnos a caminar mejor; y digo caminar mejor, porque nos identificamos con ellos y debemos realmente mejorar nuestra calidad humana.

Los ancianos – ¡Qué hermoso es un anciano! – han pasado por todas las etapas de la vida; cuánto han pasado, cuánto han sufrido, cuántos llantos de los nietos, de la familia, cuánto dolor cuando se ha perdido al esposo o se ha perdido a la madre. Amémoslos mucho, amemos a nuestros ancianos, démosle nuestro amor, nuestro corazón, la comprensión debida. Todos vamos a ser ancianos. Yo soy anciana y uno se complace en ver a sus nietos alegres y felices porque en realidad somos felices cuando vemos a nuestros nietos, quizás muy tremendos muchas veces, pero nos complace verlos reír, correr, brincar, saltar… eso nos llena el corazón. Amemos a nuestros ancianos.

Yo amé mucho a mi madre, fue para mí como una reliquia sagrada, no la olvidaré nunca porque fue una gran mujer. Así todos nosotros, nosotros todos: Amén a sus ancianos, no los dejen solos, no los dejen tristes, alégrenles el corazón con un detalle, con una sonrisa, con una flor, con una pequeña dádiva de algo que les alegra el corazón. ¡Qué bellos nuestros ancianos, qué hermosa es la ancianidad completada por el amor de la familia!, nuestra familia, nuestros, hijos, nuestros nietos, nuestros primos, nuestros tíos, nuestros padre ancianos; todo un compendio de vida nueva.

También los jóvenes, le hablo a los jóvenes: La juventud es hermosa, la juventud es clara muchas veces… claridad de mente, claridad de espiritualidad porque hay muchos que son muy claros en sus conceptos. Tenemos que ayudarlos a crecer más y más. Nosotros los padres tenemos que amar a nuestros hijos y darles a entender que los amamos, sí, pero que ellos tienen que corresponder a sus padres dando la talla espiritual para que así se abran a vivir una vida auténtica cristiana de verdad.

Y ahora, hermanos, creo que es tarde, tenemos que dormir todos, reposar. Yo he querido solamente darles una relación de lo que es la familia. Ámense las familias, crezcan las familias, consoliden la familia con todos sus hijos, con todos sus seres queridos – eso es lo más importante – amarse la familia, unirse y amarse uno al otro, darse las manos y operar todos con la familia porque es lo más hermoso que tenemos… nuestros seres queridos para que crezcan y converjan en ideas de superación espiritual viviendo el Evangelio.

Ahora, me cuesta decirles que realmente quería hacerlos sentir que la relación familiar es lo más importante que tenemos, nuestra familia, nuestro hogar, nuestros seres queridos, porque yo lo que estoy viendo en el mundo es la falta de amor.

Tenemos que amarnos, vivir el Evangelio, la Eucaristía diariamente, amar a nuestros sacerdotes y a nuestras religiosas que están trabajando tanto en los orfelinatos. Yo deseo que todas las hermanas del mundo, las monjas, sigan adelante convencidas de que están haciendo tanto bien a las almas en los hospitales, en las casas de familia muchas de ellas trabajando con los ancianos. Ello es una labor muy hermosa. Las felicito. Sigan adelante siendo humildes, generosas, compasivas con sus hermanos.

Y todos ustedes, hermanos, llévense a su casa a Jesús, regresen con el Señor, llévenlo a sus casas en sus corazones con un fuego, con una llama. Piensen que tienen una llama en su corazón, una llama prendida, un fuego que estremece sus almas, estremece sus corazones, toda su persona para que así sientan sonreírles la vida, sonreír continuamente porque la vida es dulce, es apacible, es generosas, compasiva… habrá mortificaciones, pero hay también mucha suavidad, mucha ternura, mucho amor. Conserven su vida en la fragancia de las rosas de María, de mi Madre Santísima. Les ofrezco las rosas más hermosas de su jardín.

Y ahora, me despido diciéndoles: Sean generosos, compasivos, humanos, humildes y más que otra cosa muy serenos. La serenidad es la base primordial del hombre, aunque haya problemas de todo tipo hay que refrescar la mente para que entre la docilidad con sentimiento y dar paso al amor de Jesús, es un amor que entra en todos vosotros.

Ahora, reciban mi humilde bendición. No soy nada, no valgo nada; soy una pobre mujer como cualquiera otra de ustedes, pero que en el corazón tiene un gran amor a su Señor Jesús.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón desde hoy, les guardaré,

les guardaré, les guardaré aquí, en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Desde niña mi vida ha sido la Eucaristía, toda la vida, esto ha sido mi alimento. Yo hubiera sido religiosa, yo estaba con las religiosas, pero Dios me quiso en el mundo y por eso estoy aquí.

Así, pues, alegren sus corazones. Van a sentirse renovados, felices, como algo nuevo, yo no les puedo explicar, pero van a sentir algo: una dulzura, una suavidad; ya no van a estar con un carácter ni muy angustiados, no… con una ternura y con una suavidad grande.

Que Dios me los guarde y me los bendiga.

Gracias a todos.

(Aplausos.)

Aquí tienen a este gran sacerdote que es un báculo para todos ustedes; ámenlo, respétenlo, convivan con él con la Santa Misa que es lo más grande que puede tener un ser humano, la Santa Misa diaria; la Comunión, ese debe ser nuestro alimento.

Gracias, Padre; Dios lo guarde.

(Aplausos.)