Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia San Pedro, Merchantville, Nueva Jersey, EE.UU.

Jueves, 21 de octubre de 1999 8:45 p.m.

  • El Ángelus.
  • Gloria

Buenas noches a todos a los sacerdotes, religiosas y a todo este Pueblo de Dios, un pueblo que ama y siente a su Señor, un pueblo que anhela justicia social, un pueblo que anhela la educación de sus hijos, un pueblo que habla y siente lo que dice.

Entonces, yo diría, estamos aquí para sentir al Señor pulsar nuestras almas, nuestros corazones, nuestro conocimiento humano para que el Señor se haga sentir en los corazones, en sus almas, en sus mentes, en su espíritu para que así riegue con su ternura, con su amor nuestras almas, a todos nosotros presentes, especialmente a nuestros sacerdotes, nuestras religiosas, nuestros seminaristas y este gran Pueblo de Dios, un pueblo que ama y siente a su Iglesia, nuestra madre la Iglesia – lo más importante para nosotros – la madre la Iglesia, nuestro modelo, nuestra esperanza, nuestra ilusión, la Iglesia, el Santo Padre el Papa, los sacerdotes, las religiosas, el Pueblo de Dios.

¡Qué hermoso es tener una madre la Iglesia como la nuestra!, que nos enseña, nos modela, nos cultiva, nos manda a salir afuera, hijos míos, a llevar la Palabra de Dios, la gran Palabra de Jesús del amaos los unos a los otros; un amaos que nos concientiza, nos fervoriza, un fervor innato que nace del alma, un corazón abierto a la gracia, un corazón que siente, que habla, que discierne, un corazón que se da a sus hermanos.

Hermanos, amémonos todos, conservemos frescas y lozanas nuestras almas, nuestros corazones; especialmente nosotros los ancianos, diría yo, porque el anciano necesita amar y ser correspondido en el amor, en las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Qué hermosa es la caridad, darnos, darnos, darnos a quien nos necesite; no importa de dónde vengan ni cómo lleguen lo importante es dar la Palabra de Dios, una mirada, un apretón de manos, una caricia.

Qué hermoso es sentir que Jesús convive entre nosotros, porque Jesús convive entre nosotros, Él nos vino a enseñar y a donarnos su amor, su ternura y ello es lo más hermoso que tenemos: a Jesús en la Eucaristía, en el sagrario, allí esperándonos a todos, Jesús dándose enteramente a todos nosotros, a sus sacerdotes que lo pueden llevar en la mano, los sacerdotes que son su reliquia preciosa porque ellos son la prenda amorosa que escogiera el Señor para prender en estos corazones la fe, el amor, la confianza, la solidaridad humana. Ellos son nuestros maestros, nuestros guías, nuestros defensores, nuestro apoyo moral.

En la confesión nosotros podemos desahogarnos y poder recibir la bendición y la absolución de nuestros pecados, ello nos ayuda verdaderamente a realizarnos; y digo realizarnos, porque cuando uno se confiesa y recibe a su Señor sentimos un alimento muy grande en el alma, en el corazón y la vida nuestra cambia completamente.

Es por ello, hermanos, los llamo a la bendición del Señor, la bendición del sacerdote es la bendición del Señor, la bendición del sacerdote es la familia cristiana que ellos van pulsando, van llevando, van protegiendo con sus oraciones, con sus plegarias.

Entonces, yo diría que estamos aquí porque el Señor me lo ha pedido, porque he recibido una invitación y porque en realidad Jesús quiere hacerse conocer más. Él es tan humilde, tan generoso, tan compasivo, Él desea tocar todos los corazones en esta noche, a todos los tristes, especialmente a los enfermos y – diría yo – a los niños también, aunque haya pocos niños. Porque Jesús ama a los niños, Jesús ama a sus apóstoles que son los sacerdotes, Jesús ama a las madres, Jesús ama a los padres de familia, Jesús está aquí para darnos su amor.

¿Y cómo nos va a dar ese amor? Nos los va a dar demostrándonos que Él convive entre nosotros, que Él se dirige a nuestros corazones, a nuestras mentes para recibirlo auténtico, un Jesús vivo y palpitante que desea realmente convivir entre nosotros. Convivencia, hermanos, una convivencia verdadera, sencilla, humilde, espontánea, natural que salga de nuestras almas para sentirlo a Él en esta noche.

Y ahora debo decirles a las madres de familia, llamo a las madres de familia: Lo más hermoso es la madre, una madre que ama, que siente a todos sus hijos, que se preocupa de todo, especialmente de esa criatura; la madre que no duerme por las noches muchas veces esperando cuando los hijos salen a la calle, la juventud, esa juventud que sale, que desea conocer el mundo, que desea encontrarse con sus amigos, si ellos supieran verdaderamente lo que siente esa madre en ese momento preocupada porque no llegan temprano; con su oración los cuida, los protege, los ayuda para que no perezcan en la calle, para que se sientan de venir a su casa.

Eso parece increíble, pero la realidad es que es necesario, hermanos, vivir el Evangelio, vivir a Cristo, vivirlo con nosotros, sentirlo. Yo no soy nada; yo soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes, pero que ama y siente a su Iglesia, siente a sus ministros, siente al Santo Padre, siento a todo el que se acerca a mí; y ofrecí dar mi vida por esa madre la Iglesia.

De tal manera, que todas las madres que están esta noche aquí recibirán una bendición especial del Señor… los padres de familia, los hijos todos unidos y Él se hará sentir en cada corazón de una manera espontánea y natural, nunca sentida por vosotros. Parece de mi parte una especie de soberbia, pero lo digo con humildad porque Ellos están aquí especialmente viviendo con estos sacerdotes santos.

Ésta es la segunda vez que vengo y realmente me siento conmovida, y me perdonan porque es que no me he sentido bien estos días, pero yo quise venir cuando me invitaron y esto me da la gracia de poder estar aquí.

Las religiosas… ¡Qué hermoso es ser una religiosa!, cuando uno da su vida al Señor, dar su vida en pos de los que necesitan de vosotras para sanear, aliviar los enfermos; para consolar a los tristes; para aliviar las cargas que tengan. ¡Qué hermoso es ser una religiosa! Yo deseaba serlo y vivir entre ellas, cuidando de los enfermos, consolando a los niños, aliviando la carga de los demás, pero Dios me quiso en el mundo con una gran familia.

Y ahora, hermanos, vosotros sacerdotes, yo les doy las gracias por haberme invitado, de sentirme entre vosotros en la Santa Misa, – la calidad humana de ustedes – fue algo tan hermoso que me conmovió, pude recibir a mi Señor en la Eucaristía y ello me ha tocado profundamente en mi corazón.

Y estos seminaristas con mucha humildad, con mucha paciencia en sus puestos, con una serenidad grande, con una esperanza en sus labios y me ha tocado profundamente. Los siento a todos en mi corazón.

Y ahora, reciban una humilde bendición; una bendición para que los enfermos mejoren, algunos sentirán un deseo de sobrevivir y algunos que están enfermos serán curados, y aquellos que tengan algún problema recibirán la gracia.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón desde hoy, les guardaré,

les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Y ahora, hermanos, pasemos a cada uno de vosotros: En esta noche el Señor quiere recogernos a todos. Recojámonos todos en silencio y con un deseo de que sus sacerdotes muy unidos compaginen sus almas en una sola alma para que todos recibamos la esperanza de días mejores para seguir el camino emprendido hacia la luz de la verdad, del conocimiento divino. Esto es lo que se necesita en estos tiempos, seguir a los sacerdotes y ellos guiar a sus ovejas y que esas ovejas obedezcan viviendo el Evangelio, siguiendo los pasos del Señor.

Yo no soy nada, hijos, pero sí amo al Pueblo de Dios, los amo a ustedes Estados Unidos de América, y siento que más bien debe ser cuerpo a cuerpo, no dando discursos largos, no. El Señor nos quiere espontáneos y naturales, suaves, tiernos, generosos y compasivos con nuestros hermanos.

Gracias a todos.

Que Dios los guarde y los bendiga.

Muchachos seminaristas, sigan su camino, tomen su cruz para que se realicen como entes de luz en el mundo pudiendo dar la Palabra del Señor a todos sus hermanos, convirtiendo a los pecadores, ayudando a la juventud y pidiéndole al Señor que puedan realizarse en el sacerdocio.

Gracias a todos.

 

(Dirigiéndose a los sacerdotes.)

El Señor sabe lo que hace, éstas son cosas de la naturaleza humana. Las cosas de Dios son perfectas.

 

(Dirigiéndose a una familia con una niña enferma de epilepsia quien dejó de caminar.)

[…] ustedes han ido viendo que ha habido una mejoría, mejoría de detalles.

Mi amor querido, mi dulzura, mi estrella que se escapó del cielo.

Dios nuestro Señor los está convirtiendo, los está salvando a ustedes. Piensen que si se hubiera muerto hubiera sido muy doloroso, en cambio les ha dado el consuelo de dos hijos más.

Ella sufre, pero bueno, ¿cómo se hace?

Tranquilo, hijo, que Dios te dé el valor necesario.

Tienes un buen marido y tú tienes una gran esposa. ¡Qué valores! Cuando hay valores en la familia lo tenemos todo, valores humanos, calidad humana y caridad continuamente, una gran caridad hacia todo lo que te rodea, todo lo que contiene vida de Dios.

Ella está atendiendo y se está dando cuenta de todo.