DISCURSO DE LA SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI
IGLESIA SAN IGNACIO
GRAN CAYMAN, ISLAS CAYMAN, B.W.I.

LUNES, 8 DE JUNIO DE 1998  7:00 P.M.

 

  • El Ángelus.
  • Gloria.
  • Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
  • Corazón Inmaculado de María, sed la salvación mía.

 

            Buenas tardes a todos. Todos estamos unidos allí en el sagrario con Jesús sacramentado, con su Cuerpo místico que nos alimenta cada día cuando nos acercamos a nuestra Iglesia, a nuestra Parroquia. Allí está Él esperándonos a todos para alimentarnos, para vivir con Él dulces y suaves momentos de esperanzas infinitas de nuestro cielo eternal.
            He aquí que Jesús nos llama a todos, está llamando al hombre del mundo entero a convivir con Él para que aclamemos al mundo: Jesús se hace presente cada día en los sagrarios del mundo entero, pero Jesús, habrá un momento en que se hará sentir a pleno día en todas las naciones del mundo. ¿Les parece un sueño imposible? Hermanos, vayamos preparándonos, es una tarea muy fuerte, muy dura. Tenemos que orar, meditar, recibir al Señor diariamente y vivir vida apostólica, vida de Dios imitando las virtudes de todos los santos, de todos los que siguieron a Jesús… sus apóstoles.
            Qué hermosos días aquéllos cuando Jesús caminaba yendo de un lugar a otro con sus hermanos apóstoles, viviendo cada día el encuentro con personas que seguían sus pisadas buscando la luz de su nuevo amanecer, de su caricia suave, de sus palabras.
Qué palabras las suyas, cómo nos llamó a todos, cómo nos recogió, cómo vino Jesús, Señor Padre Nuestro. Vino a salvar a toda la humanidad, a toda esa humanidad que deseaba la luz del Padre Nuestro que está en el cielo con la gloria del Espíritu Santo con sus siete dones para darnos la luz del conocimiento divino, con la esperanza de vivir el Evangelio; y digo Evangelio, porque tenemos, hermanos, todos derecho a la evangelización.
            La evangelización es lo más hermoso que pudiera haber en el mundo, encontrándonos todos, hermanos con hermanos de distintas razas, de distintos pueblos y naciones para darnos las manos, para ayudarnos unos a otros, levantando nuestro corazón al Señor pidiéndole misericordia para el mundo, misericordia por todos los niños del mundo, por todos los jóvenes, por todos los adultos, ancianos, por todos… familias enteras siguiendo a Jesús, tras Él, sus huellas, para recibir la luz del Espíritu Santo.

  • Ven, Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz que ilumine al mundo, al hombre para estar allí Contigo, con Jesús enseñándonos de nuevo a recibir la gracia vuestra. Sí, Espíritu Santo, ven suavemente, ven, acércate a nosotros en esta tarde en esta Iglesia tan bella y hermosa que nos invita a la oración de mi Padre San Ignacio de Loyola a quien yo he amado tanto desde niña.

 

            Esto ha sido una de las cosas que me ha sorprendido más… que fuera él. Yo soy tan devota de San Ignacio, yo tengo sus meditaciones al lado de mi cama, en mi mesa de noche y cada noche cuando me acuesto las leo, leo las meditaciones suyas. Son un ejemplo vivo de su sabiduría, de su grandeza, de todo lo que él hizo. Cuánto ejemplo dejó, cuántos se han salvado… los Jesuitas… los amo a todos.
            Sí, hermanos, Dios Señor Nuestro nos da muchas sorpresas que nos hacen dóciles a su llamado, a su caricia, a su ternura y a darnos el valor moral, espiritual, mental concientizando realmente por qué estamos aquí, por qué vivimos, por qué realmente estamos cerca los unos a los otros; y no es otra cosa sino para ayudarnos, para darnos las manos, para unirnos, para que cada cual exprese sus ideas, sus sentimientos, sus valores morales para que cada cual pueda apreciar cuánto vale un hermano.
            ¿Quién es tu hermano? ¿Por qué estamos nosotros reunidos? ¿Por qué quiere el Señor tantas cosas de nosotros? Quiere cosas buenas, que vivamos en cónsona con esa madre la Iglesia, nuestra madre la Iglesia que es grande y poderosa.
No hay nadie que la iguale; ella es majestuosa, sublime, perfecta, diría yo, con todas las debilidades que pueda haber entre nosotros, pero es perfecta. Qué hermosa es nuestra madre la Iglesia; y digo madre la Iglesia, porque ella me ha llenado tanto la vida y ese amor que me ha demostrado me ha ungido, quizá, del óleo santo de mi Señor para que sea humilde, verdaderamente generosa, compasiva con mis hermanos.
            Quiero ser mejor, Dios mío, cada día mejorar y que todos mis hermanos de camino mejoren su actitud frente a la vida, recordando que Jesús sufrió tanto. Cómo iba por la vida, por los caminos de Jerusalén dando su Palabra, extendiendo sus manos a los niños, a las madres, a los jóvenes curando y haciendo tanto bien.

  • ¡Oh mi Señor Jesús!, qué gracia tan grande nos has dado a todos nosotros los cristianos para avivar nuestra fe y nuestro conocimiento iluminando nuestras faces, nuestras vidas… una porción de vida, pero una vida en realidad que constituye la siembra del Maestro. ¡Oh, Maestro de mi alma, cuánto te amo, Señor!

 

Si pudiera proclamar al mundo: Jesús convive entre nosotros, está conviviendo con la humildad paciente de su amor, con la sabiduría infinita de su ternura, con el buen consejo de cada día para cada familia, para cada joven, para cada adulto, para cada anciano encorvado por los años; allí está Él en todos nuestros hogares, en nuestras familias. ¡Qué hermoso es creer en Jesús!
            Los llamo, hermanos, a todas las razas, a todos los pueblos del mundo a amar y a sentir a Jesús que es el Hijo de Dios, es el Cristo crucificado por nuestro amor, es la Resurrección y la Vida, la Vida y la Resurrección del hombre. Tenemos que resucitar todos los días con Jesús, sí hermanos míos, en la Santa Misa. No solamente el domingo, no, si es posible cada día. La Santa Misa ennoblece el corazón, vivifica el espíritu, transforma nuestras vidas en un querer, en un vivir, en un convivir diario con nuestros hermanos de camino.
            Aceptémoslos a todos, no vivamos egoístamente con nuestros problemas o nuestras alegrías. Vivamos unidos con tu hermano que tienes al lado, con tu vecino, alguien a quien tenderle por la mañana la mano, una mirada, un consejo, una ilusión, una esperanza. Qué hermoso es saber convivir con los hermanos de camino. Tenemos que aprender a vivir y a conocer los corazones; y si hay alguno un poquito así… pues, que no nos entienda, que no comprenda nuestro lenguaje, amémoslo de todas maneras y pidámosle al Señor que lo ilumine y que lo transforme, que vivifique su espíritu y que verdaderamente sea ejemplo vivo de la Iglesia, de su Iglesia, de nuestra Iglesia.
Tenemos que amarnos todos, todos los amigos somos hermanos por una misma Sangre, por un mismo ideal. ¿Por qué? Porque somos hijos de Dios, somos parte de la Sangre de Jesucristo derramada en la Cruz para liberarnos de las ataduras del hombre.
Sí, por ello tenemos que tener mucho cuidado de que la tentación no nos arrastre. La tentación está siempre a nuestro lado para caer en el pecado; tenemos que estar libres de las ataduras del pecado, de la malicia, del verdugo, del enemigo, especialmente los jóvenes cuando comienzan en la edad de los catorce, quince años y comienzan a sentir tantas cosas.
Sí, hijos, jóvenes, yo los guardo en mi corazón porque son tantos jóvenes que hay en mi vida, tantos jóvenes.

  • Señor, gracias te doy por rodearme de todos y ellos que han permanecido a mi lado siempre para crecer, Señor, para que Tú los ayudes, Jesús, los ilumines, los protejas, los guardes, los bendigas para que no se pierdan.

 

  • He aquí, Señor, que he venido aquí a recoger tanta juventud, tantos niños inocentes, a recogerlos para entregártelos, Señor. Te entrego todo este sector de las Islas del Cayman, todas estas familias con sus hijos para que Tú los bendigas, para que Tú los sigas, para que los protejas, para que los ilumines, los defiendas. Sí, Señor mío y Dios mío, tómalos en tus brazos, Señor, para que no se pierdan. Y aquéllos que ahorita vacilan en medio del camino y se sienten impulsados por las tentaciones, líbralos, Señor, recógelos y llévalos al aprisco sagrado para que así renuncien al mundo del pecado y vivan una vida auténtica cristiana de los hijos de Dios.

            Sí, hermanos, estamos aquí porque el Señor lo ha querido así y siento en el corazón algo tan grande, tan hermoso, tan bello, tan dulce, tan suave que me parece haberlos conocido toda la vida, haber convivido en esta isla, haber paseado sus playas que todavía no conozco, pero las siento en mi corazón… esas playas hermosas que me dicen los muchachos que han ido… pero soy feliz, me siento feliz.

  • Señor, gracias te doy por todos los beneficios a nuestras almas y especialmente por encontrar una Iglesia abierta, con sus puertas de par en par para recibirnos.

 

Dios bendiga al Padre. También el Padre es joven y necesita salir adelante, pasar por muchas, muchas cosas para poder así, verdaderamente realizar la labor que temple el espíritu de este pueblo y una a tantas familias, que se sienta el amor de Jesús en todos los corazones.

  • Ayúdalo, Señor mío y Dios mío, para que persevere hasta el final con el corazón y con su mente.

 

Porque él está joven todavía y es hombre, pero yo sé que ese hombre tiene fuerza de voluntad y un corazón abierto a la gracia y tiene un don, el don del entendimiento para entender realmente lo que significa ser un santo sacerdote, un buen sacerdote, que siempre sea respetado, y convivir al mismo tiempo con su pueblo, con sus feligreses, con su gente que lo ama.
Dios lo bendiga, Padre.
            También pido por todos ustedes que han venido que contribuyeron para nuestra venida. Sí, hermanos, yo se los agradezco con mucha humildad, la buena disposición que tuvieron. Yo no soy una gran cosa, soy como cualquier otra persona, pero hay algo en mí, que amo mucho a los seres, los amo por Jesús, los amo por María, los amo por mi Dios, lo que he hecho es amar y sentir el calor y el fuego del amor de Jesús en mi corazón.
            Y ahora, hermanos, los invito – yo sé que lo harán aquí – que no falten a los Jueves Eucarísticos, la Hora de Adoración todos los jueves. Qué hermosa es la Hora de Adoración, qué hermoso es sentir a Jesús con su suavidad y ternura a nuestro lado embriagando nuestras almas con la luz votiva de su cuna de amor en Jerusalén donde nació, donde vivió y desarrolló sus facultades y gracias por su Padre eterno de los cielos que con el Espíritu Santo, en unidad los tres forman las tres divinas personas de la Santísima Trinidad.
             Ahora, deseo que en sus hogares no falte la luz votiva al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María, esos dos Corazones generosos, compasivos, humildes llenando con alegría, de suavidad y ternura vuestros corazones. Sí, hermanos, los Corazones de Jesús y de María… Amen a esos dos Corazones, esa es una advocación maravillosa.

  • Corazones de Jesús y de María en un solo corazón, tened compasión y misericordia de nosotros.

 

            Sí, hermanos, verán muchas cosas bellas que les van a suceder. Por supuesto, todo no puede ser maravilloso, pero sí van a tener sus inspiraciones, las gracias derramadas del Espíritu Santo, en cada uno va a ir obrando, encomiéndense; y lo vuelvo a repetir, no me pierdan la Santa Misa si es posible cada día, ello da vida sobrenatural, coraje y una gran ternura para saber aceptar las cosas, por duras que sean en la vida con un:

  • Amén, Señor, cúmplase tu voluntad. Haz de mí lo que Tú quieras, para lo que me quieras, donde Tú quieras, para lo que Tú digas, Señor. Yo quiero trabajar y darte gloria y vivir el Evangelio, transformar mi vida y ser mucho mejor, mejor, cada día mejorar mi actitud frente a la vida para poder dar lo mejor que pudiera tener.

 

            Sí, Jesús; sí, hermanos, háblenle a Jesús como si Él fuese su Hermano Mayor. Qué hermoso es sentirlo cerca y convivir con Él en plenitud de amor, siendo una realidad que Él está cerca, que no es un sueño, que no es una locura, que no son pensamientos confundidos por el ardor de un amor grande, no. Sí, es sereno, es serenidad lo que se siente, es paz, es armonía interior, es lucidez mental, es fuerza constructiva en todos nosotros, es base sólida para poder sentirnos conscientes de lo que estamos haciendo.
            Sí, veo allí una religiosa. Qué hermoso es ser religiosa; ese fue mi sueño toda la vida desde niña, pero me quiso en el mundo cuando me dijo: “Prepárate, hija mía, con la oración, con la meditación, con la penitencia, con la Eucaristía cada día porque tendrás que enfrentarte con un mundo desconocido hasta ahora para ti.” Y yo le decía: ¿Señor, qué puedo hacer yo en el mundo?, yo siendo monja, ofreciéndome a Ti, sería mucho más feliz. Él me decía: “Hija, escucha.”
            Fue una batalla mi niñez, hasta que me mandaron a Roma y allí conocí a mi esposo y allí me casé. Cuántas cosas han pasado. Quizá, yo no tenga por qué contarles estas cosas a vosotros, pero me salen del alma, del corazón.
Los quiero como si fuesen mi familia, como si algo nos uniera y no es otra cosa que el amor de Dios, el amor de mi Jesús, el amor de María, el amor de todos nuestros apóstoles que lo siguieron a Él y el amor de nuestros hijos.
            Qué hermosos son los hijos, qué hermosa es la familia, siempre hay inquietudes por supuesto, porque somos madres, pero es bello sentir cuando nuestros niños eran pequeños llorando, pidiendo su biberón y poder dárselos; los primeros días o meses dándoles nuestro seno materno, con nuestro pecho poder alimentarlos. Qué bello es todo ello… y después su crecimiento, – cómo van creciendo – sus primeros pasos, sus movimientos hasta que llegan a la edad de doce años, más o menos cuando son niños, pero al mismo tiempo van siendo suavizados por nuestro amor de madre y después, hasta que llegan a grandes, hasta que llegan a hombres maduros y mujeres maduras y tenemos que prepararnos para cuando llegue el matrimonio. Si los hijos se diesen cuenta lo que es desprenderse de sus hijos.
            Entonces, hijos, les estoy hablando como si estuviese sola, sí, porque realmente siento esto. Es hermosa la vida, es bella, irradia a nuestro alrededor porque ha sido fecunda y abierta a la gracia de cada uno de nosotros.
            Sí, tengamos confianza, desde hoy en adelante, siento en mi corazón que los que tengan una pena; un quebranto; una enfermedad; una fuente de trabajo que no tengan la obtendrán, esa fuente de trabajo; nuestros hijos si hay alguno enfermo, Dios lo sanará; el que tenga alguna angustia por sus hijos, también verán el amor de mi Jesús y mi Madre Santísima; y todos aquéllos que estén luchando para lograr algo que han soñado toda la vida, si Dios quiere y la Virgen se les concederá.
Y digo ello, porque el Señor es tan sencillo, tan honesto, tan sincero con nosotros que lo que nosotros le pedimos Él nos lo concede, cuando no nos lo da es porque no ha llegado el momento de dárnoslo, no ha llegado ese momento; tenemos que saber esperar, confiados en Él con mucha humildad y sencillez, con una entrega completa. No puede ser que no sabemos lo que queremos, no, no. Tenemos que ser precisos en nuestras convicciones, en nuestro modo de entender la vida, tenemos que verdaderamente dar la talla espiritual a Nuestro Señor para encontrarnos cada día con Él para alimentarnos en su Templo maravilloso.
La Iglesia, la Capilla, el Templo todo ello es obra de Dios que toca a los jóvenes para que se hagan muchos sacerdotes y comience la misión de los hijos de Dios. Son los sacerdotes, son nuestros superiores, ellos que impulsan aquéllos que vienen detrás para ayudarlos a crecer y desarrollar su potencial humano para abrir rutas y caminos a los que viven detrás.
Es por ello, amemos a nuestros sacerdotes con respeto y con consideración y respetemos lo que nos diga en el confesionario para que nos dé la absolución y seguir sus instrucciones. Tenemos que hablar y no esconder los pecados y no tener miedo de decirlos. No somos perfectos, no existe la perfección humana, todos tenemos nuestros pro y contra y tenemos que ser verdaderamente muy justos y vivir vida auténtica cristiana.
            Ahora, hermanos, un poquito más.
Ustedes me dirán: “¿Cómo fue eso que la Virgen Santísima se le apareció en Betania, qué pasó cuando se le apareció a usted, Sra. María Esperanza?” Y yo les diré: Fue de una manera tan suave, tan tierna que me conmueve mucho cuando lo recuerdo. Ya ella me venía preparando y diciéndome, desde cuando era una niña, que habría una tierra que me esperaba, una tierra humilde, una tierra pobre, pero que allí ella se haría sentir.
Fui levantándome con aquella idea, pues así uno tiene sus momentos, pues donde uno dice: ¿Cómo a mí, cuándo? A pesar de que yo tenía mucha fe y comulgaba todos los días. Yo tuve siempre eso de sentir a la Virgen Santísima que me hablaba.
Luego después, bueno, me casé, tuve a mis hijos, se compró la tierra y ella me dijo: “El 25 de marzo, hija mía, ve a Betania con un grupo de familias porque yo vendré.” Le dije: Madre, si tú me hablas y me das mensajes... Me parecía como que yo la estaba forzando, como un pecado… no, no. Yo le dije: Madre mía, si quieres, yo no quiero que tú vayas a venir, yo forzarte a ti de que tú tengas que venir. – Mentalmente así. – Y Ella me dijo: “No, hija, ha llegado el momento.”
            Ese día fuimos… éramos como 150 personas, quizá era el grupo más grande, porque primero ella vino. Se apareció, fue algo único, algo grandioso, todo el mundo llorando de ver esas cosas así… todos los fenómenos, no la veían a ella, pero veían, pues los fenómenos del sol bailando así con colores, resplandores en el sol con rayos azul y verde, de colores bellísimos, rosa y violeta; todos creyendo que en verdad yo veía a la Virgen y ella me dijo: “Yo vendré dentro de ocho años, vendré y me haré ver para todos los que estén allí.”
Ese día oficiaron la Santa Misa, después de tantos años, ocho años pasaron. “Entonces, yo vendré y me acercaré y todos me verán. No tengas miedo.”
            Y así fue, ese 25 de marzo fue algo único. Habíamos ido a un refrigerio a la casa. Por cierto, una amiga mía de Roma, María Guiso, había traído un guante de Padre Pío y lo dio para la bendición y para que lo besáramos. Estaba el Padre, el que dijo la Santa Misa, Monseñor Laborén, estábamos allí y en ese momento vinieron unos niños corriendo: “La Virgen, la Virgen, corran, corran, la Virgen.”
Salimos corriendo tras ellos a la gruta y majestuosa estaba – qué belleza, Señor – sonreída, bellísima. No fui yo la única que la vio, la vio todo el mundo, había de todo, había gente pobre, había de posición, habían médicos, militares, bueno, de todo había, había también un siquiatra, había de todo. Bellísimo, bellísimo, éramos 150.
Y pasó algo bellísimo… fue como que se paralizaba todo, uno está en otro mundo y que vuelve; yo creía que era la única, pero todo el mundo sentía igual. Después vino como un incendio en la foresta. ¿Qué pasaría? Y entonces, aquello pasó, la candela desapareció, toda esa zona era pura candela y después un viento, los pelos nos volaban. Y luego después se apareció por última vez con su Niño en brazos para ofrecérnoslo, fue algo tan bello.
            Son vivencias tan grandes que no hay palabras cómo expresarlas, quizá yo no lo hablo tan bonito como otras personas, pero yo quería para que compartieran eso, para que ustedes vieran que sí existe. Existe Dios, existe la Madre Santa, existe una gran verdad, la verdad de que cuando tenemos buenos sentimientos, tenemos un corazón abierto a la gracia, una mente a la disposición del Señor, un corazón que siente que el Señor obra en nosotros, vemos lo que tenemos que ver de acuerdo a su santa voluntad.
            Cuando ella hizo así…con su Hijo, que venía con su Hijo, me dijo: “Aquí lo tenéis.” ¡Ay, qué cosa tan grande! Fue así como que nos entregara a Jesús. No lo vi yo nada más, lo vio todo el mundo y yo corriendo así… hacia adelante, fue bellísimo, fue algo único en la historia de mi vida.
Y esto fue un estudio fuerte que hizo Monseñor Pío Bello Ricardo, de la diócesis del Estado Miranda. Yo creo que Geo tenía allí… bueno, son poquitas porque ya las he repartido casi todas, para que vean la Pastoral de él, fue un estudio grandísimo. Fue a Roma y habló con el Cardenal Ratzinger.
Me estudió y por supuesto yo sufrí porque era apretado, pero muy educado, con mucho respecto. Era para ver cómo estaba yo, cómo estaba Geo y a toda la gente la examinó, a todo el mundo, toda esa gente fue, hacían su cita porque ella se seguía apareciendo, tan es así que después de que pasó la aparición así ella siguió viniendo, varias personas la veían.
O sea, que ha sido algo muy hermoso y yo quiero que a ustedes algún día, Nuestro Señor, los premie al sentir y vivir algo semejante. No sabemos, mi Madre es tan buena, ella quisiera que todos los pueblos y naciones la sintieran, porque ella viene a recogernos con la ternura de una Madre que desea salvar a este siglo que agoniza, porque este siglo agoniza.
            Son momentos cruciales, de grandes verdades y de gran convulsión, pero confío – confiemos, mejor dicho – todos con el rosario en mano, el santo rosario diario dicho con la familia para alejar la guerra, toda contaminación con el mundo del pecado y abrir rutas nuevas a los jóvenes, a los niños, a los bebés queridos, a todos para que así reciban la gracia del Espíritu Santo siendo modelados de acuerdo a la voluntad del Señor y nuestra Madre celestial poder prepararnos a todos, a ustedes e iniciar una vida en cónsona con esa madre la Iglesia, con nuestro Santo Padre, el Papa.
            Ya vemos a Juan Pablo II, está dando la talla espiritual renovando la faz de la Tierra con su presencia, con su amor, con su ternura, con su inteligencia, con su suavidad y con su ternura.
Realmente me siento muy conmovida cuando lo veo. Que Dios me le conceda la vida y que si algo le pasa que tengamos el valor suficiente para poder aumentar nuestra fe, nuestra confianza y cumplir con todos nuestros deberes de católicos, los que somos católicos, y los otros que no son católicos que Dios los ilumine para ese momento. Tenemos que estar preparados y afianzarnos a esa piedra de Pietro para vivir el Evangelio reconociendo que es piedra y fundamento, que nada ni nadie podrá contra ella porque Dios está vivo y palpitante cuidando esa piedra.
            Ahora, pues, debo terminar diciéndoles: Vivamos vida auténtica cristiana, sencilla como los niños inocentes; y les digo como niños inocentes, porque cuando uno vive sencillamente, sin complicarse la vida en cosas que no nos atañen uno vive feliz, por eso debemos evitar el ruido, debemos evitar las malas compañías, debemos evitar la soberbia, la lujuria y debemos tener un gran espíritu de humildad, aceptando la voluntad de Dios y creando a nuestro alrededor una barrera donde el enemigo no pueda entrar para tentarnos y caer en sus manos.
Esto se los digo porque todos estamos expuestos, jóvenes y viejos también, entonces, tenemos que abrigarnos con el manto de María, cubriéndonos para que el mal no pueda entrar, y con la Cruz del Señor allí de pie, firmes, diciéndole:

  • Señor, Señor, Tú hablas y respondes por mí. Haz de mí lo que Tú quieras, para lo que me quieras y donde me quieras. No soy nada, pero tengo un corazón que te ama. Te lo entrego, Señor, haz de él lo que Tú quieras.

 

            Y nuestro corazón estará custodiado y liberado de todas las tentaciones.
            Y ahora, para todos, para sus hogares, para sus familias todas las bendiciones de mi Señor, todo el amor de mi Señor, toda la ternura de mi Madre, toda la protección del Patriarca San José y especialmente ante Jesús Sacramentado en el día y en la noche, acercándose al Templo que tengamos cerca donde está Él expuesto. Ello es y debe ser nuestro altar que nos ayuda a realizarnos en hombres y mujeres de un mundo nuevo. El Señor nos ofrece un mundo nuevo de paz, de concordia y de armonía.
            Quizá, no sea por ahora, quizá, falta tiempo por pasar, por ello les ruego: Oren muchísimo, oren para no tener guerras, oren para que el hombre concientize en este momento en el mundo tan difícil cómo se pierden los jóvenes, pero hay que salvarlos a como dé lugar con nuestra oración, no solamente por los nuestros – los hijos – sino por todos los hijos del mundo, todas las criaturas.
            Y ahora, para mis ancianos – somos ancianos ahora – paz, serenidad, oración, contentamiento espiritual y suavidad con la ternura del hijo que tienen a su lado, de los nietos, de su familia; y quien esté solo, quien viva solo pensad que la Virgen Santísima está acompañándolos suavizando esas horas de soledad, haciéndoles entender que ella convive entre vosotros, para todos. Mis saludos y mi corazón de madre les extiendo para afianzar vuestra fe, vuestro conocimiento en las gracias del Señor.
            Que la paz sea con todos.
            En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;
            en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma
            y los guardo aquí en mi Corazón desde hoy, les guardaré
            les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”
            Que la paz sea con todos vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.
            Gracias a todos. Les deseo una feliz noche y que Dios los bendiga a todos. Gracias por su presencia, les llevaré en mi corazón.
Bendito sea el Señor que nos ha concedido conocernos para afianzarnos una vez más ante el Señor de los señores. Bendito sea el Señor.
            Gracias, gracias por todo, me los llevo en mi corazón. Pueden contar con mi oración en mi Hora de Adoración diaria, sí, yo hago esta Hora de Adoración todos los días y quiero tenerlos conmigo, a esta isla bendita del Señor, para que haya fuentes de trabajo para todos, haya caridad humana, sencillez, paciencia, temor de Dios.
            Que Dios esté con todos.
            Gracias.

(Aplausos.)