Sábado, 24 de abril de 1993. 3:40 p.m.
Discurso de la Sra. María Esperanza de Bianchini
Memorial Auditorium
Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Buenas tardes a todos, vamos a orar a Nuestra Madre las tres Ave Marías.

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • El Ángelus.
  • Gloria.

Reverendos sacerdotes y hermanas religiosas con todo este Pueblo de Dios, un pueblo que canta a la Madre Santa llevando su mensaje de amor como esperanza a todos cuantos necesiten la asistencia de esa Madre Bendita, refugio de todos los cristianos del mundo y de todos aquellos que están esperando ante el portal del templo que se abran todas las puertas para entrar todos en adoración a su Señor, a Jesús Sacramentado, Jesús nuestro alimento diario, Jesús que se dio en esa Cruz para salvarnos, redimirnos, santificarnos con su santa Sangre, bendita y amada de quienes lo sentimos y lo deseamos cada día recibir para sentirnos felices como los niños inocentes que corren al lado de sus padres buscando abrigo y protección.

¡Oh, pueblo de Boston! ¡Oh, pueblo de América del Norte! ¡Oh, pueblo bendito llamado a llevar a sus hermanos todos a la conversión! No hayan ricos ni pobres, ni feos ni bonitos, ni blancos ni negros, ni de ninguna otra religión, todos tienen que llegar al aprisco del Señor a beber de esa fuente, de esas aguas santas de una Madre que nos llamó a Lourdes, que nos está llamando a Betania de las aguas santas y se ha hecho sentir en Medugorje con tanto amor haciendo que sus hijos brotasen de su corazón la llama prendida de Jesús en su corazón para ir de un lugar a otro llevando la Palabra del: “Amaos los unos a los otros.”

Es por ello que es necesario que todos nos preparemos porque se avecinan momentos difíciles y es necesario convertirnos de corazón, una conversión en la cual los hermanos separados, al verlo así, al ver que nosotros estamos dando lo mejor de nuestro corazón ellos sientan el aliento divino de Jesús, de esa Madre, soplando el Espíritu Santo sobre de sus almas para que así sean llevados ante el Señor Jesús que los está esperando.

Jesús está en todas partes, en todas las Iglesias del mundo esperando a sus hijos, que no quede uno siquiera que reste en el mundo que no le siga porque Él es el Hijo de Dios, el protector de toda la humanidad. Se dio, se sigue dando para todos aquellos que le busquen, que vengan humildemente con sencillez, con donación personal, con sacrificio, con el santo temor de Dios, no es el temor de Dios que nos pueda castigar, no, por nuestros pecados, no, sino para no herirlo, para no hacerlo sufrir porque Él desea que todos realmente, cumplamos con los mandamientos suyos, especialmente ese gran mandamiento, como dijera el Señor: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado.” ¡Qué palabras hermosas, las de mi Divino Señor Jesús!

Entonces, vamos todos a unirnos en esta tarde llena de sol y de luz, todos alegres, felices, contentos de que hemos estado reunidos todos en un solo corazón latiendo en el Corazón de Jesús, en el Corazón Inmaculado de María, Nuestra Madre que viene a salvar, que nos viene a preparar, que nos viene a ayudar para que nosotros realmente podamos llevar la Palabra de Jesús.

“Venid a Mí todos los que estáis sufriendo, los que tengáis penas o quebrantos. Yo estoy aquí como Pastor de Almas para seguirlos pastoreando y darles mi alimento.”

Hermanos, amados míos de mi corazón por el Corazón de mi Madre, estoy tan agradecida con todos vosotros, pero mi Madre, la Sister Margaret, qué alma especial tienen ustedes, como el Padre que ha venido de Medugorje, qué alma especial, qué corazón gigante, qué alma dedicada a Jesús. Tenía que ser Franciscano, ¡cómo amo a los Franciscanos yo!

Yo soy de la tercera orden, a los 14 años me consagré a mi Seráfico Padre San Francisco y realmente yo entré a la Congregación Franciscana en Mérida, pero el Señor me quiso en el mundo y me llevó a Roma y allí realmente, me dijo: “Hija mía, ha llegado el momento, tienes que ser fuerte, el mundo te espera, irás por el mundo dando la palabra de amor, amor a manos llenas, amor a raudales. No te detenga nada, hija mía.”

Entonces, es por ello que me tienen aquí y deseo que vosotros todos penséis que vosotros también estáis llamados a llevar esa palabra, especialmente la juventud que crece, que está creciendo, que anhela su verdad, esa verdad, hijos míos, búsquenla en Jesús, en Jesús y su Madre. Es María la Madre Santa, la mujer buena, honesta, generosa, la más purísima de las madres, la única Madre Pura y Santa que nos viene a reconciliar con la paz de los justos.

Es paz lo que Jesús nos pide. Paz en nuestras familias, paz en nuestros hogares, paz a donde vayamos... con mucha paz y especialmente muy alegres. Estemos siempre contentos porque la Madre Santa se pone muy alegre cuando nos ve y nosotros la agradamos, llevando nuestras cargas con serenidad y con un deseo de aquilatar la fe de nuestros hermanos.
Bueno, el Señor convive entre nosotros y su Madre Santísima, Virgen María y Madre de la Iglesia, Madre de la Paz, Madre Reconciliadora de los Pueblos, una misma Madre con distintas advocaciones, pero es la Madre de Dios a quien tenemos que seguir para recibir sus consejos y más que todo seguir sus huellas de María de Nazaret, la humilde violeta silvestre, la rosa blanca de los jardines del cielo y María, Madre del Carmelo.

¡Oh Madre mía, aquí está tu pueblo que clama justicia, misericordia y más que todo, comprensión! Es la comprensión lo que nosotros tenemos que pensar porque si la damos a nuestros hermanos nosotros la vamos a recibir también.
Aún más, nuestra Madre nos está pidiendo que nos unamos como se unen las olas del mar cuando van llegando a la playa, a la arena, allí a descansar. Así nos quiere nuestra Madre, todos unidos en todos los mares del mundo, en todas las tierras de todo ese mundo entero, ese mundo entero que se va a salvar de una guerra que podría estallar de un momento a otro y con nuestra oración, con nuestra plegaria, con nuestros deseos de dar de nosotros lo mejor.

Ese mejor que Dios nos ha dado porque ello es lo bueno que Él nos da, quizás no lo pensemos, pero Él nos da lo mejor para darlo a manos llenas a nuestros hermanos y poder así convivir entre unos y otros avivando la fe, es la fe viva de cada día, es la esperanza de la ilusión de días mejores y es la caridad ardiente por el amor de Jesús, Jesús que con su Corazón se dio y se sigue dando a todos sus hijos.

Y en estos tiempos nos presenta de nuevo a su Madre y nos dice: “Aquí está mi Madre, ella los viene a reconciliar, que se amen, que se soporten, que se ayude un hermano a otro hermano y en fin, que vivan vida de armonía y de reconciliación porque es la reconciliación la que tiene que ayudarnos a todos en realidad a vivir el Evangelio.” Vivamos el Evangelio con toda aquella gracia que el Señor está en estos momentos derramando sobre de nosotros aquí.

Y ahora, realmente quiero invitarlos a Betania. Es una aldea, una pequeña aldea pobre donde viven personas de pocos recursos, pero hay amor, hay humildad en ese pueblo. Yo vivo en Caracas, sí, es verdad, pero voy semanalmente. Quisiera vivir allí, transformar mi vida en una vida completamente entregada en los brazos de mi Madre para ayudar a tantos tristes y desvalidos que cruzan por allí.

Yo los invito a que vayan a Betania porque realmente es una enseñanza cómo se comienza y cómo se sigue la labor. Ya lo veis vosotros en Medugorje, cuánto han hecho por Medugorje, cuántas cosas bellas porque mi Madre lo ha querido así, la Madre Santa de la Paz, de la orientación para sus hijos, del amor, de incalculable valor para todos vosotros para sus sacerdotes, para sus religiosas, para esos niños, esos jóvenes que la vieron con los cuales ella se ha comunicado.

Muchas veces por las noches pienso en Medugorje y le digo a mi Madre: ¿Hasta cuando podrán sufrir esas criaturas, ese pueblo?, pero tú lo vas a hacer. Va a suceder algo muy especial de un momento a otro que ustedes mismos se van a sorprender, pero estoy segura que de esta reunión de este día las campanas repiquetearán en todo el Oriente, en todo el Occidente porque Medugorje será liberado. He aquí, por qué me veis aquí.

Y les prometo que muy pronto, yo también voy a ir allí, no importa la guerra. El Señor es tan grande y misericordioso que Él ha de poner fin a este momento en que se van a decidir muchas cosas para el bien, no solamente de Medugorje, pero de tantas otras naciones que viven en guerras y donde la miseria los está arrastrando al verdugo del mal porque es el enemigo, aquel enemigo infiel que pretende ganarse los corazones débiles y flacos.

He aquí, pues: ¡Ya basta Satanás, atrás! Este pueblo de Estados Unidos es fuerte, robusto, firme, decidido y cuando toma sus posiciones son realmente como soldados de Cristo porque son soldados de Cristo que vienen a liberar al mundo.
Su Santidad, Juan Pablo II es tan preciado para nosotros, ha hecho tanto de un lugar a otro llevando la Palabra del Señor con tanta humildad, con esa humildad del pastor que ama sus ovejas, que no las quiere perder, que las quiere ganar todas para Cristo, para María porque él ama a María, siente a María como la sentimos muchos de nosotros aquí. Pidamos por él, una prórroga más de vida porque lo necesitamos.

Nuestra Iglesia es la Iglesia donde el Señor puso sus bases firmes, profundas para que todos nosotros nos apoyáramos allí. Vamos a defender a esa Iglesia, vamos a amar a nuestros sacerdotes, vamos a amar a nuestras religiosas, vamos a amar a nuestras familias, vamos a amar a nuestros amigos, vamos a amar a nuestros enemigos, vamos a amar a todos y perdonemos de corazón a todos para comenzar una vida nueva, libre para conquistar el cielo.

Es tan difícil ir al cielo, pero con pequeñas cositas de la vida diaria en nuestras casas nosotras las madres, nuestros maridos en su trabajo, nuestros niños educándose en su colegio, aprendiendo costumbres, esas pequeñas cosas de la vida.
¡Qué hermosa es la familia de Dios! Somos familia de Dios, somos familias que amamos y sentimos el calor de la Madre María de Nazaret, de María Madre, María de la Misericordia, María Corazón de oro, María Corazón humilde, María la sencilla Madre de Jesús y Madre nuestra.

Y ahora a todos, yo deseo que cuando regresen a sus hogares sientan la presencia de mi Madre con sus rosas, con sus suaves olores perfumados, con la caricia y soplo del Espíritu Santo iluminándoles. Es una brisa suave que llega a nosotros y sentimos deseos de volar, de volar y de ir por el mundo diciendo: Señor, convives entre nosotros con tu Madre. ¿Qué más queremos, Señor? Si estás aquí, Te sentimos en las flores, en un niño inocente, en las aguas, en los ríos, en los valles, en las montañas. Estás en todas partes y allí en el sagrario esperando por nosotros.

¿Entonces, qué más queremos, hermanos, qué más deseamos si Él está con nosotros porque nuestro Padre Celestial lo quiere así? No lo vemos, pero yo sé que muchas almas, sí lo sentimos hondamente, profundamente. Depende de nuestra fe, depende de nuestra vida que hemos llevado y muchas otras cosas, es por ello que no debemos perseguir a los que van por mal camino. Vamos a ayudarlos con nuestra presencia para ayudarlos a salir de esa vida que no es una vida justa, vamos a orar por ellos, especialmente por los jóvenes en la droga, aquéllos también que están viviendo una vida doble, pobres hijos míos, pobres que Dios los ayude.

Es por ello que los padres tenemos que tener carácter. Mucho amor a los hijos, pero carácter al mismo tiempo para que el hijo no tome el camino que lo lleve al mal. Hay que ayudarlos con nuestra presencia detrás. No los dejemos solos. Hay que seguirlos, hay que controlarlos para que así esos hijos crezcan como crecen las plantas reverdeciendo y haya muchas flores, flores ofrecidas a María Madre con su Hijo Jesús en el Padre por el Espíritu Santo, gloria de la Santísima Trinidad.

Doy gracias de nuevo a la Hermana Margaret porque realmente me ha hecho feliz. Yo nunca pensé por ahora presentarme en un gran público como éste, bello, hermoso, iluminado con gracias y carismas del Espíritu Santo porque aquí hay mucho carisma, muchas almas especiales, muchos seres buenos, muchos seres generosos, muchos seres comprensivos y es por ello que los felicito porque han tenido paciencia con esta pobre mujer que ha venido a este pueblo a traerles las rosas de una Madre, una Madre que les abre la puerta y les dice: “Entrad, hijitos. ¿Desean un refrigerio? Tomadlo, tenedlo, que aquí estoy Yo.”
Entonces, mi amadísimo público, no esperen de mí grandes discursos o preparados, no. Yo no podría hacerlo. Soy como soy, como mi Madre quiere que sea, libre de prejuicios, libre de cosas que no me dejen... no. Yo amo, amo por ella, amo todo lo que contenga vida de Dios, amo a las criaturas, amo a las rosas, las flores, los lirios, los enfermos en los hospitales donde están tantos sufriendo, en las cárceles. Hay que ayudar tanto, hay que hacer tanto, pero se necesita dedicación, oración, meditación, penitencia, Eucaristía.

Es la Eucaristía nuestro alimento, debe ser nuestro alimento, no solamente los domingos sino también todos los días, siempre que podamos. Tengan un poquito para el Señor porque ese Señor en el sagrario está esperando que lo recibamos para alimentarnos y hacernos más sumisos a la gracia.
Bueno, yo creo que por hoy ya basta, tienen sus cosas ustedes, el encuentro con sus familias en sus hogares aquellos que están afuera también.

¿Qué les puedo decir más? Yo les podría decir: Oren. La oración es el pilar que nos ayuda a recostarnos suavemente para afianzarnos de que ese pilar, de que esa oración nos va a ayudar continuamente sin tener que sufrir porque muchas veces creemos que por una pena, sea una enfermedad, sea una tribulación que tengamos... la pérdida de un trabajo o una persecución de alguien, tantas cosas, que ya no tenemos valor para resistir, pero si acudimos a esa oración siendo nuestro fuerte, nuestro pilar podremos apoyarnos. Nada ni nadie podrá contra nosotros porque la oración alivia, consuela y nos hace felices porque allí está Jesús con nosotros, allí está María; son ellos los que nos llaman a la oración. Escuchemos su voz, escuchemos esa voz y digamos respondiendo: Aquí estamos, Señor. Yo quiero seguir orando y quiero seguir perseverando en el camino de la fe, de la confianza ilimitada en tu Sagrado Corazón y más que otra cosa en vivir vida Eucarística.

Y hablo sobre de la Eucaristía porque yo creo que es lo más importante en la vida de un ser humano, de un católico verdadero que cumple con las reglas; es el Cuerpo de Jesús. El sacerdote cuando llega allí es algo... se transforma, es Jesús que está allí, es su Cuerpo que ofrece, es su vida que nos está dando, es vida sobrenatural, vida auténtica, vida vivida de amor de conocimiento divino.

Bueno, ahora sí va a ser. Que Dios los guarde. Que Dios los bendiga, que fortalezca sus hogares, sus familias, que los enfermos que estén aquí sean curados, curados completamente, curados, fortalecidos, llenos de amor. Es el amor, es la entrega y especialmente la humildad. Es la humildad lo que necesitamos, crecer en la humildad, vivir en la humildad pensando que el Señor fue tan humilde, nuestra Madre María, la Mujer del Calvario cuánto sufrió y su humildad fue la esperanza de todos nosotros.

Y ahora recojámonos unos minutos y pensemos que el Señor con María, nuestra Madre, Madre de la Iglesia, Madre de la Paz, Madre Reconciliadora de los Pueblos y Naciones están aquí. Vamos a dejarles nuestros pensamientos, todas nuestras necesidades, nuestras intenciones, todo lo que llevamos dentro.

Bueno, estamos en paz y en armonía con el mundo entero, estamos viviendo un encuentro con el Señor. Esta mañana lo vivimos con el Padre, lo vivimos también con la niña que tocó la guitarra, qué bello tocaba, qué bello cantaba... que cantaba y lo vivimos con el convertido que de protestante a predicador: “Debo predicar a nuestra Iglesia católica, apostólica, romana, universal.” ¿Qué más queremos nosotros? Ello es hermoso.
El silencio reafirma nuestra fe y aquilata los corazones para vivir en armonía con Dios, nuestro Señor y nuestros hermanos; aquilatemos esa fe, confiando que Jesús y María van a responder por nosotros si realmente vivimos en cónsona con los mandamientos de la Ley de Dios.

Gracias, hermanos. Que el Señor les bendiga, que el Señor los guarde, los proteja y los guarde en su Corazón.
“En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos,
en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma
y los guardo aquí, en mi Corazón, les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo los ilumine. Están en paz y en armonía con el mundo entero. Que

Dios nos guarde a todos.






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Domingo, 25 de abril de 1993
Discurso de la Sra. María Esperanza de Bianchini
En el “Memorial Auditórium”
Lowell, Massachusetts, EE.UU.

 

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Buenas tardes a todos, vamos a orar el Ángelus de nuestra Madre.

  • El Ángelus.
  • Gloria.
  • Ven, Espíritu Santo y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz, que el fuego y el amor, la llama viva de Cristo Jesús entre de lleno en nuestros corazones para fortalecernos y podamos así recibir la palabra de la evangelización que Jesús en estos tiempos viene a renovarnos, a fortalecernos y a darnos realmente un conocimiento de poder unirnos y tomados de las manos ir en busca de todos nuestros hermanos separados. Amén.

Hermanos, amigos, hijos muy amados del Corazón de nuestra Madre Celestial María, estamos aquí para encontrarnos todos muy unidos con el corazón abierto para recibir el fuego y la llama de Jesús. Ya se los dije, Jesús quiere entrar de lleno en nuestros corazones porque María, nuestra dulce Madre, la Flor del Carmelo, la violeta silvestre de Nazaret y la humilde mujer del Calvario desea que todos convivamos unidos fraternizando todos pudiendo prepararnos para la evangelización.

Sí, nuestra Iglesia santa, católica, apostólica, romana, universal está trabajando incansablemente. Ya lo veis vosotros sois parte de toda ella y estáis aquí en busca de la luz, en busca de la verdad, vuestra verdad, esa verdad que nosotros deseamos conocer adentro de nuestros corazones: ¿Qué deseamos, Señor? Deseamos tantas cosas, pero hay algo muy importante que nosotros tenemos que saber que para dar, dar y dar tenemos que recibir y esas gracias se reciben del Espíritu Santo, gracias que están soplando sobre de nosotros iluminando nuestra mente, fortaleciendo nuestro corazón y dándonos la palabra de aquel mandamiento grande y hermoso que Jesús nos legara para que todos viviésemos en cónsona con su doctrina: Amaos los unos a los otros como Él nos amase.

Entonces, estamos aquí para comprendernos, para entendernos, para consolidar en todo sentido en ideas de superación espiritual con una gran generosidad en el corazón, llenos de una fe viva concientizando realmente por qué estamos aquí. Sí, concienticemos, veamos realmente por qué está pobre mujer está aquí. Es mi Madre, es ella que me ha impulsado y que me ha dado la fortaleza para venir en busca de vosotros. Vosotros me habéis invitado, la Madre, la Sister, ella, una gran mujer que está dotada de gracias espirituales y dones maravillosos que silenciosamente guarda en su corazón para abrir rutas y caminos a los que vienen en busca del Señor.

Entonces, vamos a prepararnos en este día de manera muy particular pensando en Medugorje, pensando en la guerra, una guerra que se tiene que acabar, una guerra que tiene que ser completamente eliminada para que vosotros que vais allá a contemplar a la Madre Santa, a encontrarse con ella para sentir los efluvios de su Corazón de Madre, podáis de nuevo ir allá. Sí, hijos míos, podréis y estaréis contentos y felices. Ustedes me preguntarán: “¿Cómo va a finalizar esa guerra, Señora?” Los caminos del Señor son profundos... tanto que hasta allá muchas veces el hombre no puede penetrar. Es tan difícil la mente de un Dios, Padre poderoso, omnipotente, maravilloso.           

Entonces, piensen y mediten: Todo será ordenado de acuerdo a la voluntad divina. No les digo que será mañana ni dentro un mes, pero pasado ese mes, y dos y tres en adelante ya veremos qué va a pasar porque Dios en su omnipotencia divina es grandioso, maravilloso, espléndido.

Sí, Señor mío y Dios mío, qué bueno eres, cómo llamas a tus criaturas a la reflexión, cómo Tú entras de lleno para saber quién está en orden de ideas y quién no está; entonces, nos llamas y nos haces comprender muchas cosas, cosas que solamente Vos como Padre puedes hacerles conocer a tus hijos para que ellos se incorporen realmente a esa Iglesia santa de Cristo Jesús que desea que todos se amen, como dije ayer, se soporten, se ayude el uno al otro, no hay diferencias ni de razas ni de religiones.
Todos somos uno en Dios. Hay que romper ese hielo, esa frialdad y ese mutismo que hay dentro del hombre con su egoísmo. No, el Señor no nos quiere así. El Señor nos quiere plácidos, comprensivos, humanos, amando, dando de sí lo mejor porque ese mejor viene de Él y nos ayuda en este peregrinaje de la vida, una vida que nos dio, una vida hermosa, bella, llena de gracias.
Vamos a aprovechar esos momentos, de esa gracia que estamos recibiendo todos pensando en María la Madre Santa, María Virgen y Madre de la Iglesia a quien amo tanto, María Madre de la Iglesia, María Virgen y Madre Reconciliadora de los Pueblos, María Virgen y Madre de la Paz.

Necesitamos la paz para nuestras familias, paz para nuestros hogares, y paz para el mundo entero.
Entonces, vamos a recogernos un segundo.

Bueno, mi Madre me inspira y me dice: “Hijitos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre. Hijos míos, apresurad el paso no os detengáis en el medio del camino hay abrojos que pueden pinchar sus pasos, sus pies y no deseo que ningún elemento pueda dañarlos. Antes, por el contrario, seguid llenos de fe viva con la ilusión de un encuentro con esta Madre, un encuentro lleno de gracia del Padre, del Espíritu Santo y todo ello con mi Divino Hijo Jesús que les ama, Jesús que les viene de nuevo a buscar, a renovar las conciencias de todos los hombres, Jesús que va a entrar a todos vuestros hogares, a vuestras casas. Lo sentiréis... está cerca su llegada, preparaos, haced un ejército, convertios todos a una gran realidad de esta Madre que los viene a recoger, a aliviarles de sus enfermedades, de sus tribulaciones, de sus angustias, de sus penas, de sus quebrantos.”

“Vengo, hijitos, con mi cetro en mano, el cetro de la luz de un Hijo de Dios que fue a una Cruz para ayudarles, salvándoles y pudiendo entregarles a esta Madre diciéndoles: Venid, mis pequeños, todos cabréis en mi Corazón, entrad que Yo os vengo a aliviar la carga vuestra, vengo a consolarles y vengo aún más a decirles a todos mis hijos rebeldes que confíen en una Madre que se da y se sigue dando al pie de la Cruz para aliviar vuestros dolores y quitar vuestras tristezas.”

“No temáis a lo que pueda sentir esta tierra. No os preocupéis que todo será sistemado, todo hijitos. Todos sois mis hijos y todos recibiréis la gracia del Espíritu Santo reafirmando que las Palabras de mi Divino Hijo no pasarán nunca.”
Sí, hijitos, esas Palabras tratad vosotros de reflexionarlas... ‘Mis Palabras no pasarán nunca porque estaré conviviendo con vosotros eternamente con mi Padre, con mi Madre y con los apóstoles que me siguieron.’

“He aquí, pues, el Maestro de los maestros afianzaos con Él, con su báculo como Pastor de Almas. Seguidlo y afianzaos en su Corazón y en mi Corazón.”

“Os guardo, mis pequeños, os guardo. Restad aquí conmigo.”
Bueno, hermanos, muchas veces me da mucha pena tener que hablar en esta forma porque no sé la mente humana qué podrá pensar; sin embargo, yo me digo: Señor yo hago lo que Tú quieres que haga, voy donde Tú me lleves para lo que Tú me quieras. Eres Tú, dispón de mí; eres Tú, Señor, yo no soy nada; eres tú, Madre. Yo soy una pequeña hija con ansias de llevar la verdad al corazón de los hombres, esa verdad única es el amor, el amor. Sin amor cómo pueden levantarse las obras, cómo pueden trabajar los hombres sin amor, si no hay amor. Si hay egoísmo, si hay traición, si hay soberbia no puede el hombre mejorar su actitud frente a la vida, tiene que realmente entrar de lleno a conocerse a sí mismo y limpiar todo aquello que perjudique para poder recibir la gracia del Espíritu Santo.

Entonces, hermanos, gracias de estar escuchándome porque quizás cada cual tenga su pensar, su vivir diario a su manera y el Señor quiere expresarles y su Madre que ha llegado la hora de la rectificación. Rectificar por todos los medios de vivir realmente el Evangelio, el apostolado de la oración, de la evangelización, de un darse en continuación sin cansarse de que nos molesten.
Desde la mañana a la noche debemos estar de pie y firmes como los soldados de Cristo, como aquellos apóstoles que se dieron, como San Pedro apóstol que lo siguió... tuvo su momento de debilidad, pero luego se recuperó y ofreció su vida en Roma, y tan es así que en “Quo Vadis”, en Roma, allí el Señor se valió de un niño para decirle, cuando Pedro tuvo una debilidad de nuevo de huir, que lo condenaran, que lo mataran, dijo Jesús por aquel niño, en aquel carruaje: “Vuelvo a Roma para dejarme crucificar”. Y Pedro reaccionó inmediatamente y volvió a Roma y se dejó crucificar, pero con su cabeza por tierra y sus pies en alto probando así la fe que su Maestro había dejado en su corazón, fe de un Cristo Resucitado, Salvador del Mundo, vida nueva para todas las criaturas de la Tierra.

Estos son los grandes días, estos días en que Jesús con su Madre unidos los dos se están haciendo sentir en todos los corazones de la Tierra.

La Tierra se estremecerá, sabedlo bien, sufriremos, pero nos recuperaremos. Son pequeños toques de amor del Señor para llamar a sus hijos, son esos toquecitos que nos duelen, pero que a la vez nos recuperamos cuando vemos que es una lección de amor para hacernos comprender que quizás no estamos del todo bien, estamos fallando debilitados por el mundo de pecado, por el mundo ansioso de poder y de mando y de riquezas. El poder de poder sobresalir, no, no Señor. Yo quisiera esconderme, Señor, en la gruta de mi Madre en Betania y olvidarme del mundo, pero me traes aquí y qué debo hacer, sólo Tú lo sabes. A veces pienso que no tengo mucho tiempo y quisiera de una vez y para siempre cumplir con todo lo que me has encargado desde que era muy niña.

Muchos me han dicho: “¿Por qué no hablas de ti? El Señor no habló de Él, el Señor fue tan sencillo, tan noble, tan generoso, tan compasivo y extremadamente maravilloso y digo maravilloso porque fue Él el gran Hijo de Dios, Padre Eterno del cielo a quien escogió para que nos salvara a todos y estamos en la era de la salvación.

Este siglo está agonizando, pero este siglo está ganando almas, muchas almas. Algunos se pierden, hay tantas cosas por aquí: los hombres en busca de la verdad, en busca de cosas, ellos no saben lo que están buscando, pero siguen en su busca, llegará el día en que van a encontrar su verdad... a Jesús, Jesús el Maestro, Jesús el gran profeta de todos los tiempos, Jesús el Maestro, el Gran Maestro de todas las eras que han existido y existirán hasta el fin de los días, de todos los días, para siempre.
Bueno, hermanos, yo deseo que vosotros en este día se complazcan en las pequeñas palabras que mi Madre quiso hacerles saber, comunicándoles qué es lo que ella desea de todos vosotros.

 Y ahora, creo... quizás... aunque no lo deseaba porque yo creo que una persona hablar de sí misma, me da miedo, pero yo voy a contarles algo muy hermoso cuando yo tenía cinco añitos mi madre había quedado viuda con cinco hijos pequeñitos. Yo tenía dos años cuando él murió y a los cinco años ella tenía, pues, que salir a Trinidad, Puerto España porque teníamos negocios en esa isla, traían y llevaban cosas de ventas, pues, y ella se tenía que movilizar mucho en las tierras de Guayana y del Orinoco y esa vez cuando iba a Trinidad a despedirla que iba a tomar el barco, yo estaba con toda mi familia despidiéndola, me parece un sueño aquello. Entonces, yo me aparté un poquito así... yo era muy temerosa de la gente, me cuidaba mucho, pero me retiré un poquito. Mi hermanita comenzó a gritar: “¿Ay, por qué te vas, mamá?”
           
Yo me quedé mirando el Orinoco, mi gran Orinoco, a quien amo, un río hermoso, hermosísimo que llega al corazón. Las tardes son bellísimas cuando se oculta el sol y vemos la grandiosa y maravillosa obra de Dios, en todo su esplendor. Y yo me quedé viendo las marejadas del río que hacían así... yo lo veía y de momento, yo era muy devota de Santa Teresita del Niño Jesús, yo la amaba tanto y a mi Madre del Carmelo, cuando la veo salir de las aguas. ¡Ay, Señor!, con una rosa y me la tiró cuando yo la vi, yo traté de tomar la rosa y me cayó así... la recogí... la pude así... recoger del suelo y se sonrió conmigo. No me dijo nada, sólo aquella rosa y yo tomé la rosa y fui a donde mi mamita y le dije: Mamita, Santa Teresita me trajo esta rosa. Me dijo, “Hijita, porque tú eres una niña muy buena”.

Esas son las cosas que a veces no se pueden ni hablar porque cómo pudieran comprender estas cosas y esa rosa nos ha acompañado por tantos años.
           
Entonces, qué decirles, una pobre niña que comienza a abrir los ojos, desde pequeñita y tiene que pasar por esas experiencias y tantas otras cosas bellas, hermosas que confortan el corazón, pero que al mismo tiempo crean desde la niñez una gran responsabilidad con las almas que le rodean.
           
Entonces, yo en mi casa con mis hermanos, con mis primos, con mi familia fui creciendo con un amor. Es amor lo que siento aquí en este momento para vosotros, como si toda la vida los hubiese conocido porque mi Madre lo ha querido así, es ella María, yo no soy nada, soy una pobre mujer con defectos, muchos defectos, pero también hay cualidades, la cualidad de amar y de servir con tanto cariño a todos. Esa es mi Madre, no soy yo, no soy yo.

Y le pido cada día: Señor, humildad, humildad, dame humildad. Muchas veces que me tengo que vestir, que me tengo que arreglar, que tengo que salir y digo: Señor, dirán que a esta mujer le gusta arreglarse, no. Yo quisiera estar con una túnica, solamente blanca, con un velo blanco y unas sandalias escondida, oculta del mundo, Señor, para amarte, para venerarte, para adorarte y hacer que todos tus hijos te amen, te reconozcan: el Cristo Rey, Salvador del mundo, Hijo de Dios y de María, Virgen y Madre de la Iglesia, la Madre de Dios y la Madre de toda la humanidad.
Así es que yo os amo a todos.

Y ahora, algún día seguiremos hablando, son tantas cosas que he pasado... a los doce años una gravedad tan grande que yo le ofrecí allí al Señor: Te ofrezco mi vida Señor, que yo alivie, en qué forma, no sé, pero Tú sabrás qué hacer conmigo, tómame de la mano, yo lo quiero Jesús. Son cosas muy grandes.

Y cuando yo fui a las monjas, quise tantas cosas, y después me dijo: “No, hija, no es tu camino.” Vino Santa Teresita y allí pasó algo hermosísimo, grandioso, algo que es tan largo de contar. Luego conocí a mi esposo, ya me lo había dicho San Giovanni Bosco cuatro años antes, me dice: “Jesús Sacramentado me dice de decirte esto...” y me dio el día, la fecha... todo. Y así... mi esposo, mi novio, pues en esa época me decía: “¿Tú te quieres casar?, si tú no me amas, tú no me das un bacio”, pero yo le decía: No, no puedo, no sé solamente Dios lo sabe y aquél que me conoce. Es fuerte tener un amor tan grande por Dios y también compartirlo con un esposo, con los hijos y con todos los que van llegando.

No crean es fuerte y me da mucha pena hablar de estas cosas, pero yo tenía que decirlo. Algún día ya sabrán todas las cosas, especialmente de Betania, como me la ofreció el Señor y me dijo: “Vendrá la Tierra Prometida, hija mía, te la pondrán en las manos. La adquiriréis con dos personas que voy a ponerte.” Y llegó ese día, me ofrecieron la tierra, firmamos los papeles y nos tuvimos que ir a Roma porque la mamá de Geo estaba delicada de salud. Y entonces estuve dos años viviendo en Roma sin ir a Venezuela, me desesperaba haber dejado todas las cosas así en manos de los demás. Después, cuando pasó el tiempo, me dijo la Virgen: “Hija mía, vuelve a Venezuela. La viejita está mejor, la nonna, y te digo esto porque la tierra que has comprado, es la Tierra Prometida, te dije caña de azúcar, te dije frutos, muchos frutos de todo lo que te dije. Bueno, ahora te digo: Es la Tierra, prepárate que para el 25 de marzo (o sea, de 1.976, como ya lo saben vosotros) Yo vendré. Me haré ver de ti y para los más pequeños verán el sol resplandeciente de mi Divino Hijo.

Todos caerán de rodillas para mirar luz tan grande y maravillosa y Yo saldré de la gruta, del follaje envuelta en blanco que es la pureza de la mujer, la candidez de la niña joven para hacerme conocer tal como soy, una niña porque Yo sigo siendo niña en lo alto del cielo. Y es por ello que casi siempre me presento jovencita.”

Y las palabras que me dijo fueron: “Ved estas manos con luces y destellos luminosos es la luz que le ofrezco a mis hijos para que todos puedan venir aquí a mis brazos a descansar, pero orad el rosario. Es la oración el convid amoroso que les ofrece esta Madre.” Fue algo bellísimo antes de ir a Betania ese día a las 4:00 de la mañana me dio un mensaje bellísimo, hermoso y todo se ha ido cumpliendo. Todo lo que ha pasado: guerras, terremotos, llantos, aflicción de tanta gente en África. Y me dijo que ella iba a venir allá y me dijo que en Korea también; y me dijo tantas cosas bellas. Y me dijo que Estados Unidos era el fuerte de todas las naciones. No debería decirlo, pero fue así... Y yo confío.

A mí me han invitado por todas partes y no creí hacerlo hasta que yo no viniese aquí, aún amando tanto a Italia porque yo le debo tanto a Roma, amo a ese lugar como si fuera mi patria porque allí conocí a mi esposo, un hombre bueno y fiel, un padre de familia excelente. Yo se lo agradezco tanto, que hubiese tenido paciencia conmigo para mirar en mí, la esposa, sí, la madre de sus hijos, pero otra cosa más espiritual y me ha visto también esa parte espiritual y por ello ha habido el amor y la comprensión de verdad.

Gracias de escucharme, gracias a todos.

Y les voy a decir otra cosa: Oren, oren mucho, oren por los niños, por los inocentes, por la juventud que se levanta porque ellos son los encargados de llevar el mensaje de una Madre. Es el mensaje de María en todas las naciones de la Tierra por ello ella se está apareciendo para templar el corazón de sus hijos y abrigarlos con su manto cubriéndolos, enseñándolos a caminar, a caminar, a caminar sin cansarnos, sin detenernos; tomamos un poquito de agua, solamente agua y adelante. Vamos a hacer mucha oración, meditación y penitencia, penitencia, penitencia porque la penitencia restablece el orden del organismo humano, fortalece el corazón, da la luz y la inteligencia a la mente, da la paz, da la seguridad, da la energía, da la vida sobrenatural.

Yo cada día le pido a mi Señor: Dame vida sobrenatural, Señor, porque cómo podría vivir, cómo podría hacer tantas cosas a un mismo tiempo: la familia, los hijos, los enfermos, los tristes; tantas cosas a un mismo tiempo, que a veces me digo: ¿Soy yo, puedo hacer yo esto a un mismo tiempo? Yo no soy nada y mi Madre me dice: “La confianza ilimitada en el Corazón de mi Divino Hijo es la base primordial de todas las bellezas luminarias del cielo eternal de Nuestro Padre Celestial.”
Bueno, gracias. Estoy emocionada, quizás hoy me pasé de emoción, quizás hablé demasiado, pero tenía que desahogar mi corazón porque yo sé que muchos quizás no me comprendan, no pueden entender esto: Servir al mundo en toda la extensión del hemisferio, sí, silenciosamente, y también en medio del ruido, en medio de la calle, en medio de los hospitales. Son tantas cosas, tantos enfermos, tantos niños inocentes, tantas madres y los hogares que se vienen abajo, la familia, el matrimonio, el divorcio, Señor. Apaga la sed, Señor, del hombre y de la mujer y dales la estabilidad, dales el amor en sus corazones, únelos, Señor, que se soporten, que se amen, que se quieran, que disfruten de las gracias y de las maravillas que nos ofrecen cada día al amanecer.

Y cuando digo amanecer deseo que en este momento me sigan en una oración que el Señor me diera. El Padre nuestro que está en los cielos, nos escuchará. Voy a comenzar la oración:

  • En el Nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • Padre alzo mis ojos al cielo y no hago otra cosa que mirarte y sentir tu presencia; en este nuevo día de tu amanecer nos consagramos a Jesús, María y José de Nazaret. Gloria a la Trinidad del cielo, Padre, Hijo y Espíritu Santo consolador vela de tu gran familia, la humanidad del hombre, la mujer y el niño. Bendícenos. Amén.

            Y ahora, debo de despedirme. Me voy con el corazón lleno de fe, mi fe ha aumentado, mi fe sigue firme, mi fe me ha dado el calor y esa llama que Jesús había prendido con su Madre en mi corazón está ardiendo en una lamparita votiva que no se apagará nunca porque Estados Unidos, Sister Margaret quiso con su humildad, con su amor y su destreza de mujer honesta y digna invitarme para darle gloria a nuestra Madre Celestial María, Madre, María de la Paz de Medugorje, Madre María Reconciliadora de los Pueblos, María, Madre de Coromoto y todas las Madres Marías de las naciones, la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra.

Gracias hermanos. Que Dios les guarde a todos.

A los enfermos, a los tristes, a los desesperados, a los que no tienen fe, a los que están ambulantes por las calles... todas esas almas vamos a recogerlas hoy para que no sufran, para que se sientan en su casa con paz, que encuentren un apoyo, una mano que se les extienda, alguien que vele de ellos, no los dejen solos. Caridad, caridad a manos llenas, no importa, cuando tú das tienes derecho a recibir cada día una mirada, un abrazo fraternal, un tocar de manos, pero es dar, es dar continuamente sin cansarse, como ya les dije, de que nos molesten, no, no es molestia, no puede haber molestia para tú tratar de ganar un hermano a Dios, de ganar un hermano a la Virgen, de ganar un hijo, un hijo para Dios, un hijo para María, un hijo más. Todos vamos a ganarlos, todos.

Bueno y les voy a decir algo que creo importante: Todos vamos a una misma fuente en distintas recipientes, pero vamos a Dios. Es Dios quien nos llama, es Dios quien nos ama, es Dios que viene. Cada uno tiene que respetar lo suyo, por supuesto, Jesús es el Hijo de Dios y a Él hay que reconocerlo, pero no despreciemos a los demás. Vamos a ayudarlos para que lleguen al aprisco de Jesús donde están las aguas, las fuentes, esas fuentes maravillosas, ese verdor, esa esperanza, ¡Qué lindo, Señor, allí! Alimentaos con sus pastos, con sus aguas, refrescad sus almas y sed felices con nuestra Madre, Os amo. Es amor lo que siento en mi corazón, es un amor impulsado por algo muy hermoso, por una dulce Madre, María, nuestra Madre.
Vamos a unirnos, vamos a confortarnos y a reafirmar nuestra fe, esa fe que Jesús transmitió a sus apóstoles y nos sigue transmitiendo continuamente en todas las eras de la humanidad.

Jesús en estos tiempos y especialmente en estos cinco años nos dará una gran enseñanza para que sepamos que Él sigue conviviendo con nosotros en el sagrario esperándonos a todos, pero que al mismo tiempo, Él como hombre en su pueblo se hará sentir en cada criatura, en cada ser humano con una chispa divina, con una luz resplandeciente, algo nuevo. El hombre necesita algo que toque la fibra de su corazón, que encienda ese corazón con calor, con alegría, mucha alegría, mucha fe, mucha confianza, mucha serenidad, mucha paz.

La paz... ¡Qué hermosa es la Paz de María de Medugorje! Ella, el día antes de yo venir, me habló. Tengo una foto en mi cuarto, tan bella que tomó un sacerdote en Betania y me la envió, es un secreto que he tenido guardado, es tan bella... y cuando la vi yo dije: La de Medugorje cómo va a estar en Betania y muy en secreto me dijo... no sé por qué lo digo... y bueno, la he tenido estos años en silencio, hace tres años que me la mandó, me la envió. Entonces, yo estaba en mi cuarto y le dije: ¿Madre, cuándo es que tú vas a hacer el gran milagro de renovar las almas a fin de que estos hombres que están en contra de tu Tierra Bendita puedan desocuparla y dejen a tus hijos, a tus niños, tus jóvenes que elegiste para que llevaran el mensaje, tus sacerdotes

Un Padre... me hablaban de un Padre que era muy bueno y es el Padre que ayer he conocido aquí con su humildad, con su ternura, con su modo de hablar, realmente tiene carismas especiales. Me ha conmovido. Me habían hablado así, porque me llevan muchos libros, pero mi vida es una vida de hogar, son catorce nietos, son siete hijos, son siete yernos y todos los ahijados. Ya podrán ustedes ver no me da tiempo.
           
Y entonces le digo Madre: Yo no sé si iré, Madre, ha habido tanto obstáculo ahorita para ir: Que se nos está muriendo, que el otro está enfermo, que si se muere y yo me voy. Se murió un General muy amigo nuestro, el General Tarre-Mursi; él se portó tan bien. Él dio su palabra, pues, fue al Obispo, su testimonio al Obispo... todos la vimos, fuimos ciento ocho personas que vimos a la Virgen. Y entonces, yo digo: Pobrecito, se acaba de morir. Su viuda se quería venir, Margarita, pero después no fue posible.
Entonces, pues, le dije esto a mi Madre, cuando estaba hablando con ella: Bueno, entonces, ¿cómo hago? Me dice ella: “Tienes que ir, hija, ha sido una invitación con mucho amor y Yo lo que deseo es que Medugorje crezca y que Betania crezca, que todos estén unidos; no quiero separatismo, nada de ello, hijita. Ve muy humilde, generosamente y llévales mi mensaje que muy pronto será libre ese país y así podrán cantar: Gloria a Dios.”

La Santísima Virgen es una sola Madre, es María, lo que pasa es que cada uno nos acostumbramos a nuestra Virgen. Yo pequeñita a la Virgen del Carmen, Monte Carmelo y tan es así que mi sueño era ir a Jerusalén y Dios me lo concedió. He ido nueve veces a Jerusalén, mis siete barrigas, en estado, cuando yo estaba en cinta yo estaba allá. Dios me dio esa gracia tan grande. No, no tengo cómo darle las gracias a mi Jesús.

Y así silenciosamente he ido a todas las naciones, todos estos años conociendo al pueblo. Aquí en Nueva York vine cuando era jovencita, tenía 17, 18 años. Y así fui viniendo a Boston hace tres años porque estaba mi hija aquí en Boston, estaban estudiando y después en Nueva York también otros hijos otro año que pasaron, fui con ellos.
En fin, estoy viendo las personas y he visto que aquí hay sensibilidad, hay humanidad de corazón, hay fe y confianza. Muchas veces dicen que son indiferentes y fríos, no, hay calidad humana y por esa calidad humana de amor de Dios en sus corazones es que yo estoy aquí para servirles, para amarles y hacerles reconocer de todos los pueblos y naciones de que Estados Unidos es un lugar llamado.

Gracias. Dios los guarde, que Dios nos bendiga a todos.

Muchas veces el silencio dice mucho.

Gracias a todos. Bendito sean Dios y mi Madre y bendita sea Sister Margaret sé que va a luchar mucho.