DISCURSO DE LA SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI
MAYFIELD INN TRADE CENTRE
EDMONTON, ALBERTA, CANADÁ

SÁBADO, 23 DE MAYO DE 1998  4:00 P.M.

 

·    El Ángelus.
·    Gloria.
·    Sagrado Corazón de Jesús.
·    Inmaculado Corazón de María.

            Pueden sentarse.
Hermanos, hermanas en Jesucristo Nuestro Señor con nuestra Madre Celestial María, aquí me tenéis, una mujer como cualquiera otra de ustedes, pero que siente y ama a su Dios y a todas la personas que se van cruzando en su camino, porque mi corazón es un corazón, quizás soñador, romántico, pero suave y tierno porque mi Madre Santísima se ha ocupado de él, de modelarlo para que así pudiese llegar al corazón de sus hijos.
Sí, somos hijos de María, todos somos hijos de María, María madre de la Iglesia, madre de la Iglesia. ¿Saben lo que quiero significarles con ello? Es la que nos sostiene y nos da el valor suficiente para emprender nuestra jornada diaria con calor, con amor, con sencillez, con humildad dispuestos a darlo todo por esa Iglesia santa.
Cuando digo madre de la Iglesia, digo: Señor, Señor qué gracia tan grande nos has dado: Un portal abierto, una casa grande donde pueden caber todos, piedra y fundamento. ¡Qué hermosura, Señor, la roca de Pietro, la roca donde todos nosotros vamos allá a buscar a nuestra Santo Padre el Papa de Roma! ¿Saben lo que significa el Santo Padre, el Papa de Roma? La luz del mundo, porque Jesús le ha dado esa luz, le ha dado esa fuerza, esa entereza, esa voluntad, ese calor humano para ayudarnos a caminar mejor por la vida; y digo caminar mejor por la vida, porque sus enseñanzas son fructíferas, son hermosas, claras con un contenido de la responsabilidad humana del hombre de hoy. Ello es el Papa de Roma, en especial este Santo Padre que ha recorrido el mundo, las tierras, todos los lugares donde él ha ido para santificar, para aclarar las mentes de los hombres y ayudarlos en su empresa con respecto a los valores humanos del hombre de hoy.
            Sí, hermanos, pensemos en ese gran Papa que tenemos y en todos los que han de venir, porque su reinado no podrá tener fin, no, porque es el yugo amoroso de Cristo en la Tierra, es el sostén de esa madre la Iglesia, es el calor, es el fuego, es el amor bendito de estos tiempos.
Y hablo del Santo Padre porque nuestra Iglesia necesita de los valores del hombre de hoy para que todos asidos a ese Papa, a esa Iglesia mística, a ese poder maravilloso que Dios nos ha entregado a todos sus hijos católicos, apostólicos, romanos y universales nos apoyemos allí.
Hablo de ello, porque realmente tenemos que conocer a nuestra madre la Iglesia, tenemos que amarla y algunos, quizás no tengan la condición de poder representarla con la cabeza en alto – todo puede suceder en la vida – pero es por ello que yo les ruego, hermanos míos, que clarifiquen sus mentes, se preparen a recibir la gracia del Espíritu Santo para entonar un canto, un himno de amor de un: Santo, Santo, Señor, Dios de los ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de la majestad de vuestra gloria. ¡Qué hermosura sin igual!
Y quiero llamarlos a amar a esa madre la Iglesia. Que haya momentos difíciles que nos encontremos en medio del camino sin poder sentir ese llamado, porque a veces estamos aislados, tristes, apesadumbrados, huérfanos unos, otros que no tienen una fuente de trabajo, otros que se sienten adoloridos por haber perdido a sus padres, no les importe todo ello, importadles más bien pensar en esa madre la Iglesia que está dispuesta a acogerlos a todos en su regazo materno para estar acunados allí recibiendo las gracias y los dones del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo está soplando en el mundo con sus gracias especiales para que el hombre se identifique con esa madre la Iglesia; y repito madre la Iglesia porque ¿qué haríamos nosotros los católicos si no tuviéramos una Santa Misa y un alimento diario, la Eucaristía, o unos sacerdotes que se han preparado durante muchos años que han dejado padres y madres para donar su vida a la Iglesia, a esa madre la Iglesia?
Quiero hablar de esto, porque a veces veo indiferencia en las personas. Sí, hay muchos como ustedes, aquí en este momento, que han venido al llamado de estas almas tan buenas, de estos seres escogidos del Señor para que viniesen a ellos y pudiesen todos venir…
            Alexis, realmente me ha emocionado su discurso, sus palabras me llegaron al corazón porque sé de las batallas de su vida, cuántas cosas ha pasado, pero el Señor lo escogió para que usted los llamara a todos a reflexión. Ha sido un gran llamado, lo mismo Tomás Rutkoski, una persona que se ha consagrado, realmente a hacer el bien y a disponerse para también llevar la Palabra de Dios donde se le llame.
            Entonces, yo diría, estamos aquí para reconciliarnos. La Santísima Virgen María vino a Betania bajo la advocación de María Virgen y Madre Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones. Yo no soy nada, soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes, pero amo a mi Señor y yo mi vida la hubiera dado a Él, pero me llamó a formar una familia, pero yo hubiera sido feliz en un convento, créanme, sinceramente, pero soy esposa y madre, y he llevado mi matrimonio y mis hijos con mucho amor, con mucha humildad, entregada a todos ellos y a todos los muchachos y jóvenes que se han acercado a mi casa para llamarlos a la reflexión, a la meditación, a la penitencia, a la Eucaristía.                  
|Eucaristía, ello es nuestro deber, buscar la Eucaristía es nuestro alimento, es nuestra vida sobrenatural, es una vida que se esfuerza, que lucha y que vence las dificultades porque lo da el Señor, es su Cuerpo Místico, esa Santa Hostia. ¿Hay cosa más grande en el mundo que la Eucaristía? Nos alimenta, nos da fuerzas, fuerzas sobrenaturales, nos ayuda a identificarnos con nuestros hermanos, no importa cómo lleguen ni de dónde vengan lo importante es tenderles las manos, una mirada, una palabra a tiempo, un abrazo fraterno, una mano amiga. Oh Señor, no dejemos a nadie con las manos vacías, más que nada hay que darles calor, amor, comprensión.
            Entonces, yo diría, el Señor nos llama y nos viene a buscar para encontrarse con nosotros especialmente este día. ¡Qué hermoso día! Me ha complacido escucharlos desde esta mañana: Rutkoski primero y ahora a este gran señor que sentado está allí con su esposa, me siento tan feliz porque hay humildad es su corazón, inocencia, inocencia del niño inocente, así es como el Señor quiere que nos entreguemos sencillos, puros de corazón con una mano abierta dispuesta a ayudar al hermano.
Qué hermosa es la vida del indio; y digo del indio, porque mi padre tuvo mucho que ver con ellos, teníamos en el Delta Amacuro en Venezuela haciendas de cacao y ellos trabajaban con mi padre, él fue como un padre para ellos y es por eso que he venido con tanta humildad, Señor, con mucho amor. Yo apenas tenía cinco años cuando murió mi padre, apenas lo conocí, pero me han contado mis familiares, mis abuelos y todos de que quiso mucho a los indios y los indios lo amaban mucho a él como a un padre, le decían que era su papá; sus penas de ellos eran de mi padre.
            Entonces, realmente por eso estoy aquí compartiendo con todos ustedes porque son recuerdos de niña apenas, muchos por la familia que me han contado. Entonces, yo diría, es como que si mi padre estuviera aquí, él fue un gran señor, un gran hombre, trabajador y muy generoso, ellos les decían a mi padre: papá. Entonces, por eso estoy aquí llena de amor, de fidelidad al pasado, son pasados que no se olvidan nunca, cuando se sabe que ha habido una auténtica amistad entre los seres queridos nuestros y otras razas. Entonces, hermanos, el Señor ha querido que viniese para conocerlos a todos vosotros.
            Cuántas manos se han movido estos días para trabajar al lado de ellos, cuántos seres, cuántas personas han acudido aquí en busca de la Madre Santa, María Madre de Dios y Madre nuestra, María de Medjugorje a quien amo muchísimo, María Reconciliadora de los Pueblos y mi Madre Guadalupana a quien amo desde niña – desde pequeña la quise tanto y la sigo queriendo –, la advocación de mi Madre Santísima, la Inmaculada Concepción; y con ella todas las imágenes y vírgenes del mundo: una sola Madre, un solo Corazón que se da, que nos mira con suavidad, que nos extiende sus brazos para cobijarnos en su regazo materno.
¡Qué alivio tan grande es buscar a nuestra Madre Celestial! Cómo nos consuela, cómo nos conforta, cómo nos anima a vivir el Evangelio. Sí, evangelización necesitamos, mucha evangelización, prepararnos para ayudarnos mutuamente: tu dolor es mi dolor, tu pena es mi pena, tu enfermedad, tu quebranto es mío también; quiero ayudarte, voy a orar por ti.
            La oración es el puntal de luz que ilumina al hombre en medio de la oscuridad de la noche. Cuando estamos tristes y apagados no hay otra cosa hermosa que orar; la oración es la dulzura de María. Cómo oraba María en su casita de Nazaret.
Cuando San José se iba a trabajar, se iba con su hijo al taller de su carpintería, María quedaba sola en su casita preparando la comida. ¡Qué bello cuadro se me presenta! Y ella ansiosa de que ellos llegaran de la fuente de trabajo que tenían para que así comieran con ella, se alimentaran, puesta la mesa, todo bien dispuesto. Qué hermosos esos momentos de María en la Tierra, cuando ella pasó por la Tierra.

  • Qué bella fuiste, mi Madre, y qué bella sigues siendo para endulzar nuestras horas de la vida, para asirnos a tu Corazón materno para endulzarnos suavemente el corazón y aliviar las cargas que llevamos en nuestras espaldas. Qué dulce eres María. Cómo te amo, Madre, y cómo deseo que cada persona que esté aquí te ame tanto como yo... un amor infinito, tierno, dulce suave, delicado, que toca profundamente nuestras venas, todo nuestro cuerpo se estremece al calor vuestro con tu protección materna. Sí, María, cómo te amo, Madre, y yo te suplico humildemente que estos seres que están aquí te amen, te sientan, suavicen sus vidas al calor del hogar, de la comprensión con la ternura, con la buena voluntad para hacer bien las cosas... los jóvenes para que estudien sus clases, los niños que van a la escuela para que ellos aprendan a vivir desde niños bajo el ala de esa Iglesia y la protección de sus padres.

 

Porque los padres verdaderamente somos muy exigentes, quizás yo lo sea y lo he sido porque no quiero, o no he querido nunca, que mis hijos fueran a sufrir, a encontrarse en medio del camino con pequeñas fieras que me los pudieran devorar. La fiera es el enemigo que trata siempre de ganarse a los niños, a los jóvenes para que se desvíen del camino de la luz.
            Así pues, yo deseo que todos los que estamos aquí piensen que no hay otra cosa más hermosa que nuestra madre la Iglesia que nos va indicando el camino del nuevo amanecer de Jesús; al decir nuevo amanecer de Jesús... algo nuevo, hermoso, maravilloso, grandioso, único después de la historia de Jesucristo. Despertará un amanecer, un sol resplandeciente iluminando nuestras mentes, nuestros corazones floreciendo, nuestra vitalidad, nuestra energía renovada, nuestro cuerpo sano, fuerte, firme y nuestras convicciones perfectas siguiendo la voz del Señor.
Sí, hermanos, esperen ese nuevo amanecer, quizás algunos no sé si lo podremos ver, pero sí esa juventud que se levanta, esos niños, esos jóvenes de un mañana mejor, de un mañana hermoso, glorioso donde resucitarán las almas. Sí, Señor, tiene que ser así, un movimiento muy grande.
Es por ello que tenemos que prepararnos, prepararnos cuanto antes, antes de que podamos sufrir sufrimientos de guerra y muerte, tenemos que aliarnos todos, suavizarnos, ser mejores, con una gran comprensión que haya en las naciones para que la guerra no venga, se detenga, porque todavía estamos esperando.
            Es por ello, tenemos que orar, redoblar nuestras plegarias, nuestras oraciones porque no tenemos porque sufrir el odio y el rencor de los que no lleven a Jesucristo en el corazón, la rebeldía del hombre lo va llevando a las continuas guerras del pasado. Tiene que pasar todo ello para que venga esa resurrección maravillosa, gloriosísima de todos nosotros por Cristo Jesús que se sigue dando en la Cruz para aliviar nuestras cargas, defendernos de las tribulaciones diarias que tenemos; porque muchas veces no tenemos la suficiente voluntad para enfrentar las situaciones que se nos presenten.
            Es por ello que yo les ruego, hermanos míos, familias, todos los que estáis aquí: jóvenes, niños, ancianos, adultos, todos, todos, todos avivad vuestra fe en vuestro corazón, llamad a María, nuestra consejera, nuestra guía, nuestra maestra, nuestra defensora.

·    Ven, María, acércate a mi casa, ven a mi hogar, visítame, convive con nosotros en la mesa cuando vamos a tomar los alimentos y siéntate, María, con nosotros. Ayúdanos, ayúdanos en todo momento; no nos abandones. En la noches vigila nuestros sueños; en las mañanas al despertar, ilumínanos con tu gracia materna para que podamos reflexionar sobre de vuestra vida, tu vida santa que llevaste, el sufrimiento inmenso, pero que te hizo fuerte, robustecida de amor para poder entregarte a tu Hijo Divino hasta la Cruz. Allí lo acompañaste. Él murió por nosotros y resucitó a los tres días para enseñarnos que hay una resurrección que nos espera, clara, hermosa, tangible y pura para encontrarnos con el Padre, con tu Divino Hijo y con el Espíritu Santo, gloria de