18 de septiembre de 1993
Discurso de la Sra. María Esperanza de Bianchini
Memorial Auditorium
Lowell, Massachussets, EE.UU.

  • El Ángelus.
  • Gloria.

Hermanos, estamos aquí estamos para celebrar un gran acontecimiento y es la tierra de Betania II, la cual Sister Margaret ha sido el alma escogida para pisar esa Tierra Bendita y reafirmar sus pies por María, Virgen y Madre de la Iglesia, Madre de la Paz de Medugorje, como también de nuestra advocación María, Virgen y Madre Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones de Betania de las aguas santas. Es María la Madre de Dios bajo distintas advocaciones, pero es una sola porque María es múltiple, María es la Madre de todos los tiempos, la niña de Nazaret, María la humilde violeta silvestre de los campos de Jerusalén y María la Madre dolorosa al pie de la Cruz con su Divino Hijo que lo bajasen de la Cruz y lo pusiesen en sus brazos benditos. Es María la esperanza de los pueblos y naciones.

Estamos aquí todos para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás, los niños que crecen convirtiéndose en jóvenes, en adultos, hombres de empresas, hombres con una profesión, hombres dispuestos a luchar contra la corriente negativa de las sombras que empañan nuestros cielos eternales y lo turban porque ese hombre ha cambiado, muchos de ellos, convirtiéndose en hombres desprovistos de esa fe que Cristo, Jesús, nuestro Señor nos dejara con los mandamientos de la Ley de Dios.
Es por ello, vamos a hacer un llamado a todos nuestros hermanos de todas las razas, de todos los pueblos y naciones, ricos y pobres, feos y bonitos, a todos porque para el Señor todos sus hijos son iguales, por supuesto que quien cumple con sus deberes, vive una vida honesta y digna, por supuesto el Señor se avecina mucho a él y le ayuda para que vaya en conquista de sus hermanos a llevar la Palabra suya, de su doctrina maravillosa que es la clave del cristiano para su verdadera renovación y salvación.

Es por ello, yo deseo decirles tantas cosas que llevo aquí en mi mente, en mi corazón, ansias de cielo, de un cielo inmenso, azul para que se abra y los rayos luminosos de Jesús como Sol de la Verdad y Sol de Justicia penetre en todas las conciencias de los hombres para que se levanten todos a vivir el Evangelio.

El Evangelio reclama estos tiempos. Diría yo, quizás, tiempos apocalípticos. Hay gran ruido en el mundo, guerrillas, sofocaciones tremendas en los pueblos, hambre y miseria, desnudez espiritual, y, en fin, tantas cosas que desajustan el clima de paz que nos rodea, ello desentona, aquel momento en que el hombre con el ruido, un grito nos alerta para decirnos: “Estad de pie y firmes como los soldados para la batalla.” Pero hay otra voz suave, delicada, con mucha paz, es la de la Madre de Jesús, María que nos viene a preparar, que nos viene a reeducar a enseñarnos cómo saber vivir en estos días de injusticias sociales.

Ella, María, desea justicia social entre todos sus hijos, especialmente los que están sufriendo grandes calamidades, como decirles África, como decirles en estos momentos Medugorje con la guerra, cuántos niños han tenido que salir fuera, cuántas personas allí esperando también la esperanza de que se acabe la guerra. ¡Oh, Señor mío y Dios mío! En abril cuando yo vine aquí yo dije: Dentro de tres meses más o menos comenzará a mejorar Medugorje llegando a un tratado importante para que la guerra cese. Y han pasado esos tres meses, pero yo creo que ahora es cuando va a comenzar ese cese de guerra. ¡Ya no más guerra, ya no más traición, ya no más decaimiento espiritual en las almas! Entonces, vamos a pedir por Medugorje hoy...

Que la paz sea con todos vosotros. Gracias.

Bueno, y ahora hablemos de nuestra Betania de las aguas santas. El Señor en su sabiduría infinita, maravillosa sabe lo que está haciendo y por qué lo hace. Está escogiendo sus puntos en el mundo entero con las apariciones de María para que todas las naciones se den las manos porque es María, la Madre de Jesús y la Madre nuestra que nos viene a salvar. Como ya he dicho en otras oportunidades, Jesús le ha dicho a su Madre: “Madre, toma el cetro, empúñalo y ayúdame a salvar a todos mis hermanos menores.” Y María con la humildad, con la sencillez y la dulzura de Madre ha tomado el cetro y está dispuesta a salvar a todos los hombres de la Tierra.

Y vosotros me diréis: “Si el mundo está confundido”. Yo también lo digo, si el hombre no quiere entender el llamado. ¿Cuántas veces el Santo Padre ha ido de un lugar a otro, nuestro Pontífice maravilloso para dar su palabra y ayudar a la humanidad a reconciliarse y a unirse? Sin embargo, el hombre sigue allí detenido en medio del camino para proseguir adelante. Entonces, yo les voy a decir a vosotros cuando el pueblo no obedece a la máxima autoridad de la Iglesia, sufre mucho, muchísimo. Sufren sus sacerdotes, sufren sus religiosas, sufre el Pueblo de Dios.

Es por ello que María está conviviendo entre nosotros porque sólo María como Madre, una Madre que ama y que siente a sus hijos en pleno corazón es capaz de todas las maravillas que puede dar a esos hijos, tocando sus corazones. Es María quien va a tocar sus corazones. No importa cómo lleguen, no importa; la base primordial de ello es que ella les abre sus brazos y les dice: “Mis pequeños, venid a mí que Yo os consolaré, tal como mi Divino Hijo consolaba a los enfermos y a los tristes; y los levantaba para que caminasen y se dispusiesen en ir en su seguimiento como Hijo de Dios. Cuántas curaciones en toda la Palestina, Lago de Tiberiades, Cafarnaúm, todo ello fue un prodigio hermosísimo lo que hizo mi Jesús.

Y hemos llegado a estos tiempos y todavía el hombre, muchos siguen negando su venida. Sí, el hombre se rebela y está tratando de opacar la Gran Verdad que tenemos frente a nosotros: una Iglesia fuerte, robustecida con piedras preciosas por el precio de esa Sangre de Jesús. Es Jesús que cada viernes del año vuelve a ser crucificado y nos muestra sus Llagas, su Sangre que corre del costado, exhalando su último suspiro, diciéndonos: “Sed tengo, sed de almas. Son almas que deseo para que os salvéis todos, para que podáis acunaros en los brazos de mi Madre porque es María, mi dulce Madre que los viene a recoger a todos.”

He aquí, pues, la base de los fundamentos de una Iglesia perfecta, porque las obras del Señor son perfectas y esa Iglesia es perfecta, sólo que los hombres se debilitan y tratan de opacar la Gran Realidad que tenemos frente a nosotros. Por ello hay que defenderla a como dé lugar. Nosotros los católicos, los que amamos y sentimos a esa Iglesia, oremos por nuestros sacerdotes, oremos por ellos; oremos por nuestras religiosas, oremos por nuestros hermanos separados, oremos por toda la humanidad porque solo así se evitaría un cisma. Ya se ve la decadencia en algunos seres que pretenden cambiar ciertas normas y enseñanzas. No se puede cambiar.

Y les voy a decir, el sacerdote es la fuente maravillosa donde Jesús viene cada día, al altar, en la Consagración. Son ellos solamente los que tienen el derecho a la absolución de los pecados y a enarbolar a Jesús en alto ofreciéndonos su Cuerpo Místico, su Sangre derramada en la Cruz. Es por ello que yo os ruego a todos vosotros: orad muchísimo, orad mucho y haced penitencia, los viernes; y, especialmente oración, el santo rosario. Es el rosario la salvación nuestra, él es la esperanza de los pueblos, él es la vida nueva del hombre, él representa al Corazón Inmaculado de María que se dio en Fátima a aquellos pastorcitos. Allí está ella tratando de que no sean otras lágrimas más, las que tengamos que derramar por la falta de confianza del Pueblo de Dios y de nuestros sacerdotes.

Y digo sacerdotes, porque es algo que me ha llegado al corazón, es algo que nace de aquí adentro, es algo profundo: Salvad vuestros sacerdotes, salvarlos a como dé lugar para que no se sientan deprimidos, para que no se sientan acorralados del pecado, de las pasiones del mundo, de los tormentos que nos rodean porque son ellos nuestra salvación. ¿Qué haremos sin nuestros sacerdotes santos, qué haremos nosotros; adónde ir a confesarnos; quién nos va a dar la Comunión; quién nos va a dar un consejo de pastores? ¡Qué dolor grande el de mi Madre! María llora, está llorando, porque ve peligro, un gran peligro, pero ella es tan buena, tan dulce y sabia que los llama a todos y les dice: “Hijitos, confiad en el Corazón de mi Amadísimo Hijo y confiad en el Corazón de esta Madre.”

Es ella, María, la esperanza nuestra. Es ella, María, que en Betania se nos ha presentado, ya en varias oportunidades. Está llamando al pueblo a la Reconciliación para que haya la paz, la paz de Medugorje, la paz del mundo. Es paz lo que necesitamos y sin reconciliación no podemos llegar a la paz. Es paz lo que necesitamos, la paz de un Pueblo de Dios. La paz de todos.

Y ahora, quiero decirles algo importantísimo, para mí es importante y para vosotros también: orad por nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, nuestro Pontífice generoso y compasivo con sus hijos. Él está sufriendo muchísimo, especialmente su salud. Pidamos por su salud, que el Señor le siga dando prórrogas de vida. Lo necesitamos como nunca porque él es quien representa a mi Señor Jesús en la Cátedra de Pietro y teniéndolo a él allí es como tener a nuestro padre, el padre de todos los católicos del mundo que aman y sienten a su Iglesia como la esperanza prometida de todos los tiempos cuando Jesús dijese: “Yo vendré entre vosotros y seréis pocos los que me reconoceréis, pero vendré, seguiré viniendo, continuamente, me valdré de mis almas, de mis seres que me siguen y comprenden realmente, lo que significa la evangelización.”

Evangelización es lo que necesitamos, llevar la Palabra a todos los pueblos y naciones no importa que no tengamos una cultura, una gran educación de grandes estudios, basta tener un corazón abierto que ama y que siente a sus hermanos, que ama el que tiene un dolor, el que tiene una pena, el que tiene un quebranto, una aflicción, una enfermedad incurable... en el que ama, allí está Dios.

Es por ello, amemos a nuestros hermanos, amemos a todos los que nos persiguen, amemos a todo aquél que lo veamos por mal camino, démosle una palabra de esperanza y de ilusión, llamémoslo a un encuentro porque es el diálogo el que hace que dos personas se encuentren para conversar de lo que significa Dios entre nosotros. Porque Dios está entre nosotros, Jesús convive entre nosotros.

Todos los santos que se han dado por amor, todos ellos están dispuestos a seguir nuestras pisadas aquí en la Tierra, sépanlo ustedes. Y me dirán: ¿Es posible ello? Pues, es posible. Nuestra devoción y nuestro amor, nuestros santos como: San Pedro Apóstol, a quien yo amo tanto, mi Seráfico Padre San Francisco de Asís, San Juan el Bautista y tantos otros que se dieron por el amor a Dios están presentes, se hacen sentir con nuestras oraciones, con nuestras plegarias, con nuestra donación personal, el compartir con los pobres, con los humildes, con los necesitados, con los enfermos en los hospitales, con los que viven en las barriadas más pobres, donde hay mal, aquel gran mal que está azotando a los pueblos y ya ustedes saben de qué se trata, el SIDA.

Pidamos por esos jóvenes, pidamos por esas madres, pidamos por todas esas criaturas que están padeciendo. Y aquellos con la droga, pidamos por esos muchachos jóvenes. Ha sido una debilidad de su parte, sí; pero fue que a tiempo no supieron escoger sus amistades y se perdieron, pero nadie está perdido se pueden recuperar con el amor de sus padres, con el amor de su familia, con el amor de sus amigos, con la voluntad de los hospitales, de los médicos y de los científicos. Para ello tenemos a los científicos, los médicos que sanan con la medicina bien hecha que se les da a ellos pueden curar.

Pero yo conozco otra medicina. La medicina de Jesús y de su Madre, porque la Madre y el Hijo se han propuesto salvar al mundo que se pierde, un mundo anestesiado por el virus venenoso de las pasiones. Son las pasiones lo que han llevado al hombre a la perdición. Cuando digo perdición no quiero decir que todos estamos perdidos, no. El mundo se puede salvar, pero ésta es la hora de levantarnos todos con la oración, con la meditación, con la penitencia, con la Eucaristía.

Eucaristía debe ser nuestro alimento diario, no los domingos solamente. Almas pías, generosas y compasivas que se levantan todas las mañanas para recibir al Señor y si no pueden en la mañana, en la tarde. Cuánto bien están haciendo estas almitas y cuánto más pudieran hacer. Todos los días recibir al Señor que nos alimenta, que nos fortalece, que nos llena de esperanzas y de ilusiones nuevas para proseguir adelante firmemente convencidos de que María está a nuestro lado ayudándonos a compartir con nuestros hermanos las vicisitudes de la vida, como también aquellas cosas agradables: el compartir entre hermanos, sentarse a la mesa y compartir el pan, todos unidos en un solo corazón.

Y ahora, hermanos, les felicito. Los felicito porque han venido aquí en busca de la esperanza prometida y ese esperanza es el alivio para sus corazones, los enfermos, los tristes, los abatidos, como también las hermanas religiosas, por sus congregaciones, los sacerdotes, los padres de familia, las madres de familia y todos cuantos estén compartiendo en este gran lugar donde la Palabra de Dios se hace sentir en nuestros corazones.

Y ahora, yo debo ser breve porque ahora hay un personaje aquí que debe hablar y él es una persona que con sus escritos, especialmente de su libro: La Hora Final, hermosísimo libro, donde nos llama a la reflexión y a conocer mejor al mundo. Él les va a hablar, les va a decir muchas cosas muy hermosas en las cuales vosotros podréis daros cuenta que hay hombres de un gran valor moral, espiritual que nos pueden ayudar con la carga.

Gracias, Sister Margaret, gracias de estos momentos que hemos vivido aquí en Lowell y en ir a visitar la tierra, la tierra: Betania II. Cómo sentí el regocijo de un niño pequeño cuando recorrimos y vimos aquel verdor lleno de esperanzas futuras porque de allí saldrán almas, muchas almas a la predicación, predicación, evangelización. Almas buenas, generosas que van a contribuir con usted para ayudarla con la carga y a toda Medugorje y a toda esta gran familia dispuesta realmente a vivir el Evangelio.

Gracias a todos y bendito sea mi Señor que me ha traído. Me perdonan, pero tengo que descansar y descansar porque no me he sentido bien estos días. Oren un poquito por mí. A veces pienso que me voy pronto, no lo sé por qué. Me excusan que hable así, pero a veces siento que mi Madre está recorriendo conmigo todo este sector para dejar impresas sus pisadas, la Madre de la Paz en Lowell, aquí en Estados Unidos. Ella, aquí y en todas partes y mi Madre Reconciliadora también. Una sola Madre, la Madre de Dios bajo distintas advocaciones, pero es María la Madre Santa, la Madre María, la Madre Dolorosa del Calvario y María de Nazaret, la niña inocente, buena, generosa, compasiva que nos viene a salvar. Vamos a salvarnos.

Oremos. Es la oración, son los actos de convivencia. Hay que convivir, son los ejercicios espirituales. Todo ello es una gama maravillosa de enseñanzas para nuestras almas.

Unámonos en un solo corazón y digamos:

  • Padre Nuestro que estás en el cielo...

Gracias a todos. Bendita María que nos ha venido a salvar. Gracias a todos. Les guardo aquí en mi corazón.
“En el Nombre de mi Padre Yo los bendigo hijos míos,
en el nombre de mi Madre Yo los curo del cuerpo y del alma
y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré,
les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

  • Ave María Purísima.

Gracias a todos.





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Domingo, 19 de septiembre de 1.993

Discurso de la Sra. María Esperanza de Bianchini
Memorial Auditorium
Lowell, Massachusetts, EE.UU.


Hermanos míos, santos sacerdotes que puedan encontrarse aquí, alguno de ellos y las religiosas que son las pupilas de mi Madre Santa aquí estoy entre vosotros con un público hermoso, bello y florido cada cual con la ilusión de sentir en su corazón la llamada de Jesús diciéndoles: “Venid a Mí todos los que estéis cansados, fatigados, tristes y atribulados que Yo os daré vuestra consolación que deseáis.”

Qué hermoso es sentirse consolado de Jesús cuando estamos tristes, abatidos o enfermos en una cama sin poder levantarnos para caminar; y cómo se avecina Él para ayudarnos, consolarnos en nuestra aflicción. Y vemos a María a un lado con la humildad de la Sierva de Dios mirándonos profundamente a los ojos para decirnos en esa mirada: “Hijitos míos, confiad en mi Divino Jesús. Es Él quien cura las llagas de los pecadores, es Él quien alivia las tribulaciones de una familia cuando ésta se encuentra con grandes dificultades y es Él quien los ayuda a caminar mejor como Pastor de Almas porque Jesús, mi Divino Hijo, es el Pastor que los conduce por veredas hermosas con árboles frutales y se encuentran en el camino, en esos árboles, los pequeños pajarillos que cantan para alegrar vuestros corazones pudiendo llegar a las mansas aguas donde Jesús viene de nuevo a hacerles un Bautizo renovador.”

Qué hermoso es sentir sobre de nuestras almas, sobre de nuestra cabeza el rocío del agua pura, maravillosa y clara como las fuentes de Betania y de aquel río, el Jordán, y de una Madre de Lourdes donde allí Bernardita encontró la gruta de oración para convertir a tantos pecadores. Tantas almas que se han salvado pasando por Lourdes, cuántas conversiones, cuántas almitas llamadas a la oración que han encontrado su verdadera vocación. Qué hermoso es todo ello. Es un compendio de vida nueva y realización de vida humana.

Ç Bueno, hermanos, esta mañana se han hablado de tantas cosas y mis hijos quizás por el amor que me tienen trataron de presentarme como algo muy especial. No es así, yo también tengo mis cosas como humana: Muchas veces me rebelo contra quienes pretenden desorientar a la juventud, como también cuando veo a un incrédulo tratando de opacar la gran verdad de nuestra Iglesia Santa, una Iglesia que amo tanto; y como veo también hombres y mujeres que van por caminos que no son los justos a seguir. Todo ello me desconcierta, ello quizás es mi pecado, rebelarme contra las cosas que no van en orden.
Entonces, perdónenme; perdóname Jesús, yo quiero ser mansa y humilde, muy humildad, humildad, humildad y siempre humildad hasta perder el sentido y vivir sólo para Ti, Señor y para María. Por supuesto, amo a mi familia, la adoro; ellos son tan buenos... mi marido, mis hijos, mis familiares, mis amigos, el Pueblo de Dios que me consiente en los altares sagrados para dejar la Palabra del Señor, de Jesús.

Una Palabra que yo amo es un gran mandamiento, eso lo llevo en el corazón cuando nos dijera Él: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado.” Si nos amamos todos podremos realizar la Buena Nueva de estos tiempos: La luz del Nuevo Amanecer de Jesús, Jesús resplandeciente de luz con el vigor y la energía de aquellos días plenos para su alma cuando iba por Palestina llevando su Mensaje de amor, su doctrina maravillosa, única doctrina en la historia del hombre. Por supuesto Moisés recibió los mandamientos de la Ley de Dios, pero quién fue capaz de cumplirlos sino Cristo Jesús, ello es lo más grande. El que siguió las Leyes del Padre Celestial.

Entonces, yo deseo llamarlos a una meditación y es la siguiente: Tenemos que ahondar las profundidades de nuestros corazones: ¿Cómo estamos por dentro? ¿Qué está pidiendo ese corazón, nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra mente? ¿Qué desea este cuerpo? ¿Dónde quieren integrarse para convivir de manera particular con su Dios, nuestro Dios, los sacramentos, la Eucaristía y los valores morales del hombre que hoy deben ser reajustados al servicio del hermano? Porque nuestros hermanos claman justicia y al mismo tiempo un gran amor, amor al justo porque todos estamos llenos de tribulación porque el mundo y los hombres se están perdiendo. Cuántos se pierden, cuántos están pasando momentos difíciles porque no escucharon la voz del Señor, la voz de sus padres, la voz de sus buenos amigos. He aquí, el gran mal que está azotando los pueblos y naciones. Un desajuste moral, espiritual.

Entonces, en este día yo no les voy a hablar de mí, ¿para qué? Es el Señor quien se ocupa de ello. Lo que sí quiero es que comprendan y que sepan ustedes que ahora es cuando comienzo a salir de un lugar a otro para llevar el mensaje. Por muchos años estuve oculta para los ojos del hombre e iba de un lugar a otro por casi todas las naciones del mundo para mirar y observar qué pasaba en cada país: sus costumbres, cómo se vivía, qué hacían y así poder obtener un juicio y criterio lógico de sus vidas, pero hoy estoy frente a un público, que no es de mi país, la mayoría no son de mi país realmente es tan difícil que en otro país que no es el nuestro puedan comprendernos y entender la verdad de los hechos que han acontecido al transcurrir los días de la vida de un ser humano.

Pero ese ser en este momento está delante de ustedes y les dice: Tened confianza, una confianza ilimitada confianza en el Sagrado Corazón de Jesús. Jesús que con su Corazón y su llama ardiente con diminutos destellos de colores abre su Corazón para que entréis vosotros en este gran día.
Digo gran día porque siento en mi Corazón una infinita emoción, una ternura, algo suave y delicado que me roza, que me toca... y son vuestros corazones. Aquellos que han abierto la ventana de sus almas para llegar al Corazón de mi Madre. No es mi corazón, es el Corazón de ella. Por ello, deseo que vosotros correspondáis a María porque ya lo veis como vino ella a Medugorje. ¡Cuántas conversiones, cuántos de vosotros se han levantado para servirla! Y cuánto dolor habrán pasado al ver aquel país hermoso y lleno de alegría, de jóvenes buenos e inocentes que se dieron a esa Madre con calor y devoción, sufriendo la guerra.

Entonces, vamos a unirnos, como lo dije una vez aquí, como las olas del mar hasta descansar. Vamos a descansar en todas las orillas, las playas del mundo entero hoy en este día, para que así el océano del mundo, de todos los mundos en un solo mundo, en una sola tierra todos se unan en un solo ideal: Vivir el Evangelio porque es la evangelización lo que nos va a salvar. Deseamos todos en realidad poder llevar el mensaje de la Madre porque es María, como dije ayer, que en todas partes, en casi todo el mundo, en las naciones está tocando los corazones de todos sus pequeños para que así lleven a todas partes el mensaje de María, nuestra Madre, ella María, la Flor del Carmelo, ella María, la Madre de Medugorje de la Paz y ella María, Virgen y Madre de la Iglesia como Reconciliadora de los Pueblos que nos viene a reconciliar.

Deseo ante todo hacerles saber que ha llegado la hora en que todos entremos en orden de ideas y a reflexionar los pasos y la vida de Jesús con su Madre en Nazaret y con José de Nazaret, el Patriarca San José, el padre adoptivo de Jesús: la Sagrada familia. Porque sólo la familia logrará la estabilidad de todos los pueblos, a todas las naciones. Es la familia la que le toca ejercitar realmente los principios de una doctrina, la doctrina que Jesús nos legara.

Entonces, vamos a practicar esa doctrina. La Santa Misa los domingos, no es necesario decírselos porque sé que la mayoría que está aquí lo hace, pero hay muchos que quizás no lo practican con la devoción debida. La Santa Misa es vivir la Pasión de Jesús, es su Cuerpo Santo que se ofrece, es su Sangre que se derrama para llamarnos a su Corazón para purificarnos, para limpiarnos, para depurarnos y para asirnos a su pecho amante de Hijo de Dios.

Vamos todos a pensar que la Santa Misa debe ser nuestro mejor manjar, porque allí está el manjar en esa Santa Mesa; es Jesús, Jesús esperando por nosotros. Jesús llamándonos en una forma u otra, pero buscándonos para ayudarnos a cambiar de actitud frente a la vida, mejorando nuestras vidas. Es la Misa la meditación más hermosa que hagamos: la Santa Misa, la Eucaristía. Nuestro amor de los amores en Jesús porque Jesús es el amor nuestro, el amor de todos los hombres de la Tierra porque Él vino a salvarnos, a santificarnos, a mejorar nuestra vida y a darnos impulso para que fuésemos de un lugar a otro a llevar la Palabra, como aquellos apóstoles que se entregaron de lleno cuando Él se fue al cielo y de un lugar a otro iban predicando y llevando el Mensaje del Señor.

En estos tiempos tenemos que volverlo a repetir como nunca antes en años anteriores se puede haber hecho. Es ahora, en esta era, en fines de siglo porque este siglo está agonizando y todos nos necesitamos como apóstoles del Corazón Inmaculado de María porque es María que se está ofreciendo. Ella con su Hijo, su Hijo en ella con nosotros todos allí en el altar, allí en toda nuestra familia, en nuestras casas, nuestros hogares y allí mirando al cielo. Bendito cielo mío, ¿cuándo será mi partida para encontrarme con mi Señor y con mi Madre?

Es por ello, unámonos de todo corazón sin recelos, sin desconfianza, sin temor, sin preocupaciones de pensar: “¿Podré hacer esto yo? ¿Será verdad todo esto? ¿Qué quiere el Señor de nosotros? El Señor quiere de nosotros todo lo mejor. Salvarnos, reeducarnos y ayudarnos con la carga con su Santísima Madre a vivir mejor. ¿Y por qué es ese mejor de vivir mejor? Las vivencias diarias con nuestras familias, con nuestros seres amados, con nuestros amigos y aún con todos nuestros enemigos que no nos quieren, pero si nosotros le amamos a ellos, qué puede ofendernos entonces porque ese amor que hay dentro viene de Jesús y viene de María que nos llama realmente y nos impulsa a sentir profundamente el Evangelio que da amor; nace el amor; reafirma el amor; concientiza nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestra manera de ser, cómo debemos vivir y cómo debemos comportarnos cuando realmente alguien sale a nuestro encuentro para ayudarnos a mirar hacia lo alto pensando: El Señor lo quiere así y quiere ello, lo quiere así para que nosotros podamos realmente encontrar la base primordial del amor con la fe vivida de cada día y con la esperanza que es la ilusión de todo ser humano de crecer espiritualmente y con la caridad, la ardiente caridad que es el amor que vivifica el espíritu, y consolida nuestro corazón con todos nuestros hermanos.

Quisiera decirles algo que ha llegado a mi corazón: Una gran mujer que ustedes tienen aquí, Sister Margaret Sims, generosa por el amor de Jesús y de María quien concientiza los valores humanos y reafirma la fe de muchas almas. He allí, el crecimiento de una labor que estáis haciendo la mayoría de los que estáis aquí: Mensajeros de Medugorje. Qué hermosa labor la que están haciendo. Las vengo siguiendo. No se crean, yo observo, voy viendo a cada rostro, a cada ser y miro las ansias de trabajar, de ayudar y de levantar sus casas que son las casas del Señor, las casas de María y de nuestras religiosas que son piedra y fundamento de esa Iglesia Santa.

Entonces, yo le deseo decir a la Sister: Sister cuente con nuestra oración porque es la oración lo que hace realizar los deseos imposibles de las almas que quieren encontrar el camino verdadero a seguir.
¿Cuántas almas desean aquí encontrar su verdad? ¿Qué soy yo? ¿Para qué sirvo?  ¿Dónde estoy parado? ¿Cómo hacer para entrar en Fe, confiar en Dios? Quiero confiar en Él mas hay algo que falta y no encuentro. Yo les voy a decir algo: Déjense llevar como los niños inocentes porque es en el niño donde el Señor puede entrar liberándolo de las ataduras del pecado, de la desconfianza y del temor.

Entonces, agradezco mucho a la Sister por su invitación y especialmente con mis hijos. Mis hijos son pequeñas criaturas aunque se vean grandes que han crecido y tienen sus hijos, sus hogares y sus familias, pero sigo pensando que siguen siendo mis pequeños que yo acunaba en mis brazos, como acuno en estos días y especialmente en estos viajes a mis niños, los pequeñitos que son mis nietos. Se dice que el amor de madre es algo muy grande, pero yo les diría también el amor de las abuelas es algo inmenso, inmenso.

Entonces, yo llamo a todas las madres que le den mucho amor a sus hijos, que los corrijan ello sí, pero con mucho criterio, con mucho amor. Es en el amor donde ellos pueden encontrar las luces de la fe y la gracia que concede el Espíritu Santo.
Es por ello, en este día el Espíritu Santo va a soplar aquí para todas las almitas. El se hará sentir en vuestras almas, en vuestras mentes, en vuestros cuerpos sanando, fortaleciendo, ayudándoles a crecer espiritualmente y a sentirse, firmes, fuertes robustecidos por una fe maravillosa y más que todo con una gran armonía interior porque cuando estamos armonizados con Nuestro Señor y con nuestro Espíritu Santo estamos armonizados también con nuestros hermanos porque allí no pueden caber las tinieblas, no pueden caber las sombras, la negatividad no pude hallar. Todo está claro como esas aguas de las que le hablé de las cascadas de Lourdes, de las cascadas de Betania y de la luz de Medugorje con aquella Cruz en alto viendo el horizonte, viendo lejos allí donde el Señor llamó a los niños y nos llama a todos. Allí está el Señor y está aquí entre nosotros.
No es de necesidad decir: Yo tengo que tener fe, tengo que ir a tal parte que me dijeron. No, tu fe tienes que buscarla dentro de ti mismo. ¿Cuáles son tus condiciones de mujer, de hombre, de niño? ¿Cómo vives tú? ¿Dónde te sientes bien? ¿Dónde te sientes mal? ¿Dónde puedes caber y dónde no puedes caber? Tú tienes que saber por ti mismo qué es lo que anhela tu corazón, tu mente, tu vida... dónde está.

Entonces, yo quisiera decirles algo más y es que sigáis adelante firmemente convencidos que Dios convive entre vosotros, que nada ni nadie detendrá vuestro andar, ni vuestro peregrinar largo por la vida porque las obras del Señor son perfectas. Nosotros como humanos somos los imperfectos, pero las obras del Señor decretadas por Ley Divina son perfectas.

Entonces, si tenemos una Iglesia tan bella y tan grande, una piedra y fundamento en donde yo he podido vivir, donde allí me casé que es en San Pietro en Roma. Si tenemos esa piedra y fundamento y allí hay un Santo Padre el Papa, un hombre humilde, generoso y compasivo con todos nosotros su Pueblo, Pueblo de Dios. Entonces, tenemos que acampar allí con el pensamiento, con nuestros actos del vivir diario, con nuestra dedicación a los seres que nos necesitan y, en fin, en todo aquello que emprendamos: Aquéllos que escriben libros, los que son verdaderamente periodistas, personajes escritores; médicos; sabios; el humilde carpintero; el que nos da la luz, el de la electricidad; el que nos lleva a nuestra casa el agua, el que trabaja allí.  Necesitamos de todas las manos del mundo, todos somos un solo personaje representados en Cristo, representados en el Papa.

Entonces, vamos a dirigirnos en este momento, en esta hora, en estos minutos y en estos segundos a Roma, a la piedra de San Pietro para que así descansemos un poco y podamos decirle: Señor Jesús, venimos a Roma a buscar la fe de los apóstoles. Aquí estamos, San Pietro, tú eres piedra y fundamento ayúdanos a ser fuertes y firmes en nuestras decisiones de la vida pudiendo comprender así que el Señor nos está llamando para un servicio continuo con una labor de amor, de solidaridad humana y de conciencia exacta de nuestros deberes.

Meditemos un poquito.

El silencio es la fuerza positiva que reafirma al hombre en sus derechos porque en el silencio está el secreto más hermoso. Allí está Jesús en el sagrario encerrado esperándonos. Y allí le podemos hablar y decir cuánto le necesitamos y cuánto deseamos cambiar y mejorar nuestra vida interior para servirle, amarle y hacerle reconocer de todos sus hijos.

Entonces, hemos regresado. Un regreso hermoso que con los días es cuando vamos a comenzar a darnos cuenta que la piedra y fundamento de esa Iglesia es intocable porque es perfecta porque fue Jesús, el Cristo, el Salvador del mundo quien pusiera allí sus bases y esas bases cada día van a reforzarse. Van a ser más fuertes y más firmes porque el hombre comprenderá que allí está su gran verdad, la verdad de todos los tiempos: Que Jesús es el Hijo de Dios y que vino a rescatarnos del pecado.

Y ahora, hermanos, quisiera hablar muchas cosas: De las apariciones de mi Madre en Betania, las bellezas que hemos visto nosotros... mostrarse el sol de todos los colores hermosísimo color: Verde, amarillo, azul, dorado, plateado... dar vueltas y venir casi tocando los árboles en la gruta de mi Madre, y mirar hacia la gruta y verla a ella salir espontánea y natural de un árbol a otro dando brincos como niña inocente, sonriente con nosotros.

¡Estas son las apariciones de Betania! Una Madre, una Madre-Niña que se hace sentir de sus pequeños, de los jóvenes, de los adultos y de los ancianos se hace sentir de todos.

Y cuando recuerdo la primera vez que la vi... Ello ha quedado en mi alma sembrado para siempre y toda mi familia y todos mis amigos. Aquí están muchos de ellos que la han visto también, de los que me acompañaron al viaje. Muchos de ellos pueden dar sus testimonios, todos ellos saben de María, cómo vino esa dulce Madre María bajo la advocación de Lourdes bellísima, con su manto blanco y su cinta azul, con sus manos aquí y su rosario que le colgaba... como la Milagrosa con sus rayos luminosos que iluminaban nuestras almas vestida de blanco bellísima, hermosísima y a Santa Catalina de Laboré arrodilla frente a ella. La Madre Guadalupana bellísima con sus rayos luminosos.

Madre de la Guadalupe, cuán grande es tu hermosura y cuan bella eres, Madre, por ello deslumbraste a Diego, aquel pobre hombre, pobre indio bueno a quien escogiste para que llevara el mensaje al Señor Obispo. Cuánto tuvo que sufrir también, pero tú te presentaste con las rosas en ese manto para que así viese que estaban frescas y tu imagen quedó grabada allí. ¡Qué bella eres! Qué hermoso es Méjico y qué grande son sus corazones de todos los mejicanos.
Y también mi Madre se presentó y se ha presentado y se sigue presentando como María Orante de rodillas orando por nosotros toda vestida de blanco como una monja.

María se ha presentado en Betania como la Dolorosa con su velo negro y sus manos así... pidiendo misericordia para el Pueblo de Dios, para todos, para que oráramos y para que viéramos, para que no hubieran más Cristos. Ya basta de Cristos, almas que las matan, que las destrozan. Aquellos que mueren así son otros Cristos más y ella no quiere ver que sus hijos sufran como sufrió su pequeño Hijo convertido en hombre, el Hijo de Dios.
Allí se ha presentado la Madre como María Auxilio de los Cristianos de rosa y azul con su pequeño Hijo, con su cetro diciéndonos: “Hijitos, sigan adelante, adelante siempre. No miréis atrás, no desconfíes. Mi auxilio lo tendréis, mi auxilio os salvará, mi auxilio lo tendréis siempre, siempre.”

Allí se ha presentado María como la Madre, la Inmaculada Concepción toda vestida de blanco y azul con dos ángeles celestes a los pies, con las manos benditas juntas y de momento ha alzado los brazos y ha salido como volando como cuando dejaba al mundo: la Asunción de nuestra Señora a los cielos.

Qué hermosa la hemos visto a María cayendo sus rosas así... y nos ha dejado los Pétalos. Esto es el secreto de Betania, los Pétalos de la Madre que caen. ¿De dónde vienen, quién los bota, qué pasa, Señor? Es María, Dios mío. ¿Saben lo que es eso?
Ahora ustedes pensarán. Piensen cómo habremos estado de felices todos nosotros, pero tristes al mismo tiempo porque la persecución no falta nunca y que digan: “Están locos”. Pero no importa Jesús fue el loco más hermoso y más bello del mundo, su locura de amor por nosotros fue por salvarnos y qué podremos hacer nosotros en estos tiempos sino cometer esa locura de amarlo y de sentirlo viendo a su Madre que nos viene a recoger para salvarnos.

Es por ello, que yo deseo que poco a poco hayan asimilado el mensaje, poco a poco. Y cuando se sientan y cuando deseen tener un encuentro con mi Madre vayan a Betania, vayan a Medugorje. No abandonen a Medugorje, Medugorje los necesita a vosotros, todos aquellos que allí encontraron a la Madre Santa, todos aquellos que recibieron milagros de la Madre, todos aquellos que realmente sintieron en su corazón que María estaba con ellos y que esos niños eran honestos y dignos del amor de esa Madre Santa.

Entonces, buscad a María. Buscadla que la encontraréis, donde vayan la encontraréis porque ella se hace sentir con sus rosas, con su fragancia bendita y con su luz maravillosa que nos la hace notar en nosotros mismos, en nuestro cambio de vida, en nuestro actuar, y en nuestro sentir por las cosas del cielo, todas las cosas de Dios, por Cristo su Hijo y por esa Iglesia amada que nos legara como premio a un mañana mejor.

Ese mañana mejor está cerca, es nuestro encuentro con el Señor. Muchos dicen: “Están locos.” Jesús se está acercando.
Todos los movimientos de tierra, toda esta cantidad de ciclones, de cosas que están sucediendo es como un fin de mundo. Pero no, el mundo va a seguir su cause, sigue ese mundo un camino largo, larguísimo a través de siglos y más siglos. No es que se va a terminar, no, por ahora no. No hay ni que pensar en eso hay que pensar en la renovación de nuestras almas, en la renovación de esos niños que crecen que serán verdaderamente los elegidos a practicar el bien y la verdad.

Es el bien, es la verdad lo que desea el Señor de nosotros y por ello tenemos que inyectarle a nuestros niños que crecen, la verdad de un Dios en perfección; la verdad de un Hijo de Dios, Jesús, su Divino Hijo que nos vino a salvar; y, del Corazón de una Madre, el Corazón Inmaculado de María. La Madre de Jesús y Madre nuestra que nos viene a recoger y a decirnos: “Vengan, mis pequeños, porque Yo les conduciré.” Y qué dulce es María, qué suave es ella, qué sentimientos.

Oh María Madre, ayúdame, ayuda a nuestros hermanos a crecer espiritualmente para podernos encontrar con vuestro Divino Hijo frente a frente. Quizás no somos dignos, pero como Él es tan bueno, Él va a realizar el gran milagro desde su venida en todas las eras y de esta era: Su venida; el milagro de la multiplicación, el milagro de las bodas de Caná, el milagro del Lago de Tiberiades donde la barca se hundía y allí les dijo a ellos: “Hombres, levantaos, tened fe.”

Entonces, vamos a pensar que viene el Señor. Nosotros tenemos el derecho de prepararnos para poder merecer realmente su llegada, pero tenemos quizás que sufrir un poco. Vamos a sufrir, pero vamos a lograr encontrarnos con Él en una mañana clara, toda llena de luz y todas las naciones se estremecerán. No diciendo: “Allí viene la guerra, allí está la guerra nos van a matar.” No diciendo: “Allí viene el Salvador del Mundo que de nuevo se levanta para llevarnos con Él liberados de toda culpa de pecado.”
Entonces, yo les ruego a todos escuchen a esta pobre mujer. Ella no sabe nada, ella es sólo una mujer que ama y que siente a su pueblo y que siente a las criaturas en su corazón, pero todo ello se lo debo a mi Madre, a María, a ella mi dulce Madre.
Y ahora: “Hijitos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre. Mis pequeños, avivad vuestra fe y buscad mi Corazón. Mi Corazón está rebosante de alegría porque estáis aquí para escuchar la voz de vuestra Madre. ¿Entendéis lo que quiero significaros con ello? Que voy a entrar en vuestros corazones y me sentiréis en vuestros hogares, me sentiréis en vuestras familias. Qué alegría, ya no habrá pena, no habrá temor, no habrá dolor porque todo, todo, absolutamente todo será pasajero y ese pasaje de vuestras vidas será impreso en mis ojos para que así podáis resplandecer como las estrellas que iluminan al mundo.

Sí, hijitos, vosotros os vais a levantaros y vais a llevar el mensaje de una Madre. Yo soy María, Madre de todas las advocaciones del mundo, María Madre de la Iglesia que los viene a convertir, que los viene a salvar, que les viene a donar las gracias del Espíritu Santo para que el Espíritu Santo actúe en vosotros y los enfermos sean curados. Curados estaréis, mis pequeños, curados, todos sanos, aliviados, compensados con la llama y el fuego de mi Divino Hijo Jesús.
Os guardo aquí en mi Corazón.”

Hermanos, me siento conmovida y no quisiera que estas cosas pasaran, me siento... no tengo palabras, pero sí sé decirles algo muy importante: Recibid el Corazón de mi Madre con mucho amor y con mucha docilidad. Es el amor lo que nos va a salvar porque María ha tomado la iniciativa de buscar a todos sus hijos de la Tierra valiéndose de sus almitas, valiéndose de todas las personas a quienes ella puede modelar y puede llevar de la mano. No seamos rebeldes, creamos que Dios existe y que aquellas cosas que nosotros no podemos concebir para el Señor son tan fáciles hacerlas, para el Señor son tan naturales. María es tan natural, tan espontánea, tan dulce y nos ama tanto que es capaz de presentarse a sus hogares y darles la medicina a sus pequeños que están enfermos, al que esté en una silla de rueda ir y decirle: “Camina, hijo” y se levante, y ella también como Jesús hace milagros. Esta es la era de María, la era de la Madre de Dios porque Jesús le ha dicho: “Caminemos, Madre, juntos; vamos a salvar nuestro pueblo que nos está necesitando para que no sean adulterados nuestros mandamientos.” “Vuestra doctrina, Hijo mío.”

Y así María y Jesús, unidos como un patriarca siguiéndolos así... suavemente entrarán a sus hogares a visitarlos. Tendréis la visita. Yo no sé dónde irá a entrar María, yo no sé a donde irá María con Jesús, pero yo les puedo decir una cosa seria y cierta por la gracia del Espíritu Santo que los va a visitar, la van a sentir... algo tan grande y maravilloso que dirán: “Estamos locos. Esta señora vino a enloquecernos, a decirnos cosas de fantasía.” No son fantasías, son verdades, verdades eternas porque la eternidad no tiene fin y ello lo decreta el Padre, es Él quien en sus decretos ha dicho: “Quiero darle al hombre una gran oportunidad de salvarse. Mandemos de nuevo a Jesús con María invisibles.”

Jesús se ha quedado en el sagrario, allí nos vive esperando y el hombre lo ha dejado solo. La mayoría buscan en el mundo lo que no pueden allí porque se han materializado. Es la hora del despertar, y ahora María y Jesús irán por el mundo valiéndose de sus pequeños para llevar el mensaje de amor de una Madre que los viene a buscar para refugiarlos a todos a su alrededor. Entrad, entrad.

Bueno, gracias a todos. He estado muy conmovida hoy. He vivido muchas cosas desde esta mañana hasta este momento, mejor dicho, estos tres días, pero hoy ha sido fuerte. Fuerte, pero hermoso; crudo, pero bello; y doloroso, pero suave. Un dolor suave y dulce como aquél de María cuando nació su Hijo y no tenía pañales para envolverlo; sin embargo, llegaron los pastores, las bestias a su lado, las ovejas como también los corderillos los acompañaron.

Qué hermoso es sentir la Familia de Nazaret en el Portal de Belén. Allí quedamos en Belén. Un nuevo nacimiento para nosotros... vida nueva, esperanzas que se realizarán y motivos que nos llevarán a ese cambio porque la humanidad tiene que cambiar. Va a cambiar no en lejano tiempo, está próxima ya, la justicia se avecina, pero para que sea leve y suave es necesario la oración porque yo no concibo a mi Señor castigador, no. Él es bueno, generoso y compasivo, y Él nos viene a ayudar por ello nos manda a Jesús y a su Madre. Vamos a recibirlos con un gran aplauso, el aplauso de Jesús y de María que entran por allí dándonos a la motivación de seguir adelante para vivir el Evangelio.
Gracias a todos y que Dios nos guarde.

“En el Nombre de mi Padre Yo los bendigo, hijos míos,
en el nombre de mi Madre Yo los curo del cuerpo y del alma
y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré, les guardaré,
les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre. Amén.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero. Los enfermos serán curados sino hoy, mañana, pasado mañana, pero muy pronto serán curados y no habrá uno que no sea sanado.

Que Dios los guarde, porque Dios está, convive entre nosotros.
Gracias.